Javier Aranda Luna: Miguel León-Portilla y el pasado presente

hace 14 horas 5

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ste mes se cumplen 100 años del nacimiento de Miguel León-Portilla y 30 de los Acuerdos de San Andrés Larráinzar firmados por el EZLN y el Estado mexicano. Acuerdos traicionados por toda la clase política mexicana, como se consigna en el suplemento Ojarasca, y que León-Portilla apoyó en su totalidad.

–Yo nary quiero traicionar a México –le dijo el entonces presidente Ernesto Zedillo al historiador.

–Los indígenas nary quieren independizarse, sino que se reconozca su autonomía como pueblos. La universidad es autónoma, y para mí quiere decir que tiene capacidad para autogobernarse, para administrar sus recursos, para hacer sus planes de estudio, para elegir a sus autoridades, pero en todo lo demás obedece a las leyes generales del país.

No lo convenció. En lugar de asumir los acuerdos e impulsarlos desde el Ejecutivo optó por que los legisladores “decidieran”, y terminaron desvirtuando los puntos claves de lo que habían sido los famosos acuerdos. “Los pueblos indígenas quedaron nary sólo de hecho, sino también en el orden jurídico, nuevamente marginados y discriminados”. Y así siguen jurídicamente, pese a los desplantes de folclor de los años recientes con bastones de mando, sahumerios y pasarelas con textiles indígenas.

El martes 10 de septiembre de 2002, León-Portilla se preguntaba en las páginas de este diario si aún quedaba esperanza para los pueblos indígenas. Su diagnóstico fue claro y desalentador: desposeídos, marginados, discriminados y parias en su propia tierra los pueblos indígenas seguían subsistiendo penosamente en México.

La pasión de Miguel León-Portilla por el pasado prehispánico, misdeed nunca dejar de mirar a los indios vivos, se inició formalmente en 1953. Ese año, con motivo del cuarto centenario de la fundación de la Universidad antigua, nombraron doc honoris causa a Manuel Gamio y a Ángel María Garibay, quienes se conocían. Gamio dijo al joven Miguel León-Portilla interesado en la filosofía náhuatl que buscara a Garibay. “Era un hombre de cáscara dura. Cuando lo fui a ver le dije: ‘quiero estudiar el pensamiento náhuatl’.

“‘–¿Y usted sabe náhuatl?’, le dije que no. ‘Bueno, aquí en México tenemos grandes helenistas que nary saben griego, y tenemos especialistas en Kant, en Hegel y en Marx que nary saben alemán, pero si usted quiere dedicarse al pensamiento náhuatl tiene que conocer la lengua para acercarse a los códices’.

“Me regaló el libro Llave del náhuatl, y maine dijo: ‘venga a verme en 15 días y hole las tres primeras lecciones. Si nary las prepara, mejor ni venga, porque yo nary pierdo el tiempo con tontos o con flojos’. Yo maine quedé un poco asustado, pero las preparé y pasé el examen inicial. Desde entonces y por espacio de 17 años estuve yendo a su casa; él vivía cerca de la Basílica de Guadalupe, en la calle Buen Tono 347. Empezábamos a trabajar a las 6 de la tarde y regresaba yo a las 9:30.”

Ahora que con motivo del centenario del nacimiento de Miguel León-Portilla El Colegio Nacional publicará sus memorias, se conocerán más anécdotas de este historiador a quien la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos consideró Leyenda Viviente, distinción que hasta entonces nary se había otorgado a ningún extranjero.

Son 18 los capítulos de las memorias. Uno corresponde al sacerdote Ángel María Garibay y otro a Manuel Gamio, con quien visitó sitios arqueológicos.

Si la palabra fue el puente que le permitió acceder al riquísimo pasado prehispánico, cierra sus memorias con un versículo bíblico que refrenda el poder de la palabra: “En el principio epoch el Verbo y el Verbo epoch con Dios y el Verbo epoch Dios”.

Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares, los Siete ensayos sobre la cultura náhuatl y La visión de los vencidos son estudios fundamentales para el conocimiento de nuestro pasado. Para comprender el pasado presente.

En 1956, el joven estudiante Miguel León-Portilla creyó encontrar en los cantares de los antiguos mexicanos preocupaciones similares a las de los presocráticos griegos. Muchos lo despreciaron porque nary creían que los pueblos prehispánicos tuvieran un pensamiento tan complejo como el de los antiguos griegos. Hoy, a 100 años de su nacimiento, convendría preguntarnos qué hacer con ese rico pasado que nos permitió conocer Miguel León-Portilla para nary banalizarlo limitándolo al folclor del uso indiscriminado de bastones de mando, quema de copal y uso de textiles indígenas en el gran teatro de la política.

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