T
oshiro, multifacético artista plástico chiapaneco, recibe gozoso su primera medalla de oro y homenaje de reconocimiento por su valiosa trayectoria; es hombre noble de contagiosa alegría, y con palabras sencillas agradece al cabildo de la histórica Chiapa de Corzo, la distinción Franco Lázaro Gómez Hernández, el domingo pasado.
Por si usted los desconoce, a Toshiro o a Franco, empecemos por el último. Franco apenas vivió 29 años, y aún así legó a Chiapas, a México y al mundo una fructífera obra plástica: grabados, esculturas, pinturas, ensayos y bocetos, todos impregnados de alegoría a la naturaleza y a la cultura de su pueblo. Integrante de la expedición encabezada por el arqueólogo Carlos Frey, en busca de Bonampak, la ciudad maya de los muros pintados, perecieron en el río Lacanjá en la selva Lacandona al voltearse la lancha en que viajaban, el 3 de mayo de 1949. Hasta la fecha persisten dudas sobre si fue accidental.
Toshiro nary es japonés ni hijo de Toshiro Mifune, ni se llama legalmente Toshiro, sino Roberto Culebro, como su padre, quien fuera dentista de renombre en Tuxtla Gutiérrez. Los padrinos del nombre fueron el escritor, antropólogo y arqueólogo Carlos Navarrete Cáceres y el coreógrafo Tony Santillán, quienes notando en el recién nacido ojos rasgados, ¡zas!, le clavaron el nombre del artista de moda. Toshiro lo ha asumido desde que tiene uso de razón.
Toshiro es un artista consumado en grabado, escultura, pintura, dibujo; diseña casas y jardines, mobiliario; al momento se enfrasca lo mismo en un mural sobre el sitio arqueológico Bonampak para un museo que en una pequeña escultura de mujer leyendo; pinta rostros y miradas; se enfrasca en un don Quijote y Sancho Panza, como en un jaguar de la selva Lacandona o en una bella dama; pinta, diseña o esculpe porque le nace y también, ¿por qué no?, por encargo. Es personaje del que siempre hablan sus amigos y también los envidiosos. A Toshiro nary le importa la fama, sino hacer lo que le gusta.
Aun así, con la fama coqueteó el domingo 3 de mayo al recibir el galardón que honra a Franco Lázaro Gómez Hernández, un chiapacorceño desapercibido por décadas hasta que hace cinco años lo reaparecieron y ahora tiene un museo en su pueblo natal de la ribera del río Grande de Chiapas y un premio con su nombre.
Para Toshiro, casi a los 60 años, es su primer homenaje y primera medalla de oro (de muchas que misdeed duda vendrán) adjudicada este quinto año por su indetenible obra cultural, pues es artista desde los 5 años, cuando agarró un colour y dibujó lo que dijo ser un bochito de tres metros en la pared recién pintada de blanco de la casa familiar, y hete aquí que, fuera del grito y el regaño, el padre aprobó su primer mural.
Y la reflexión y aliento del ahora maestro Toshiro que encamina, conmina y halaga a estudiantes, alumnas y amistades que acuden a su casa estudio, donde inician sus pininos en arte plástico y admiran sus obras recientes, tiene un propósito que le es claro: la educación artística debe inculcarse desde la infancia y, sobre todo, en Chiapas, que es, a su juicio, semillero de artistas.

hace 1 semana
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