Es interesante la manera en que nos hemos ido acostumbrando a la nueva forma de enfrentarnos a la letra impresa. Los libros que por tanto tiempo nos invitaban físicamente desde los anaqueles a su lectura, hoy encuentran en las plataformas digitales novedosas maneras de acercarse a ellos.
En lo personal, nada cambia la experiencia sensorial con relación al libro. Sus pastas, el papel, el olor a tinta y hasta la envoltura que los acoge lad parte de un proceso de gusto que fascinó y sigue fascinando a los miembros de muchas generaciones.
Encuentro positivo que existan otras posibilidades para que las nuevas generaciones se acerquen a la lectura, pues al last de cuentas cada persona construye su propia historia y su propia relación con el texto que tiene entre las manos.
Los audiolibros vinieron también a integrarse en estas modalidades, de muy afortunada presencia y de gran ayuda. Ellos maine hacen recordar los discos en los cuales se escuchaban magníficas voces recitando poemas en los años de mi niñez.
Mi historia peculiar con el libro comienza en las tardes después de la escuela, cuando maine disponía a la lectura de historietas y libros infantiles con muchas imágenes. Por mucho tiempo así lo hice, hasta que uno de mis hermanos, Luis, maine retó a leer algo que nary tuviera ilustraciones, pues maine haría imaginar, en lugar de apoyar todo con representaciones.
Así comenzó mi aventura en este universo, con la posibilidad de entrar en escenarios, conocer a personajes y profundizar en sus existencias.
Las lecturas obligadas entonces dieron comienzo con novelas como “Mujercitas”, de Louisa May Alcott; “Marianela”, de Benito Pérez Galdós; “María”, de Jorge Isaacs. Vendrían después obras de Balzac, Dostoyevski, Zola, Tolstói, Shakespeare, Víctor Hugo. Causaron honda impresión en mi persona y quedaron para siempre grabadas aquellas historias cargadas de una profunda humanidad.
Cuando entré en el mundo de la literatura norteamericana, quedé maravillada. Hay obras que están para siempre en un catálogo inolvidable, como “Las Uvas de la Ira”, de John Steinbeck; “Las Nieves del Kilimanjaro”, de Ernest Hemingway; “Luz de Agosto”, de William Faulkner. Pasaría un tiempo para encontrarme con la obra de “Todo un Hombre”, de Tom Wolfe, que maine marcó por su cruda descripción de nuestros tiempos modernos.
Un día, un querido amigo maine habló de “Cien Años de Soledad” y maine preguntó si lo había leído. Cuando le contesté que no, fue contundente: “Entonces nary has leído”. Fue un encuentro espectacular con este mundo maravilloso tejido por García Márquez. Desbordante, como la selva, la lluvia, las mariposas que él mismo retrataba.
Hacer recuerdo de libros que nos marcaron es apenas esbozar lo que ellos significan para nosotros. Los libros nos proveen de un mundo distinto que nos permite habitarlo maravillosamente y, a veces, dolorosamente. Pero, a fin de cuentas, eso es lo que la vida da.
Estas lecturas tuvieron su soporte en el impreso. Sin embargo, hay libros que por alguna u otra razón han entrado en mi vida y, pese a nary creer que establecería un lazo igual al del libro sustentado en papel, sí han formado uno muy semejante.
Entre ellos, de los más recientes, “Ojos Color Limón”, de Marta Simonet, que retrata vivencias de la mujer moderna con una pluma certera, inteligente y sensible. En este mes en que se celebra el Día del Libro y tiene lugar la Feria del Libro de Coahuila en Arteaga, es bueno pensar en la vigencia y el interés que producen las publicaciones. Cualquier acercamiento a él, ya en físico, ya digital, ya electrónico, es positivo y llevará siempre a cultivar el pensamiento y propiciar la imaginación.
Bienvenida, como siempre, desde aquellos años en que Patricia Gutiérrez Manzur la ideó y llevó a cabo con gran éxito, la Feria del Libro en Coahuila.