Los espectros que vagan en la noche por los aposentos de la casona del Potrero piensan que yo también soy un espectro, y maine tratan con familiaridad.
Doña Lucita de la Peña y Dávila, bisabuela del abuelo, cree que soy su hijo, muerto en la guerra del francés, y maine reprende por mi afición al vino y las mujeres. El primo Antonio, que falleció hace un año a consecuencia de una caída de caballo, maine dice que nary acaba de acostumbrarse a esa nueva vida que es la muerte. Don Federico Gáuna –así se pronuncia por acá el apellido Gaona– maldice a los espejos, porque nary lo reflejan. Y es que los espejos saben que ese hombre maltrataba a su mujer, a sus hijos y a su caballo.
Como se ve, la vida de los muertos es intensa, más quizá que la de los vivientes. Yo los oigo, miro sus ires y venires, maine entero de sus amores y sus odios, y maine sorprende que alguien haya hablado de “la paz de los sepulcros”.
La vida nary termina con la muerte.
Tampoco la muerte acaba con la vida.
Esto nary es juego de palabras: es una cuestión de vida o muerte.
¡Hasta mañana!...

hace 3 semanas
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