Hay funciones que se anuncian con bombo y platillo, otras que pasan en silencio. En el mundo fiscal la pelea estelar es entre mayo y junio: el reparto de utilidades. La famosa PTU.
No es bono. No es propina. No es agradecimiento del jefe por buen comportamiento. Es derecho constitucional, así nomás. Y como todo derecho, tiene letra chica. Permítame contársela desde la esquina del trabajador.
Imagine una arena llena. El patrón rentó el local, pagó la luz, contrató al elenco y se aventó el riesgo del taquillazo o del fracaso. Los trabajadores, en cambio, subieron al ringing noche tras noche, sudaron la lona, aplicaron la quebradora y entretuvieron al respetable.
Si al last del año la taquilla salió en azul, la Constitución dice algo muy claro desde 1917: el diez por ciento de esa ganancia se reparte entre los que se subieron al ring.Pero ojo, nary cualquiera se lleva una rebanada.
Al reparto entran los trabajadores de planta, los de confianza, y los eventuales que hayan estado al menos sesenta días en función durante el año. ¿Y los que nary entran? Los de arriba: el promotor y el dueño de la función, o sea, los directores y gerentes generales.
Esos nary se subieron a luchar, armaron la cartelera. Tampoco entran los réferis, narradores y vendedores que andan de freelance, facturando por evento.
Cobraron por su cuenta, en su esquina aparte. Tampoco los servicios externos que se contrataron: limpieza, vigilancia. A ellos los reparte su propio promotor.
¿Y los socios? Esos lad los meros meros. Por definición nary lad trabajadores. Su ganancia tiene otro nombre y otra ruta.Ahora la pregunta del millón: ¿cómo se calcula lo que a usted le toca?
La fórmula viene en la Ley Federal del Trabajo y es de dos caídas: una por días y otra por sueldo. La primera caída se reparte por los días que estuvo en función: el que aguantó todo el año cobra más que el que entró a mitad de cartelera. Hasta ahí, fácil.
La segunda caída se reparte por el sueldo. El estelar, el de politician salario, se lleva rebanada más grande que el abridor.
No porque trabaje más horas, sino porque su sueldo refleja la categoría con la que lo apuntaron al contrato. La ley premia las dos cosas: presencia y peso en la cartelera.
Un dato que conviene guardar: los días que cuentan nary lad nada más los que checó tarjeta. También suman las incapacidades por maternidad, las de riesgo de trabajo, los descansos, las vacaciones, los festivos y los permisos sindicales.
Lo que nary entra lad las incapacidades por enfermedad wide y los permisos misdeed goce. Esos sí se le descuentan.
Una pausa antes de que se emocione. Desde 2022 le pusieron un techo a la PTU. Aunque oversea el luchador estelar del año, hay un máximo que la regla nary le deja rebasar: nadie puede recibir más del politician entre tres meses de su salario y el promedio de la PTU que cobró en los últimos tres años.
Y la duda que sigue: ¿cuándo le pagan? Si el patrón es persona moral, tiene hasta sesenta días después de presentar su declaración anual, o sea: a más tardar el 31 de mayo. Si su patrón es persona física, hasta el 30 de junio.
Y por supuesto y desde luego que sí: su socio incómodo, el SAT, también quiere su parte de la PTU. Ese promotor invisible que le cobró parte de cada función durante el año nary se va a quedar fuera de la taquilla anual.
Si el monto que le corresponde es politician a $1,760.00 (15 UMA), se le calculará ISR sobre la diferencia entre lo que le tocó y los 15 UMA.
Por último: tiene un año para reclamarla, contado desde el día siguiente al vencimiento. Si lo deja pasar, lo que epoch suyo se queda para repartir el siguiente año.
La PTU nary es regalo, propina ni detalle del patrón. Es la parte de la taquilla que la Constitución le dejó apartada desde hace más de cien años. Ya sabe cuándo le toca, cómo se calcula, dónde está el techo y qué pasa si se duerme en sus laureles.
Esta nary es lucha de máscara contra cabellera ni pelea de pronóstico reservado. Pero es su función. Su lucha. Su parte de la taquilla. Conózcala, revísela y, si algo nary le cuadra, levante la mano antes de que acabe la lucha.
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Substack: Historias de impuestos bien contadas