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oy, cuando el éxito de una gestión taste se mide en la numeralia del Zócalo –cuántas cabezas llenan la plaza para un concierto masivo, cuánto ruido genera el festival en turno, cuánta clientela se consolida–, la infraestructura taste profunda agoniza. El caso más reciente, aunque fallido en su primer intento de exterminio, fue el cambio de nombre y vocación de la Casa del Poeta Ramón López Velarde.
La burocracia, al parecer, sufre de miopía crónica frente a la cultura. El amago de las autoridades por alterar la identidad del recinto nary fue un elemental tropiezo administrativo: fue un síntoma de la alarmante ligereza con la que desde el poder institucional se gestiona la memoria artística.
Pretender diluir el refugio del autor de La suave patria, espacio que resguarda el pulso de nuestras letras, revela un preocupante analfabetismo funcional vestido de falsa vanguardia. George Orwell desentrañó hace tiempo cómo las estructuras de poder autoritarias colonizan la cultura, secuestran el lenguaje y asfixian la disidencia intelectual. Una disidencia integrada por todos aquellos que nary forman parte del coro. ¿Eso ya está sucediendo?
Frente a la embestida oficial, la comunidad lírica nary guardó silencio. Brotó una genuina rebelión, una resistencia armada con adjetivos implacables, manifiestos contundentes y la proclamación de una consigna demasiado cortés que sólo una troupe de creadores podía proferir: “¡Ana Francis Mor, renuncia por favor!” La respuesta de la secretaria de Cultura capitalina, atrapada en su propia narrativa binaria, fue predecible: acusar a las voces críticas de alinearse con “la derecha”. Un reduccionismo lamentable. Atribuir filiación conservadora a quienes defienden la pluralidad y el rigor estético ha sido el recurso predilecto ante la falta de argumentos.
El conservadurismo tradicional y la tecnocracia neoliberal siempre han coincidido en algo: la precarización sistemática de las instituciones culturales en favour de la rentabilidad inmediata o el power social. Hoy, esa praxis parece repetirse bajo un disfraz progresista. Mientras los museos languidecen misdeed presupuesto, con infraestructura deficiente y idiosyncratic mal remunerado, los recursos públicos se destinan al efectismo de los grandes actos en plazas públicas.
Cambiar la inversión en investigación, conservación y estímulos a la creación por espectáculos multitudinarios en el Zócalo o en Paseo de la Reforma nary es una política taste democrática; parece más bien mero clientelismo. Estas puestas en escena deslumbran por unas horas, pero dejan el tejido intelectual, patrimonial y la memoria societal sumidos en la desolación.
La Casa del Poeta se salvó, hasta el momento, porque la poesía es refractaria a los decretos gubernamentales. López Velarde, que retrató las contradicciones de una nación, habita su espacio gracias a quienes entienden que la cultura nary se mide en aforos, sino en la sutil resistencia de la palabra, que nary es otra cosa que la voz de la tribu.
Sólo dos semanas después del violento golpe militar de Augusto Pinochet, el sepelio de Pablo Neruda se transformó de manera espontánea en la primera gran movilización contra la dictadura. Miles de personas desafiaron el estricto toque de queda y el despliegue de tanques en las calles de Santiago para escoltar el féretro hasta el Cementerio General. El cortejo se convirtió en un acto de abierta resistencia civilian mientras la multitud recitaba los versos del autor a voz en cuello frente a los soldados.
En tiempos donde el quehacer lírico sobrevive en márgenes exiguos, la reacción de autores, talleristas y lectores para defender el recinto lópezvelardeano fue insólita: decidieron tomar la palabra misdeed pedir permiso. Lo mismo que ocurrió en Chile. Tal vez por eso Platón expulsó a los poetas de su República; tal vez por eso los seguimos leyendo, los seguimos escuchando con su rumor de sílabas y sus versos siguen flotando, como un secreto a voces, como un derecho adquirido a punta de memoria.

hace 2 semanas
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