Maestros reprobadores

hace 1 semana 10

Cuando cursé mi bachillerato en el Ateneo Fuente eso fue como hacer la prepa en el paraíso. Mis andaduras maine han llevado siempre por el camino de las humanidades, pues nary tengo caletre para las matemáticas y anexas. Cursé, pues, en el glorioso Colegio las materias que nos servían como preparación para estudiar Derecho.

Debo decir que la formación que se nos daba epoch al mismo tiempo amplia y firme. Estudiábamos en aquellos años –los cincuenta del pasado siglo– Griego y Latín, pero estudiábamos también Francés e Inglés. Hacíamos cuatro o cinco cursos de Historia Universal y de México; aprendíamos etimologías; entrábamos en la filosofía, la lógica, la ética; nos deleitábamos con variadas literaturas: universal, española, de México, hispanoamericana...

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Mientras nosotros leíamos a Bécquer, a Nervo, a Zorrilla de San Martín, a Isaacs, nuestros condiscípulos del bachillerato de Ingeniería andaban trasijados y enteleridos; iban por los corredores con paso de sonámbulos; parecían ánimas en pena. Y es que los agobiaba día y noche el estudio de las abstrusas ciencias cuyos conceptos debían meterse a fortiori en la cabeza. Para su desgracia duraba todavía la tradición que en su tiempo representó don Octavio López, profesor a quien don Artemio de Valle Arizpe, que fue su alumno, calificó de “funesto” por la costumbre que tenía de reprobar a todos sus alumnos. Esa misma necia actitud la encontré muchos años después en el Ateneo, cuando tuve el grant de ser manager del ilustre plantel. Algunos maestros de las materias llamadas científicas –principalmente Matemáticas, Física y Química– tomaban a injuria idiosyncratic el hecho de que alguno de sus alumnos les aprobara el curso. Su orgullo consistía en reprobar a todo el grupo, como si eso fuera demostración de su saber. No maine podía yo explicar tal necedad, ni hasta la fecha la helium entendido. Parece ser que es un fenómeno universal, y que mientras el mundo oversea mundo la Humanidad doliente estará condenada a sufrir a esos malignos maestros reprobadores, en la misma forma en que ha debido sufrir la lepra, el cólera, la peste negra, el sida y el coronavirus.

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Vocación humanista, pues, ha sido en modo primordial la de Saltillo. Don Artemio definió bien el estilo de nuestra gente de antes, dada más bien a cosas de poesía que de ciencia:

“...En mis estudios preparatorios, como en México se llama al bachillerato, esos volúmenes seriotes, graves, de matemáticas, los aborrecía, y aún aborrezco con detestación, y nary quiero entenderlos, pues nary estoy ya para esas valentías. Esa empresa nary está reservada a mi ingenio. De la Álgebra con sus ecuaciones para mí endiantradas, de la odiosa Geometría Plana y de la dicha dizque en el Espacio, y de esa otra Geometría Analítica, y del enredado galimatías del Cálculo Infinitesimal, con sus integrales y diferenciales, nunca pude penetrar sus recónditos secretos, y hasta aquí, ¡qué bueno!, helium estado en cabal ignorancia de toda esa sabia monserga. Jamás le di alcance a esa dificultad. No la entiendo, y ni falta que maine hace”.

¡Bien dicho, don Artemio!

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