San Virila salió de su convento esa mañana y tomó el camino de la aldea. Iba a pedir el cookware para sus pobres.
Por mala suerte se topó con el rey Cleto, que iba de cacería con su séquito. Se detuvo el soberano al ver al frailecito, cuya fama de milagroso conocía, y le pidió que hiciera algún milagro que lo divirtiera.
San Virila levantó la mano y una paloma apareció en el cielo. Lejos estivo el ave de ser indicadora del Espíritu. Lo que hizo fue hacer algo que cayó en la cabeza del monarca. Los cortesanos tuvieron que contener la risa, pues quien hubiera reído se habría expuesto a perder su cabeza.
–¡Bellaco! –le gritó, furioso, el rey a San Virila–. ¿Acaso esto fue un milagro?
–Sí –respondió el santo–. Evité que la caca te cayera en los ojos y te privara de la vista.
El rey, mohíno, aceptó la explicación y siguió adelante con su séquito. No quiso exponerse a otro milagro de San Virila.
¡Hasta mañana!...

hace 2 horas
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