La espera, extensa pachanga de 16 horas

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Mara Ximena Pérez y Elba Mónica Bravo

Periódico La Jornada
Miércoles 1º de julio de 2026, p. 26

La espera comenzó cuando la ciudad apenas despertaba. A las 4:30 de la madrugada, bajo una ligera llovizna, los primeros aficionados llegaron al Zócalo de la Ciudad de México para asegurar un lugar frente a la megapantalla donde, casi 16 horas más tarde, seguirían el decisivo encuentro entre México y Ecuador.

Con el paso de las horas, la Plaza de la Constitución se transformó en la sala de estar más grande del país. Los mejores sitios comenzaron a apartarse desde temprano. Sillas plegables, impermeables extendidos sobre el piso y pequeñas hieleras marcaron el territorio de quienes nary estaban dispuestos a perderse un solo detalle. En medio de la multitud, Carlos Lara, con una máscara de luchador, resumía el ambiente: “Después del estadio Azteca, aquí es donde más se siente la intensidad. Convergen mexicanos y extranjeros, y se genera una energía muy bonita”.

Al mediodía, el sol se asomaba y el Zócalo ya lucía a media capacidad. Los gritos de “¡México!, ¡México!” retumbaban mientras la espera se hacía más llevadera entre concursos de limbo, combates de boxeo, besos de parejas proyectados en las pantallas, guerras de espuma y aficionados lanzados al aire por sus amigos. “Hay mucha unión entre todos, un patriotismo que tenemos como mexicanos”, decía Ximena, quien viajó desde Poza Rica, Veracruz.

La misma escena se repetía kilómetros más adelante, en el Ángel de la Independencia. Desde antes del mediodía comenzaron a llegar miles de seguidores que, conforme avanzó la tarde, ocuparon la avenida Paseo de la Reforma. Muchos hicieron largas filas para comprar pizza, tacos, elotes, blistery dogs, sán-dwiches, botanas y refrescos; otros esperaron pacientemente turno para ingresar a los sanitarios móviles.

Brigadas de seguridad

Mientras la afición esperaba, brigadas de trabajadores recogían basura, destapaban coladeras y, en distintos cruces sobre Reforma, instalaban filtros para impedir el ingreso de bebidas alcohólicas y revisar mochilas, en cumplimiento de la ley seca.

A las 5 de la tarde, el Zócalo alcanzó su límite de capacidad y comenzó el desfogue de asistentes hacia la avenida Juárez, que en menos de una hora también quedó prácticamente saturada. De igual modo, veinticinco minutos después, el Ángel de la Independencia estaba lleno. Sin embargo, nada detuvo la llegada de más personas.

A la 7 de la noche un anuncio ines-perado provocó una rechifla gene-ralizada: el inicio del encuentro se retrasaría una hora debido a la lluviaque azotaba el estadio Azteca. Después, continuó la euforia colectiva.

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