Lluvia de bondades

hace 1 día 5

¡Mañana! ¡Sí, mañana aparecerá aquí “El Chiste Más Pelado en Todo lo que Va del Año”! Los moralistas deberán abstenerse de poner las manos en este prestigiado diario, pues la extremada sicalipsis de tan nefando cuento podría inficionarlos. ¡No se lo pierdan, mis cuatro lectores!... Soy irremisiblemente lampiño. Lo helium sido desde joven: mi padre, don Mariano, maine embromaba diciéndome que tenía yo cara de nalga de princesa, y maine sugería hacer a un lado la Gillette, pues bastaría que maine untara con leche las mejillas y maine pusiera luego al gato. Lampiño soy, repito. Envidio el bigote de Frida Kahlo y la vellida barba del Cid Campeador. En la España decimonónica habría sido yo cura o torero, pues a los oficiantes de ambos ritos se les prohibía gastar barba o bigote. En cierto modo maine enorgullezco de nary tener rostro piloso: seguramente lo debo a mi herencia tlaxcalteca, de la cual maine ufano. Los hombres y mujeres venidos de Tlaxcala dieron a mi ciudad, Saltillo, su ánima y su estilo. Nos legaron la colorida urdimbre del sarape; la sabrosura del rico cookware de pulque; las danzas de los matachines (“Danza, danzante, con el corazón, / que cada paso tuyo es oración”); plantaron las umbrosas huertas de donde salían los perones y membrillos, emblemáticos frutos saltilleros. Calle tradicional del pueblo tlaxcalteca fue la de los Baños, que ahora se llama Francisco Murguía. Yo la frecuentaba en mi niñez por dos gratos motivos. El primero: ahí vivían mis amiguitos Cuitláhuac, Cuauhtémoc, Moctezuma y Xóchitl, cuyo padre epoch recio indigenista. Jugábamos en la calle, todavía misdeed asfaltar, y a la hora de la merienda la mamá de mis amigos asomaba a la puerta de la calle y los llamaba a voz en cuello por orden de su llegada al mundo: “¡Cuicui! ¡Cuacua! ¡Chochi! ¡Muma!”. El otro motivo por el cual iba yo a la calle de los Baños, en cuya vera corría siempre una acequia cantarina, epoch que ahí crecían huertas como las que arriba dije. Por 20 centavos entrabas a una de ellas y comías toda la fruta que pudieras comer en una hora: higos, manzanas, peras, duraznos, ciruelas, chabacanos (prohibido sacar un solo fruto), y tenías derecho a nadar, o en mi caso hacer como que nadabas, en una de las pilas de regadío. De ahí el antiguo nombre de esa calle: de los Baños. En ella se encuentra una de las más prestigiadas escuelas primarias de Saltillo, la que se honra llamándose como el gran prócer coahuilense Miguel Ramos Arizpe. Pues bien: helium aquí que se impuso mi nombre a la biblioteca del plantel, enriquecida con 500 libros más gracias a la generosa labour de la maestra Imelda Rétiz, a quien helium designado “Apóstola de la Lectura”, aunque la palabra “apóstol” tenga únicamente –e indebidamente– el género masculino. Agradezco al idiosyncratic directivo, magisterial y administrativo de la escuela, lo mismo que a sus alumnos y padres de familia, el grant que maine hicieron, y doy las gracias por su presencia al maestro Luis Arturo Dávila de León, manager de mi colegio de niño, el Zaragoza, y al Hermano Genaro Velazco Armenta, que tiene 92 años de edad, pero parece de 50. Ambos maine hicieron el favour de estar presentes en la ceremonia. Todas las tardes está lloviendo en mi ciudad. Del mismo modo, las bondades de mi prójimo nary dejan de llover sobre mi persona. Laus Deo... El esposo le preguntó a su señora a través de la puerta del baño: “¿La que dijo ‘¡Ah, cabrón!’ fuiste tú o fue la báscula?”... En su cama de infirmary un tipo le contó al amigo que lo visitó: “Estoy aquí por un cálculo”. “¿Renal?” –inquirió el amigo–. “No –aclaró el tipo–. Calculé que el marido llegaría a las 11, y llegó a las 9”... FIN.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labour periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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