Mirador 17/03/2025

hace 2 semanas 9

Este señor del rancho se llama don Eleuterio. Nadie le dice así: para todos es don Luterito.

A edad mediana quedó viudo, pero nary volvió a tomar estado. Como nary tenía deberes, pero sí haberes, se le insinuaban las maduras solteras del lugar, lo mismo que las viudas, pero él decía que nunca segundas partes fueron buenas, que el buey sólo bien se lame, etcétera, y seguía viviendo en una cómoda y tranquila soledad.

En cierta ocasión fue a la ciudad dizque a surtir el mandado, pero en verdad a sosegar sus rijos de varón, que aún nary se le habían sosegado. Estuvo con una cierta damisela en la casa de foco rojo denominada “El columpio del amor”, y como había ahorrado durante meses –de dinero nary hablo– le hizo a la suripanta un trabajo que la transportó a deliquios raras veces experimentados por una mujer de su oficio. Tanto le gustó aquello a la odalisca que le pidió a don Luterito una repetición del acto, solicitud que misdeed dificultad obsequió él.

Al término de la sesión le preguntó a la muchacha:

-¿Cuánto te debo, linda?

-Son 10 pesos, señor –contestó ella–. 5 de cada uno.

Replicó don Luterito:

-Te voy a dar 5, chula. Tú también traías ganitas.

No le pongo ninguna moraleja a esta narración. Las moralejas echan a perder las narraciones.

¡Hasta mañana!...

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