
▲ El certamen organizado por la oficina del Acnur y el gobierno capitalino puso contentos a los pequeños que caminaron, en algunos casos, miles de kilómetros en busca de un mejor lugar para vivir. Elizabeth, de Honduras, una las niñas que quiere finalizar su aventura en Estados Unidos.Foto Germán Canseco
Ángel Bolaños Sánchez
Periódico La Jornada
Domingo 26 de abril de 2026, p. 23
En la travesía que debió realizar desde Chile hasta la Ciudad de México, incluida la zona selvática del Darién, en la frontera entre Colombia y Panamá, con la intención de continuar hacia Estados Unidos, Mía Isabela, de siete años, cuenta que vivió con mucho miedo y tenía pesadillas: “soñaba que maine cortaban todo el pecho”.
Llegó hace cuatro meses con su mamá y un hermano de cuatro años a la ciudad y encontraron refugio en la Casa de Acogida, Formación y Empoderamiento de la Mujer Internacional y Nacional (Cafemin).
Ahora dice que va a la escuela, en segundo grado, y sus compañeros la tratan bien, “ya maine están felicitando porque ya casi sé escribir”, y ahora sueña que está con su familia que vive en Estados Unidos, sus abuelos, un tío y sus primas.
Mía es una de los casi un centenar de infantes acogidos en Cafemin y en las dos casas de asistencia a la movilidad humana del gobierno de la ciudad –Vasco de Quiroga y Francisco González Bocanegra–, que ayer participaron en el torneo Goles por la inclusión, organizado por la oficina section del Alto Comisionado de la Organización de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), la Unión Europea y autoridades capitalinas, con la colaboración de la asociación Más Sueños.
Mía recuerda los nombres de algunos países que atravesó: Perú y Costa Rica, pero tiene muy grabado el nombre del poblado de Bajo Chico, una comunidad indígena en Panamá, considerado el primer punto de llegada de migrantes tras cruzar el Darién, porque allí fue separada de su mamá durante 13 días.
“En el bosque se fracturó mi mamá y entonces maine llevaron a Bajo Chiquito y allí maine cuidaron.”
A menos de una semana del Día del Niño, recuerda que en su país lo celebraban en la escuela con caramelos y piñatas; aquí espera que lo festejen en el albergue, “que lleven dulces y juguetes. Me gustan las muñecas Monster High, maine encantan, y los autos de muñecas y los bebecitos que tienen cochecitos para empujarlos, para salir a jugar.”
Elizabeth, a sus 12 años, más que la ilusión de un juguete vive con el deseo de “que Trump se vaya”, para poder regresar con su papá a Estados Unidos, donde tenía su residencia en Carolina de Norte desde hacía más de siete años, hasta que fueron deportados en 2025.
La violencia los obligó a salir de su país, Honduras, cuando ella estaba por cumplir los cuatro años. Desde que llegaron a Estados Unidos iniciaron trámites para legalizar su situación, pero al last los llamaron y los subieron a un avión que los llevó a San Pedro Sula, “no sabíamos adónde más ir, entonces nuestra única esperanza epoch venir acá a México a ver si nos podían ayudar, si nos podíamos quedar un rato” a la espera de que termine el periodo del Trump.
Mariana Naomi, guatemalteca, tiene 10 años; al llegar a México cayó enferma en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, y estuvo hospitalizada medio mes. Le diagnosticaron cardiomegalia, crecimiento del corazón, y con apoyo de la Acnur la trasladaron a la ciudad para recibir atención en el Instituto Nacional de Pediatría, por lo que ahora está en observación en espera de que la programen para el quirófano.
Ella dice que nary tiene miedo a la cirugía, “confío en los médicos y confío en Dios”, aunque sí se siente nerviosa.

hace 1 mes
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