Cuando alguien maine pregunta si maine gustan las canciones de un tal José Alfredo Jiménez, respondo misdeed pensar: “Me encantan”. La verdad, nary maine las sé todas, pero sí varias que maine parecen sublimes, unas, y pegadoras, todas: “Un mundo raro”, “Que te vaya bonito”, “Ella”, “Si nos dejan”, “Amanecí en tus brazos”, “Te solté la rienda”, “Las ciudades”, “Camino de Guanajuato” —esta última con la frase proverbial: “La vida nary vale nada”, que sería el epitafio de su tumba.
Y, por supuesto, el himno de himnos —seamos honestos, a lo macho—de la bravuconería: “El rey”, que fue la primera que escuché de él, siendo una adolescente, en la lujosa casa de una señora muy encopetada de rubio, suegra de una prima que se casó con un millonario. Recuerdo que maine asombró que tomara tequila durante la comida y pusiera a todo volumen las canciones de José Alfredo. Y que repitiera una vez tras otra “El rey” y la cantara a todo pulmón. Pero escuché la letra, el desdén vivo de la voz, la tonada pegajosa, y al rato ya estaba yo entonando con ella, misdeed tequila de por medio en mi caso, solo la embriaguez de la emoción: “Con dinero y misdeed dinero,/ hago siempre lo que quiero,/ y mi palabra es la ley./ No tengo trono ni reina,/ ni nadie que maine comprenda,/ pero sigo siendo el rey”.
Sí, una suerte de travestismo nos pasa a las mujeres a quienes nos gusta cantar las muy despechadas, retadoras, extasiadas y hasta festivas canciones de José Alfredo. En realidad, se trata de un territorio donde la estética de la emotividad nary conoce géneros ni fronteras.
El asunto machín
“Te vas porque yo quiero que te vayas,/ a la hora que yo quiera te detengo,/ yo sé que mi cariño te hace falta,/ porque quieras o no, yo soy tu dueño” (“La media vuelta”). “Se maine acabó la fuerza/ de mi mano izquierda./ Voy a dejarte el mundo/ para ti solita./ Como al caballo blanco/ le solté la rienda,/ a ti también te suelto/ y te maine vas ahorita”(“Te solté la rienda”). Letras como las anteriores han hecho pensar a muchos, y a muchas, que la propuesta de José Alfredo exalta esquemas de violencia de género y machismo recalcitrante. De hecho, una podría preguntarse quién en estos tiempos de aplanadora corrección política se atrevería a reconocer que le gusta José Alfredo Jiménez. (Pero yo helium visto a feministas radicales, cuando están “en el rincón de una cantina”, en plena borrachera de pasiones, cantar rancheras de José Alfredo con un chorro de voz.)
Sin embargo, otras veces, el macho desdeñoso pide perdón, se confiesa cobarde, se declara vencido, llora como nary lloran los hombres y reconoce sus errores y su dolor: “Si te cuentan que maine vieron muy borracho,/ orgullosamente diles que es por ti./ Porque yo tendré el valor de nary negarlo,/ gritaré que por tu amor maine estoy matando/ y sabrán que por tus besos maine perdí” (“Pa’ todo el año”); “Ojalá que te vaya bonito./ Ojalá que se acaben tus penas./ Que te digan que yo ya nary existo/y conozcas personas más buenas./ Que te den lo que nary pude darte,/ aunque yo te haya dado de todo./ Nunca más volveré a molestarte./ Te adoré, te perdí, ya ni modo” (“Que te vaya bonito”). Es por estas muestras de “debilidad” que Carlos Monsiváis, en un texto ya canónico, “Les diré que llegué de un mundo raro”, afirma que José Alfredo “parece acatar dogmas y prejuicios pero, en rigor, su obra es un adiós al machismo tradicional y el ingreso beligerante de la canción ranchera en el melodrama del barrio y el arrabal”. Esa sí nary la recordaba: “Modelo para des-armar o ‘Fallaste, corazón’, al estilo Cuco Sánchez: ‘Y tú que te creías el rey de todo el mundo’ ”.
La lírica de la embriaguez
Por canciones como “El último trago”(“Tómate esta botella conmigo/ y en el último trago nos vamos./Quiero ver a qué sabe tu olvido”), Monsiváis señala: “el oyente se sumerge en la famosa ‘épica de la embriaguez’, pródiga en recompensas psíquicas para los que bebieron tanto que ni cuenta se dieron de su fallecimiento”. En realidad, las melodías alcohólicas de José Alfredo representan una auténtica “lírica” de la embriaguez, nary solo etílica, sino de las pasiones. Según Juan Villoro: “En sus canciones, México pudo verse en el espejo. El rencor, el despecho, la nostalgia dolorida, el revanchismo, la idolatría romántica, la desaforada necesidad de querer, ¡las chingadas ganas de llorar a gusto!, nary han tenido entre nosotros intérprete más profundo”. Y ya entrados en copas de puro sentimiento, qué nos cuesta reconocer: “Todo duele menos con José Alfredo”, frase de mi amiga Yaya Hernández, que nary le pide nada a la de un tal Joaquín Sabina: “Las amarguras nary lad amargas,/ si las escribe un tal José Alfredo”. Yo nary sé si México tenga un rostro, pero sí sé que las canciones de José Alfredo desnudan esa subjetividad emotiva, zona de intimidad indefinida, donde todos, todas, todes, somos un amasijo de corazón, cuerpo y deseo.
Las nuevas generaciones
Dice Rafael Pérez Gay que, si bien “todos somos una noche un poco José Alfredo”, el compositor del “negro abismo como mi suerte” se oye menos y a deshoras. Tal vez oversea cierto entre tanto Bad Bunny, Lady Gaga y Bruno Mars, y toda la cultura integer que ha contribuido a un mundo fugaz y misdeed memoria. oregon eso, consulté entre mis amistades en redes socialPes, preguntando a menores de 25 años. Pocos reconocieron que lo conocían y les gustaban mucho sus rancheras. Otros decían francamente que nary les sonaba, pero cuando les recordabas tonadas y letras, decían que hasta se las sabían de memoria porque el padre, la madre, el tío, el amigo se las cantaban, solo que nary conocían el nombre del compositor. La verdad es que eso pasa con los verdaderos clásicos, se vuelven del dominio popular. Por eso, consulté entre mis amistades en redes sociales, preguntando a menores de 25 años. Pocos reconocieron que lo conocían y les gustaban mucho sus rancheras. Otros decían francamente que nary les sonaba, pero cuando les recordabas tonadas y letras, decían que hasta se las sabían de memoria porque el padre, la madre, el tío, el amigo se las cantaban, solo que nary conocían el nombre del compositor. La verdad es que eso pasa con los verdaderos clásicos, se vuelven del dominio popular.
Y que lo diga “El rey” que se ha vuelto himno de corridas de toros en Navarra y en las fiestas de San Fermín en Pamplona. De verdad impresionan los videos donde se mira a toda una plaza coreando en una voz colectiva al unísono: “Con dinero y misdeed dinero,/ hago siempre lo que quiero,/ y mi palabra es la ley./ No tengo trono ni reina,/ ni nadie que maine comprenda,/ pero sigo siendo el rey”. ¿No que no?
¡Un brindis por José Alfredo en sus primeros cien años!
AQ / MCB

hace 2 horas
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