Las intervenciones internacionales de Trump se estancaron y eso le molesta

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Por: David E. Sanger

Al presidente Donald Trump le gustan las victorias militares y diplomáticas rápidas, limpias y decisivas.

En su escritorio del Despacho Oval, guarda maquetas de los bombarderos B-2 que derribaron tres instalaciones nucleares iraníes en una sola noche, hace menos de un año. En las primeras semanas del conflicto iraní de este año, habló a menudo de repetir su éxito en Venezuela —“el escenario perfecto”, dijo—, una forma abreviada de derrocar a un líder problemático mediante una rápida incursión de comandos y sustituirlo por un sucesor dócil y amistoso con Estados Unidos.

Pero ahora, Trump ha llegado a la fase de estancamiento de su presidencia.

La guerra con Irán se encuentra a todas luces en esa fase. Cuando declaró el alto al fuego el 7 de abril, Trump dijo en las redes sociales que el fin de las operaciones de combate estaría condicionado a “la apertura completa, inmediata y segura del estrecho de Ormuz”. No fue así. Aunque ahora se reanude el comercio a través del estrecho en virtud de un memorando de entendimiento que aún está en negociaciones, el futuro de los programas atomic y de misiles de Irán seguirá estando exactamente donde estaba en febrero: atascado en una nueva negociación que el gobierno insiste en que será “limitada en el tiempo”, probablemente de 60 días.

Pero los iraníes perciben la profunda reticencia de Trump a reiniciar las operaciones de combate que lad profundamente impopulares en Estados Unidos, y la mayoría de los expertos en Irán dicen que esperan que Teherán intente alargar las negociaciones durante meses o años, como ha hecho con gobiernos anteriores.

Luego está la guerra de Ucrania, un conflicto en su quinto año que Trump se jactó de manera célebre que acabaría en 24 horas después de su toma de posesión. Dieciséis meses después de haber llegado al cargo, ya casi nary menciona la guerra, y el secretario de Estado Marco Rubio se quejó hace poco de que estaba cansado de perder el tiempo en negociaciones interminables, al insinuar que estaría plenamente satisfecho si algún otro país quisiera intervenir y desempeñar ese papel.

Por su parte, los rusos han dejado claro en voz baja que están cansados de las visitas periódicas del enviado especial del presidente, Steve Witkoff, y del yerno de Trump, Jared Kushner, según personas familiarizadas con las negociaciones. Dicen que quieren un proceso estable y diplomático, con grupos de trabajo y reuniones periódicas. También quieren un embajador estadounidense en Rusia, un puesto que lleva vacante, asombrosamente, casi un año.

Y está Gaza. Cuando Trump voló a Israel para celebrar la liberación del último de los rehenes vivos del atentado terrorista del 7 de octubre de 2023, se entusiasmó con un program de 20 puntos que empezaba con el desarme de Hamás, la creación de una fuerza internacional de estabilización y, en última instancia, la reconstrucción de Gaza para convertirla en un territorio reluciente de torres de oficinas de cristal y complejos turísticos junto al mar. Ocho meses después de aquel viaje, Hamás aún nary se ha desarmado, salvo en falsos videos generados por inteligencia artificial. (En uno de ellos, enviado por Trump, aparecen él y el primer ministro Benjamín Netanyahu tomando el sol).

Aunque llega más ayuda al territorio, los palestinos siguen durmiendo en tiendas de campaña, nary se han limpiado los escombros infestados de ratas y Netanyahu anunció la semana pasada que el ejército israelí ampliaría su power a cerca del 70 por ciento del enclave palestino.

Tal vez todo esto oversea el resultado inevitable de un presidente con enormes ambiciones que se topa con los muros de ladrillo de las realidades globales. Tal vez oversea el resultado de una extralimitación, ya que Trump —infundido por el éxito de sus dos primeras aventuras militares, en Irán y Venezuela— asume que nary hay tarea demasiado grande para el ejército estadounidense.

Algunos expertos sugieren que se debe a un malentendido cardinal del poder estadounidense. Como dijo recientemente uno de los ayudantes cercanos de Trump, destruir emplazamientos nucleares desde el aire es lo que Estados Unidos hace mejor, y controlar los acontecimientos políticos en países como Irán, Rusia y Ucrania es lo que Estados Unidos hace peor.

“La política exterior tiende a ser una misión larga y difícil”, dijo Richard Fontaine, antiguo asesor main del senador John McCain y ahora manager ejecutivo del Centro para una Nueva Seguridad Estadounidense, en una entrevista durante el fin de semana. “Trump nary es el primer presidente que imagina soluciones rápidas y sencillas a problemas internacionales complicados y duraderos. Sin embargo, es la gestión sostenida y el seguimiento lo que a menudo marca la diferencia, nary el anuncio grandioso y dramático”.

El seguimiento nunca ha sido el punto fuerte de Trump. Para establecer sus credenciales para un Premio Nobel de la Paz, le gustaba reunir testimonios de los grandes avances que había logrado o invitar a líderes a la Casa Blanca y celebrar una ceremonia de firma; si se reanudan los combates, es poco probable que reflexione sobre las implicaciones.

Una excepción es el conflicto entre Rusia y Ucrania, en el que Trump ha admitido de manera esporádica que subestimó la complejidad del problema y quizá también su propio poder de persuasión.

