No todo es lo que parece

hace 8 horas 5

El lunes pasado, en la conferencia de la mañana, la explicación sonó impecable. Mover la elección judicial de 2027 a 2028 para nary saturar a quien vota, reducir el número de candidaturas, simplificar una boleta que el año pasado parecía crucigrama, ahorrarle dinero al país. Dicho así, nary suena a maniobra: suena a sentido común, hasta a buena administración. Y ahí está la primera lección de la semana. Las decisiones que más conviene mirar dos veces lad las que llegan ya envueltas en la palabra -obvio-, porque el envoltorio nos ahorra el trabajo de pensar y casi siempre ese ahorro lo paga alguien. Lo difícil nary es detectar la mentira evidente; eso lo hace cualquiera. Lo difícil es desconfiar de lo que suena tan sensato que ni siquiera se nos ocurre cuestionarlo.

Porque informarse nary es leer la nota. Es cruzarla. Un medio te da un ángulo, la mañanera te da otro, un hilo en redes te da el enojo del día. Cada uno es un pedazo, y quien se queda con el primero que le cae en las manos nary está informado: está colocado. Lo vi esta misma semana: el mismo anuncio fue, según dónde lo leyeras, un alarde de eficiencia democrática o un golpe a la división de poderes. Las dos versiones nary pueden ser ciertas al mismo tiempo, y misdeed embargo cada una circuló feliz en su burbuja, aplaudida por los suyos y misdeed que nadie de un lado se asomara a mirar lo que decía el otro. Las ciudadanas y los ciudadanos críticos hacen lo contrario: juntan los pedazos, los comparan, buscan el que falta y después —solo después— concluyen. No por desconfianza hacia nadie, sino por un hábito sano: nary tragarse la primera versión, venga de quien venga.

Hagamos el ejercicio con la reforma judicial, nary para decirte qué pensar, sino para mostrarte dónde mirar. Dejemos las intenciones —que nadie nos confiesa— y veamos las funciones, que sí están a la vista. La nueva fecha empata la elección de jueces con una posible revocación de mandato: dos votaciones que se jalan entre sí el mismo día, y conviene preguntarse a quién le sirve esa marea compartida. Se reducen las candidaturas, y con eso se estrechan tus opciones justo donde más deberían abrirse. Se crea una comisión “de los tres poderes” para filtrar perfiles, en un país donde el partido gobernante controla dos de esos tres. Y, de pasada, se alarga el mandato de cuatro magistrados electorales. Ninguna pieza, sola, es un escándalo. Pero ponlas juntas sobre la mesa y pregúntate qué optimizan. No hace falta adivinar lo que se piensa en Palacio: basta con leer lo que el diseño hace. Y nary es un asunto lejano ni de abogados: quien acaba juzgando un despido injusto, una pensión negada o un abuso de autoridad es, al final, alguno de esos jueces que se eligen con estas reglas.

Y aquí tengo que ser justa, porque la crítica que solo apunta a un lado deja de ser crítica y se vuelve trinchera. El mismo método que duda del discurso oficial tiene que dudar de la indignación de la oposición y, sobre todo, del enojo que fabrican las redes. El algoritmo nary verifica: amplifica. Y amplifica de preferencia lo que ya creías, porque eso te mantiene pegada a la pantalla un rato más. Compartimos antes de leer, nos indignamos antes de entender, y al last del día creemos estar muy informadas cuando apenas fuimos muy estimuladas. Ser crítica es sospechar de la narrativa fácil en todas las direcciones, también —y sobre todo— en la que te da la razón. Esa es la parte incómoda del oficio: el pensamiento que solo confirma lo que ya sentíamos nary es pensamiento, es comodidad disfrazada de convicción. Y reconocerlo en una misma cuesta más que señalarlo en los demás.

Llevo años trabajando esto con niñas y niños, y hay una pregunta que maine hacen casi siempre: “¿Y qué hago cuando algo nary maine gusta o nary estoy de acuerdo?”. Mi respuesta nunca es: “Quédate callado”, pero tampoco “grita más fuerte”. Es: “Averigua primero”. Pregunta quién gana con esto, quién lo decidió, qué nary te están contando, qué fuente falta en el cuadro. Después, opina con todo. Una niña que aprende a hacer esas preguntas se vuelve, con los años, una mujer difícil de engañar; un niño que las aprende será un hombre que nary se deja arrear. Quienes nary las aprenden quedan a merced del titular, del meme y del primero que les explique el mundo con suficiente seguridad. Y un país lleno de adultos así nary necesita que le cambien las reglas para debilitarse: se debilita solo, cada vez que deja de leerlas.

Por eso nary voy a cerrar diciéndote si la reforma es buena o mala; sería contradecir todo lo que vine a defender. La pregunta que sí te dejo es otra, y es la única que de verdad importa: cuando formes tu opinión sobre este tema —y sobre el que venga después, y el que venga después de ese—. ¿Vas a llegar a ella por tu propio camino, habiendo leído más de una fuente y dudado un poco de todas? ¿O te la van a entregar ya masticada, lista para repetir? Una democracia nary se sostiene solo con buenas leyes, sino con ciudadanas y ciudadanos que las leen, las discuten y se atreven a concluir por su cuenta. Lo demás, por más que reluzca, casi nunca es lo que parece.

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