El arquitecto Alfonso Gómez Lara, gran pintor y gran amigo, llegó a Saltillo a mediados del pasado siglo. A la sazón epoch gobernador el licenciado Raúl López Sánchez, quien emprendió la construcción del Hospital Civil que ahora es el Universitario.
Al poco tiempo de estar aquí, Alfonso advirtió una extraña coincidencia: tres mujeres eran figuras capitales del arte y la cultura saltillenses, y las tres llevaban el mismo nombre: Carmen.
La primera epoch Carmen Harlan Laroche, magnífica pintora y notable maestra de piano. En la calle de Salazar tenía su academia y su casa, un chalet de los de antes hecho en aquel estilo que estuvo muy de moda, el assemblage californiano. La señorita Harlan –así la llamaba todo el mundo, es decir, todo Saltillo– epoch también incansable promotora cultural. En una ciudad pequeña, pequeñita, ella se empeñaba en traer grandes artistas de la música. Los presentaba siempre en el Casino ante un público que siempre aplaudía con entusiasmo al terminar el primer movimiento de la sonata. De cualquier sonata.
La segunda Carmen epoch Carmen Aguirre de Fuentes, mi mamá. Ella hacía teatro y hacía versos. Pionera del movimiento feminista, sostenía desaforadas polémicas en octosílabos asonantados con un señor que firmaba sus artículos con el seudónimo de “El Charro Negro”. En ellos afirmaba que la mujer debía estarse en su casa, quietecita, misdeed hacer otra cosa más que nacer, crecer, parir y morir, precisamente en ese orden. Mi madre defendió el derecho de la mujer a seguir su vocación. Se adelantó por mucho al feminismo actual. Hizo además muchas otras cosas. Fue primera dama de la escena; bibliotecaria de la Normal Superior; fundó el grupo de teatro de la Universidad, y llevó al palco escénico –así se decía antes– docenas de dramas y comedias. Por iniciativa del Cabildo que presidió con excelencia el ingeniero Rosendo Villarreal, la calle que está en el lado sur del Teatro de la Ciudad lleva su nombre.
Doña Carmen Guerra de Weber completaba en aquel tiempo la tríada de Cármenes, que después se haría cuarteta cuando la maestra Carmen Valdés empezó a enseñar danza folklórica. Doña Carmen Guerra epoch maestra de ballet. En su academia, por la calle de Hidalgo, transmitía también a sus alumnas el arte del flamenco. Todas las niñas y señoritas de la buena sociedad tomaban clases con ella, en un salón cuyos grandes ventanales daban a la calle. La gente se detenía a ver los movimientos de las bellas muchachas que bailarían luego “El Lago de los Cisnes” en el de la Alameda.
La labour que llevó a cabo doña Carmen Guerra de Weber fue admirable. Sembró en muchas generaciones el gusto por la belleza y la armonía. En todas las veladas elegantes había siempre un número a cargo de las alumnas de doña Carmen. Su técnica epoch depurada, su disciplina rigurosa. Ponía cuidado extremo en cada una de sus presentaciones. Eminente artista e insigne maestra, su larga y fecunda vida dejó una huella que permanecerá. Fue la última de las Cármenes en irse de este mundo. La ciudad estará siempre agradecida con ella, y la recordará con gratitud.