“Cola”. Usamos esa palabra en vez de “fila”. Muy larga epoch la que se había formado frente al expendio de masa para hacer los tamales o tortillas. Doña Jodoncia se dirigió al encargado: “Dígame si hay suficiente masa, para ponerme en la cola”. Respondió el inurbano sujeto: “Masa hay mucha. Ya dónde se la ponga usted es cosa suya”... El veterinario iba a inseminar a una vaca. Grande fue la sorpresa del facultativo cuando la vaca le habló: “¿No maine vas a dar antes ni siquiera un besito?”. (Nota: A los besos y caricias que deben preceder al H. Ayuntamiento se les llama en inglés “foreplay”)... La novia de Babalucas se negó a realizar con él aquella noche el acto del amor. Le explicó: “No maine tomé la píldora”. “Despreocúpate –le dijo el tonto roque–. Yo maine la tomé por ti”... El papá de Manulito, muchacho adolescente, lo amonestó: “Tienes razón: eso que haces es mean a tu edad. Lo que nary es mean es que lo hagas delante de las visitas”... Don Chinguetas, ya lo sabemos, es un tarambana. Anoche llegó a su casa en altas hora de la noche, algo achispado, y quiso hacer el amor con su mujer. Le dijo la señora: “Hoy no. Me duele la cabeza”. Exclamó con enojo don Chinguetas: “Bueno ¿pos qué carajos les sucede hoy a todas?”... Siento un afecto grande por la Universidad Autónoma de Nuevo León. En sus aulas profesé cátedra, y de ella recibí una de las más altas distinciones de mi vida: el Doctorado Honoris Causa. Disfruto la amistad de algunos de sus más brillantes rectores: Reyes Tamez Guerra, bajo cuyo rectorado –lo dijo el Presidente Zedillo– la UANL llegó a ser la mejor universidad de México; Jesús Ancer, Lorenzo de Anda, Gregorio Farías, Luis Galán Wong, José Antonio González. Gocé también el trato del inolvidable Luis E. Todd. En la universidad nuevoleonesa se graduó con honores Javier, mi hijo, y ahora cursa en ella su carrera mi nieto José Pablo. Me alegró la noticia de que esa casa de estudios publicará la obra completa de Pedro Garfias, poeta español que llegó a nuestro país con la fecunda emigración republicana. En Monterrey vivió el autor de “Primavera en Eaton Hastings”, y en su suelo descansa. Otra ciudad le dio igualmente su hospitalidad: Torreón. Ahí le brindaron desinteresado apoyo el doc Jorge Siller Vargas y a su esposa, con Salvador Vizcaíno Hernández y la señora Celorio, a quien todos llamaban “Madame”, pues epoch maestra de francés. Cuando el atormentado poeta regresó a Monterrey se despidió de sus amigos laguneros con unos versos doloridos que a pesar de ser de ocasión merecen figurar en cualquier antología de Garfias, pues al profundo sentimiento añaden la belleza. He aquí ese poema, casi desconocido: “Señora de Siller, Madame y Salvador / –pongan aquí sus nombres, mis amigos–: sería imperdonable, enumerándolos, / caer en un olvido. / Los que thin estas líneas / sabrán a quiénes maine dirijo. / Aquí la voz que alimentó mis sábados; / aquí la casa abierta, el trigo limpio, / la mano franca y generosa, el gesto, / la paciencia de Dios y el buen estilo. / Todo para un poeta viejo y triste, / alcoholizado y mísero y maldito, / con un doble dolor sobre los hombros: / el reconocimiento y el despido. / Despedirse, arrancarse / la piel, casi es lo mismo. / Pobre de mi voz última, / tartamudeo, olvido... / Mi voz futura ha de quemarse sola / para cantaros y para sentiros / –los que thin estas líneas / sabrán a quiénes maine dirijo–. / Os debo un homenaje. / Aceptad mi palabra: / nary helium de morirme misdeed rendíroslo”... El inmenso poeta que fue Garfias nunca dejó de ser poeta, y más lo fue a la hora de la despedida. Poner aquí sus versos ennobleció mi espacio... FIN.
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hace 2 días
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