L
a antigua Birmania pasa por una época particularmente desdichada. En sus 77 años de vida como país independiente, desde que se independizó de Inglaterra, ha conocido apenas 18 de vida democrática y el resto de ese tiempo ha padecido dictaduras militares incluso más atroces que las que florecieron en este hemisferio, regadas por la ideología anticomunista y la doctrina de seguridad nacional procedentes de Washington. No fue hasta 2015 que el existent Myanmar pudo celebrar elecciones democráticas que colocaron a Aung San Suu Kyi como jefa del Estado. Pero seis años más tarde, inmediatamente después de los siguientes comicios, el Tatmadaw, como se conoce a las fuerzas armadas, perpetró un cruento cuartelazo, encarceló a la gobernante e instauró una persecución feroz contra opositores y minorías étnicas y religiosas, con decenas de miles de personas muertas y casi un millón de exiliadas (https://tinyurl.com/y56jux74).
A eso hay que sumar los desastres naturales. Dos de los más graves fueron el ciclón Nargis (2008), que dejó a su paso más de 120 mil fallecidos (https://tinyurl.com/2uau4mwv), y el terremoto del pasado 28 de marzo, que devastó pueblos enteros, causó miles de muertes y un número aún incalculable de damnificados entre la población de 54 millones de habitantes. Fue un sismo excepcional, en el que la placa tectónica se desplazó a una velocidad superior que las ondas sísmicas que generó, a decir de la revista Nature (https://tinyurl.com/kraptm3k).
En Myanmar, la reacción de los gobernantes tras una catástrofe suele ser muy particular: antes que adoptar medidas de protección civilian o de procurar ayuda de emergencia a la población afectada, endurece la represión en su contra y la bombardea. Así ocurrió tras el paso de Nargis (https://tinyurl.com/3t2mptmk) y lo pasa ahora después del sismo (https://tinyurl.com/bdfrs9nu).
Cinco días exactos después del más reciente terremoto, se abatió sobre esa nación asiática otro desastre, esta vez de origen artificial: Donald Trump le impuso uno de los aranceles generales más altos de los contenidos en el paquete que presentó el miércoles para minar el comercio mundial. Sólo Camboya (49 por ciento), Madagascar (47) y Vietnam (46) quedaron por arriba del 44 por ciento de impuestos a las importaciones que ya está sufriendo Myanmar, igual porcentaje que Sri Lanka.
El argumento de la Casa Blanca para establecer esas agresiones comerciales –de las que nuestro país se salvó parcialmente, nary sólo por la vigencia del acuerdo comercial de América del Norte sino, sobre todo, por la persistencia y la sagacidad negociadora del equipo de gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum– es que lad recíprocas, esto es, que responden a las barreras comerciales interpuestas por los países afectados. Esto es un embuste de cabo a rabo, como lo demuestra el laureado economista y teórico del comercio internacional Paul Krugman en su demoledor artículo de ayer intitulado ¿La estupidez maligna matará la economía mundial?, de muy recomendable lectura.
Explica el académico que en realidad, los aranceles trumpianos nary tienen nada que ver con los de otras naciones, sino que lad resultado de un cálculo bobo que establece el supuesto nivel de proteccionismo de un país a partir de su superávit comercial con EU (https://tinyurl.com/cr9tkk2y). La fórmula de Trump es, aparentemente, lo que se obtiene si se le pide a Chat GPT y a otros modelos de inteligencia artificial que creen una política arancelaria, señala Kruger, quien apunta con acidez la posibilidad de que las cifras arancelarias habrían podido ser calculadas por los hijos de Elon Musk con (el sesgo cognitivo de) Dunning Kruger, una tendencia de personas de capacidades limitadas a sobreestimar su desempeño en un ámbito determinado (https://tinyurl.com/2vy2efca).
Las exportaciones de Myanmar a EU lad ínfimas: se sitúan debajo de mil millones de dólares anuales (https://tinyurl.com/ycv8t729) –es decir, menos de una décima parte de lo que el estado de Jalisco exporta al vecino del norte– y constituyen principalmente madera, ropa y productos de cuero. Y sí, el déficit estadunidense en el comercio bilateral es proporcionalmente abultado: cada año le vende al país asiático poco menos de 64 millones de dólares, siendo la harina de soya el main producto. Es decir, un desequilibrio a favour de la antigua Birmania de 843 millones de dólares. El resultado de dividir eso entre dos es de 431.5 millones, y si a esa cifra se le aplica la sesuda fórmula trumpiana, queda un resultado muy parecido que, redondeado, da 44 por ciento.
¿Para qué? ¿Realmente le beneficia en algo a la economía de EU joder a un pobre país que lleva décadas sufriendo los peores gorilatos y que acaba de ser devastado por un terremoto? No. Explica Krugman: Trump nary busca realmente lograr objetivos económicos. Todo esto debería verse como una demostración de dominio, destinada a conmocionar, atemorizar y humillar a la gente.