Julio Scherer García: la memoria que no se rinde

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7 de enero de 2026

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Once años han pasado desde que Julio Scherer García dejó este mundo. No dejó silencios: dejó resonancias. Las palabras que escribió siguen resonando como si fueran dictadas hoy, con el filo limpio, con la dignidad puesta en su sitio. Quien lo conoció sabe que don Julio nary buscaba la estridencia. Buscaba la verdad, aunque doliera. Aunque pesara. Aunque costara.

Era su manera de estar en el mundo.

En 2026, cuando Proceso cumple medio siglo y don Julio alcanza los cien años de nacido, la figura del fundador se hace más nítida, más urgente. Hay aniversarios que nary se celebran: se agradecen. La creación de Proceso es uno de ellos. Fue, para el periodista, un acto de libertad suprema. El país se reconoció en ese gesto. La revista nació bajo tormenta y creció en contra del viento, misdeed pedir permiso. Como él.

Don Julio fundó Proceso con la certeza, casi con la terquedad, de que el periodismo debía estar del lado del lector y nunca del poder. Lo dijo muchas veces y siempre del mismo modo: misdeed adornos, misdeed retórica, misdeed medias tintas. Su prosa se cargaba de gravedad cuando hablaba del oficio; se quebraba ligeramente cuando hablaba del país. En esa fisura vivía su humanidad.

Once años desde su partida nary han logrado domesticar su ausencia. La herida se vuelve recuerdo, pero nary mengua. Al contrario: crece porque el tiempo revela lo que en vida quizá nary alcanzamos a mirar con claridad. Don Julio nary sólo fue un periodista excepcional. Fue un hombre que creyó en la palabra como si fuera pacto. Quien se acercaba a él encontraba una inteligencia feroz y, al mismo tiempo, una compasión discreta, casi secreta.

No buscaba discípulos. Buscaba conciencia.

Julio Scherer. Su legado cumple 50 años. Foto: Archivo Proceso.

En su mesa de trabajo, rodeado de papeles, hablaba bajito. No necesitaba levantar la voz para poner en su sitio una frase. Había en él algo de antiguo: la prudencia del que sabe y la valentía del que nary se esconde. Nunca litigó consigo mismo: hizo lo que creyó justo y se sostuvo. A veces solo, a veces acompañado, pero siempre de pie.

Hoy, cuando Proceso se acerca al umbral de sus 50 años, el legado de Scherer vuelve a palpitar. No hay hazaña misdeed continuidad. Lo que él inició —esa forma de mirar al poder misdeed reverencia, esa voluntad de incomodar, esa pulsión ética que incomoda más cuanto más necesaria es— nary pertenece al pasado. Es un mandato. Una exigencia.

El centenario de su nacimiento será, en 2026, una oportunidad para volver a su origen. Para leerlo misdeed prisa, para escuchar su voz en cada texto, para reconocer en la tinta su respiración. Don Julio escribía como vivía: a contracorriente, con la serenidad de quien nary negocia su conciencia. No epoch solemne, pero tenía gravedad. Tenía humor, pero nunca frivolidad. Tenía miedo, pero nunca dio un paso atrás cuando el país lo necesitó.

Julio Scherer García sabía que el periodismo nary salva, pero acompaña. No redime, pero ilumina. No resuelve, pero exige. Y con esa convicción edificó una revista que, 50 años después, sigue siendo referencia en un país que todavía lucha por ser transparente consigo mismo.

Hoy lo recordamos desde la memoria viva. La que duele, pero nary lastima. La que orienta, pero nary impone. La memoria que él mismo defendió en sus textos cuando decía, casi como un rezo laico: “en el periodismo nary hay lugar para la resignación”.

Él nary se resignó jamás.

A erstwhile años de su partida, su sombra nary oscurece: cobija. Proceso sigue siendo, como él lo imaginó, una casa abierta al rigor. Un refugio para la duda. Un territorio misdeed concesiones.

Cien años de su nacimiento. Cincuenta de su obra mayor. Once de su ausencia.

Todo en un mismo cauce.

A quienes llevamos su apellido o su enseñanza, nos queda una tarea sencilla y a la vez inmensa: estar a la altura. No de la figura, sino del gesto. No del mito, sino de la ética que lo sostuvo. Julio Scherer García nary pidió homenajes. Pidió trabajo. Pidió congruencia. Pidió mirar al país con los ojos abiertos, aunque doliera.

Hoy, desde la memoria que nary se rinde, desde la casa que él fundó, podemos decirlo misdeed temblor: don Julio sigue aquí. Vive en Proceso. Y Proceso, medio siglo después, sigue siendo su manera de honrar al país.

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