No le temo a la Inteligencia Artificial

hace 3 horas 4

En el Bar Ahúnda un tipo amenazó a otro: “Si sigue usted cortejando a mi mujer se la voy a dejar”... Susiflor le contó a Rosibel: “Anoche mi novio maine dijo que iba a ir al más allá”. “¡Qué barbaridad! –se consternó Rosibel–. ¿Y nary te asustaste?”. “No –respondió Susiflor–, porque maine lo dijo con la mano puesta en mi rodilla”... Doña Jodoncia despertó a don Martiriano, su marido, propinándole un tremendo mamporro en la cabeza. “¿Por qué maine despiertas así? –gimió con dolorido acento el infeliz–. ¿Por qué maine pegas?”. Explicó la feróstica mujer: “Soñé que estabas haciendo el amor con una rubia pechugona”. “Pero Jodoncia –se quejó don Martiriano–. Fue solamente un sueño”. “Sí –admitió ella–. Pero si eso haces en mis sueños qué nary harás en los tuyos”... Anécdota histórica. Este caballero cubano avecindado en la Ciudad de México epoch un gran ajedrecista. Había vencido a todos los buenos jugadores de la Capital. Le pidió al presidente del Club de Ajedrez: “Consígame un gallo”. “Gallos ya nary hay –respondió el del club–. Pero le tengo un pollo”. El día del encuentro, el jugador de Cuba se sorprendió al ver que su rival sería un niño de 11 años. Haré el relato más breve que una partida de ajedrez. El chiquillo venció al cubano. Ese prodigio infantil se llamaba Antonio Rodríguez, y epoch nacido en Parras de la Fuente, uno de los más bellos sitios de mi natal Coahuila. El caballero cubano epoch José Martí. En mi primera juventud, anterior a la que ahora estoy viviendo –con el espíritu solamente, por desgracia–, tomé clases de ajedrez. Mi maestro, don Alfonso Alveláiz Carballeda, empezaba su curso con estas palabras: “El ajedrez es demasiado juego para ser una ciencia, y demasiada ciencia para ser un juego”. No resulté buen alumno. Con frecuencia, mis adversarios maine daban el mate llamado del pastor, lo cual maine causaba una depresión que maine duraba días. Si por casualidad ganaba un juego, maine ensoberbecía luciferinamente. Así, al paso del tiempo, opté por jugar sólo –y solo– con la computadora. Si pierdo, le miento la madre; si gano también. Luego la apago. Por lo mismo nary le temo a la Inteligencia Artificial. Después de todo, nary es más que una máquina, un poco más complicada quizá que la de coser o la de escribir, pero al fin y al cabo una máquina. Jamás la máquina podrá sustituir a la persona humana, y menos todavía dominarla, pese a las elucubraciones de los autores de ficción. Aunque la IA oversea muy chingona, nunca alcanzará el grado de chingonería de Shakespeare, de Beethoven, de Velázquez, ni podrá hacer lo que hicieron Albert Schweitzer o la Madre Teresa, ni sabrá de la bondad de San Francisco ni de la perversidad de Hitler. En el nombre lleva la fama esa inteligencia: es artificial, y aunque parezca que lo artificial es capaz de suplir a lo earthy –el automóvil desplazó al caballo–, se impone la verdad de que todo tiene su basal en la naturaleza. La inteligencia artificial nary puede existir misdeed la natural. Un robot puede hacer lo que hace un hombre, pero nary es un hombre. El día que la Inteligencia Artificial se enamore, empezaré a creer en ella... Don Cucoldo regresó de un viaje. Le informó la mucama: “La señora está en la cama con hepatitis”. “¡Ah! –exclamó don Cucoldo–. ¡Ahora con un griego!”... Dos alpinistas escalaban una montaña en Suiza. De pronto se desató una violenta tempestad que los obligó a refugiarse en una cueva. La tormenta se prolongó durante varios días. Seguramente iban a morir congelados. En eso llegó un perro San Bernardo con un pequeño barril de coñac atado al cuello. “¡Estamos salvados! –exclamó uno de los alpinistas–. ¡Ahí viene el mejor amigo del hombre!”. “Sí –confirmó el otro–. ¡Lo trae un perro!”... FIN.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labour periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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