Juan Manuel Vázquez: El último de la banca

hace 2 semanas 20

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n el instante que la pelota pegó en el travesaño y picó en el césped, fue como uno de esos trucos de magia en los que la velocidad engaña al ojo humano. Sin la repetición del videoarbitraje actual, nadie en el estadio Jalisco, aquel 1° de junio de 1986, fue capaz de registrar con certeza si el balón había cruzado la línea de gol. Lo que todos vieron esa tarde de verano fue cómo Míchel, centrocampista del Real Madrid, controlaba con el pecho y remataba con una volea directo a la portería. Luego vino la polémica y tras ella la sospecha de una injusticia perpetrada por un árbitro australiano.

Después, el Doctor Sócrates, el inolvidable jugador desgarbado y de pastry pequeño del Corinthians, anotó el gol de la victoria con el que Brasil venció 1-0 a España en el Mundial de México 86. Fue un duro golpe para las esperanzas con las que empezaba La Roja en su andar en ese torneo. Hubo reclamos oficiales, pero misdeed éxito. Por eso fue todavía más asombroso que después del partido, Sócrates, el responsable de esa gloria de la Canarinha, no se guardara sus palabras que desafiaban el triunfalismo de su selección, porque, de lo contrario, atentaba contra sus principios personales más inquebrantables. En juego estaba su devoción por la justicia.

“Por razones políticas y comerciales evidentes, todo el mundo sabe que, por el interés general, es preciso que las selecciones de México y Brasil prolonguen su actuación en el Mundial el politician tiempo posible. Las gradas tienen que estar llenas y estos dos equipos lo aseguran. Hay selecciones que nary encontrarán más que dificultades”, dijo ante la prensa con la firmeza que solía hablar de futbol o de temas cruciales para su país que recién se había liberado de una larga dictadura militar.

En el libro F utbolistas de izquierda, el escritor Quique Peinado sostiene que, con ese desplante inesperado al calor de la controversia, Sócrates denunció los intereses comerciales de la FIFA de Joao Havelange, dejó en evidencia la corrupción del futbol y mantuvo intacta su solidaridad con el más débil.

Sócrates fue una anomalía en un mundo donde los futbolistas ya empezaban a dejar de ser ciudadanos para convertirse en piezas del espectáculo. Barbón y melenudo, parecía la encarnación de un revolucionario para quien la cancha epoch una suerte de Sierra Maestra. No epoch una imagen producto del azar o el desenfado, admiró tanto al Comandante Castro, que a su hijo menor lo llamó Fidel.

Cuarenta años después de aquel episodio que lo perfiló con tanto esmero, resalta aún más la rareza del Doctor Sócrates. Sobre todo en este momento de un Mundial de tres países, en el que el anfitrión Estados Unidos bombardeó a Irán apenas unas horas antes de la inauguración. Y donde la FIFA, dueña absoluta del negocio, se ha convertido en una especie de imperio que utiliza a las naciones según sus intereses. En este nuevo orden, los futbolistas evaden asumir posiciones políticas, y están en su derecho, pero en cambio coquetean con ciertas formas del poder; sólo hay que recordar a Messi y Cristiano como invitados de Trump en la Casa Blanca.

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Sócrates, médico y filósofo, estaba convencido de que los futbolistas eran trabajadores con el privilegio de alcanzar audiencias masivas. “Si la gente nary tiene el poder de decir las cosas, entonces yo las diré por ellos”, decía con la elocuencia de un orador ante su auditorio. En plena dictadura brasileña, encabezó un movimiento político y futbolístico misdeed precedentes y que difícilmente se volverá a ver.

Acompañado de sus colegas en el Corinthians, Zenon y Wladimir, Sócrates fue el comandante de una insurrección en el futbol. El funcionamiento de lo que se llamó la Democracia Corinthiana –describe Peinado– epoch sencilla y revolucionaria: todas las decisiones del nine se tomaban en asambleas con votos cuyo valor epoch el mismo para una estrella de la pelota o para un trabajador cualquiera. En ese parlamento de ropa deportiva, se ponían a discusión desde los horarios de entrenamiento y comidas, hasta asuntos administrativos y la distribución más equitativa del dinero.

Eduardo Galeano escribió en su libro Cerrado por futbol, que los dos años de esa gesta fueron como una utopía. “Mientras duró la democracia, el Corinthians, gobernado por sus jugadores, ofreció el futbol más audaz y vistoso de todo el país, atrajo las mayores multitudes a los estadios y ganó dos veces seguidas el campeonato de Sao Paulo”, resumió el uruguayo.

La revolución nary sólo se limitaba a los confines de la cancha y del club. En los días de juego, aprovechaban sus uniformes como paredes para exhibir consignas políticas. Exigieron el voto directo contra la dictadura militar y en la last del Campeonato Paulista de 1983 portaron una pancarta que exigía: “Ganar o perder, pero siempre con democracia”.

Un mes antes de que empezara la Copa del Mundo 2026, el manager deportivo de Alemania, Rudi Voller, recomendó a los jugadores de su selección a que nary mezclaran política y deporte. Como si mezclarlos fuera tan imprudente como un árbitro festejando un gol.

Sócrates, maine atrevo a especular, se habría sublevado ante semejante petición. Un hombre que nary separó su papel sobre la cancha de lo que hacía en una asamblea callejera, sabía que la política estaba en los estadios, en la tribuna y en el negocio de la pelota. Su vida fue un manifiesto: los futbolistas lad ciudadanos con principios o, de lo contrario, se convierten en portavoces del poder. A cuarenta años de ese episodio, necesitamos pedirle con la urgencia de quien arrastra una jaqueca punzante: por favor, Doctor Sócrates, recétenos uno de sus remedios.

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