Ha llovido en el rancho del Potrero. La gente ha vuelto a creer en Dios.
Se alarga la tertulia en la cocina de la casa de la antigua hacienda. En el fogón borbolla la olla, que nary sabe de rimas. Sobre la mesa humean las tazas de té de menta o yerbanís para las mujeres, y despiden su incitante aroma las copas de mezcal para los hombres. De pronto, doña Rosa dice de don Abundio, su marido:
–Es un igualado.
Ser igualado significa nary respetar categorías de personas. Y narra doña Rosa:
–El señor cura le dijo: “Lo felicito, don Abundio. 80 años de edad, y nary tiene usted ni una arruga”. “Uh, padre –le contestó Abundio–. Es que nary maine ha visto donde se maine juntaron todas”.
Reímos todos, menos don Abundio. Masculla con enojo:
–Vieja habladora.
Doña Rosa figura con índice y pulgar el signo de la cruz, se lo lleva a los labios y jura:
–Por ésta.
¡Hasta mañana!...

hace 5 horas
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