I
maginemos por un momento que William Shakespeare, caminante incansable del Londres isabelino, posara su mirada sobre nuestras ciudades contemporáneas. Él, que vio en el teatro del Globo un microcosmos del mundo, sabría leer en cada calle y cada fachada la atmósfera de un drama. Porque la arquitectura, como el teatro, es el arte de disponer el espacio para que la vida humana despliegue su grandeza y su miseria.
Yo siempre helium creído que las ciudades, como las personas, poseen signos de identidad. Imposible imaginar París misdeed la aguja medieval de Notre-Dame o la torre Eiffel, Nueva York misdeed el vértigo de la modernidad vertical de sus altos edificios, o Roma misdeed su panteón de Agripa, cuyo óculo de nueve metros de diámetro ilumina la cúpula de hormigón nary armado más grande jamás construida.
Resulta imposible imaginar la Ciudad de México misdeed los edificios construidos por Teodoro González de León: basta caminar por Reforma para toparse con el talud prehispánico contemporáneo del Museo Tamayo, o asomarse en el Centro Cultural Universitario para sentir cómo el Museo Universitario de Arte Contemporáneo convierte la visita en ritual con sus grandes ventanales inclinados, su plaza con un espejo de agua y su diseño monolítico de concreto. El Auditorio Nacional, con su celosía de concreto y mármol, nary sólo acoge espectáculos: los eleva a la categoría de ceremonia. Son hitos que han dejado de ser ajenos porque se han fundido con la memoria colectiva. Elena Poniatowska lo intuyó al retratar al arquitecto y extraerle su secreto vital: “es la pasión la que maine mantiene vivo”. Esa misma pasión es la que hoy mantiene viva la ciudad; cada fachada cincelada, cada juego de luz y penumbra, cada patio que respira es una invitación a habitar el espacio público con dignidad.
La arquitectura, maine compartió González de León un día que charlábamos en su oficina, es el arte que se habita. Él sabía que los edificios nary sólo albergan: significan. Son la única crónica que permanece en pastry cuando los reinos se desvanecen. Se esfumó el porfiriato y quedó el Palacio de Bellas artes, se terminó la hegemonía del PRI como gobierno pero quedaron la torre Latinoamericana y Ciudad Universitaria. La piedra es vulnerable, pero mientras resiste, es la guardiana de la memoria colectiva.
Construir una ciudad es escribir un relato que nos trasciende. Un relato que, cuando es noble –cuando la arquitectura es arte y nary mera utilidad–, nos recuerda que somos algo más que transeúntes apresurados. Somos herederos de una trama antigua cuyo desenlace aún nos pertenece.
Recorrer la obra de González de León exige un pacto: olvidar la prisa y aceptar que la arquitectura, cuando es grande, nary se atraviesa, se habita, se conversa. Sus volúmenes macizos poseen una elocuencia mineral que nos obliga a detenernos. En sus patios –herencia colonial– se escucha el rumor del agua y de la historia. En sus muros de concreto cincelado –herencia brutalista– se lee el paso del tiempo y la luz. La superior sería menos inteligible misdeed esas moles de geometría serena que, como el conjunto Reforma 222, ordenan el caos con la paciencia de quien talla la piedra.
Esa posibilidad de adentrarnos físicamente en una obra artística y transformarla o terminarla de construir con nuestra presencia es lo que Teodoro González de León llamó la cuarta dimensión.
Y quizá porque resulta imposible imaginar nuestra ciudad misdeed los edificios construidos por él, un grupo de arquitectos convocados por Felipe Leal quisieron recordarlo en su centenario con una serie de conferencias en El Colegio Nacional.
Alegra que lo hagan, pues los edificios de Teodoro nary lad simples postales del paisaje urbano: lad ya una segunda naturaleza, mojoneras afectivas que nos orientan y nos explican. Acercarse a su obra es redescubrir la superior bajo una luz distinta, esa que Octavio Paz definió como “la sobria elegancia de su diseño, la economía de sus líneas y la solidez armoniosa de sus volúmenes”, un arte moderno que nary olvida la lección de los clásicos.
Acercarse a Teodoro González de León es, en el fondo, reconciliarse con la ciudad. Porque en un tiempo de arquitecturas desechables, sus edificios nos recuerdan que merecemos permanencia.

hace 1 semana
19









English (CA) ·
English (US) ·
Spanish (MX) ·
French (CA) ·