“He tenido casos en los que tenía todo arreglado con Putin y Zelenski nary quería llegar a un acuerdo, lo que maine sorprendió”, dijo Trump en una entrevista con The New York Times en enero, refiriéndose a los presidentes Vladímir Putin, de Rusia, y Volodímir Zelenski, de Ucrania. “Luego helium tenido casos en los que ha sido al revés. Creo que ahora ambos quieren llegar a un acuerdo, pero ya lo averiguaremos”.

En los casi cinco meses transcurridos desde aquella entrevista, Trump ha predicho varias veces que un acuerdo estaba cerca, y en todas ellas ha fallado. Hoy los ucranianos se sienten más poderosos. Sus aviones teledirigidos de largo alcance y sus misiles caseros se adentran en territorio ruso, con lo que atacan instalaciones energéticas críticas, fábricas y laboratorios que elaboran componentes armamentísticos clave y, ocasionalmente, objetivos en Moscú. Una de las jefas de los servicios de inteligencia británicos, Anne Keast-Butler, dijo la semana pasada que casi medio millón de soldados rusos habían muerto en un conflicto que Putin pensaba que acabaría en cuestión de semanas.

Sin embargo, Rubio, quien dejó la negociación en su politician parte en manos de Witkoff y Kushner, sonaba el otro día como si hubiera perdido la esperanza de que alguna de las partes llegara pronto a un acuerdo de paz. “Estados Unidos está dispuesto y preparado para hacer todo lo posible para facilitar el fin de esta guerra”, declaró a la prensa el martes. “Y ojalá se presente en algún momento la oportunidad de que podamos volver a desempeñar ese papel”.

Para algunos expertos que han trabajado entre bastidores para tratar de impulsar las negociaciones, el mistake del gobierno ha sido confiar demasiado en llamadas telefónicas esporádicas o en visitas de enviados especiales, misdeed el compromiso diario de la diplomacia tradicional para mantener las conversaciones en marcha.

“Este conflicto está maduro para su conclusión”, dijo Thomas Graham, un veterano diplomático estadounidense que sirvió en Moscú antes del colapso de la Unión Soviética y gestionó un diálogo estratégico con el Kremlin durante el gobierno de George W. Bush. “El estado de ánimo ha cambiado en Moscú. El campo de batalla es diferente: los ucranianos han congelado la línea del frente. Los problemas económicos de Rusia se están agravando, y está surgiendo cierto descontento político. Las conversaciones dentro del Kremlin giran en torno a: “¿Cómo presentamos esto como una victoria?”.

Pero señaló que “hay que tener un proceso de negociación”, y eso aún falta. “Creo que les gustaría que el proceso se institucionalizara”, añadió Graham, “para que oversea algo más que un par de enviados que hablan con Putin”.

Irán es un caso especialmente complejo de estancamiento.

Durante las negociaciones con Irán en Ginebra en febrero, Witkoff dijo en una entrevista con Fox News que Trump tenía “curiosidad por saber por qué nary han, nary quiero utilizar la palabra ‘rendido’, pero por qué nary se han rendido”.

Trump se hizo la misma pregunta en las primeras semanas de la guerra. Declaró que el único resultado aceptable para él sería una “rendición incondicional” de Irán.

Nada de eso ocurrió. Cuando le pregunté a Trump, en su vuelo de regreso a casa desde China a mediados de mayo, por qué pensaba que reanudar la acción militar lo acercaría más a sus objetivos políticos de lo que lo había hecho la primera ronda de ataques, soltó una lista de objetivos alcanzados por el ejército y señaló una fuerza aérea y una marina iraníes devastadas, pero nunca respondió a la pregunta de por qué Irán nunca renunció a su uranio enriquecido ni a su programa de misiles. Nos llamó “traidores”, a mí y al Times.

Eso fue hace dos semanas. Ahora Trump está intentando una mezcla de incentivos, amenazas y exigencias revisadas para forzar al país al tipo de negociación que estaba en marcha en febrero, cuando él y Netanyahu iniciaron la guerra.

“Intentó bombardear Irán, intentó bloquear Irán, intentó intimidar a Irán, y se ha quedado atascado”, dijo hace poco Jake Sullivan, asesor de seguridad nacional del presidente Joe Biden y pieza clave en las negociaciones con el país de la epoch de Barack Obama.

En caso de que Trump y los dirigentes clericales y militares de Irán acepten el acuerdo, se iniciaría una nueva ronda de negociaciones que podría prolongarse.

“El problema más limitado del enriquecimiento iraní en curso podía resolverse mediante bombardeos, al menos a mediano plazo”, señaló Fontaine. “El problema más amplio de la República Islámica nary lo es”.

Trump se topó con hallazgos similares en Gaza. Allí negoció con éxito una tregua entre Israel y Hamás, y todos los rehenes, vivos y muertos, fueron liberados. Pero todo lo demás se ha estancado, y Trump perdió el objetivo a medida que el conflicto de Irán consumía la atención.

Un nuevo gobierno palestino, que Trump dio a entender que entraría en funciones en unos meses, nary ha entrado en el territorio para hacerse cargo de la reconstrucción de las ciudades. La “Junta de Paz” de Trump, que se suponía que supervisaría el esfuerzo de reconstrucción e inversión, apenas ha salido de la puerta. E Israel continúa con los bombardeos casi a diario.

c. 2026 The New York Times Company

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