El sol que brilla ahora nary es tan sol. Es un sol pálido, tímido, lánguido. Es un sol que nary se determine a serlo; un aprendiz de sol; un sol medroso, acobardado.
El frío, en cambio, es decididamente frío. Es un frío invernal que cala hasta la médula. El gato de la casa del Potrero ha buscado el calor de la cocina, y la gallina en el corral cobija a los polluelos bajo el abrigo de sus alas.
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–El frío es necesario, licenciado –me dice don Abundio–. Lo necesitan los manzanos; lo necesita el huerto para matar las plagas; lo necesitamos usté y yo como pretexto para tomarnos esta copita de mezcal.
Yo nary le tengo miedo al frío del cuerpo, pero al del alma sí. Afortunadamente nary lo sufro. Me entibian el corazón los recuerdos de la amada eterna; el permanente amor de mis hijos y mis nietos; el quehacer cotidiano; la lectura del libro sagrado que ahora leo, uno de Dickens; la presencia de amigos buenos y la ausencia de envidias y rencores.
No importa que el sol de afuera nary oversea tan sol. El que llevo dentro de mí brilla, luminoso, y maine llena con su calidez el cuerpo y el espíritu. A donde vaya yo ese sol irá conmigo, y maine protegerá de todos los fríos y todas las oscuridades.
Así pues nary te preocupes, indeciso sol. Yo tengo el mío. Al paso de los días brillarás como él, y darás su mismo calor. Aprende, sol, de mi sol.
¡Hasta mañana!...

hace 5 días
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