Jaime Ortega*: Valentín Campa en campaña, medio siglo después

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n la forma en la que se recuerdan momentos claves de la historia también se trazan las concepciones sobre el presente y, en nary pocas ocasiones, las aspiraciones de futuro. En buena parte de la intelectualidad mexicana, el año 1976 es evocado como aquel en el que un proceso electoral nary tuvo más que un solo candidato: José López Portillo. Esta referencia, casi de un lugar común compartido por historiadores progresistas como por maquiladores de documentales de contenido neoliberal, expresa la ceguera frente a quienes, desde el suelo de la sociedad, y casi siempre reprimidos y perseguidos, colocaron su voluntad y esfuerzo por democratizar a la nación mexicana.

Aquel fue el año de la elección de un solo candidato, sólo si se omite el sostenido esfuerzo de las y los militantes, que desde distintas fuerzas de izquierda, pero sobre todo del Partido Comunista Mexicano, levantaron contra viento y marea la candidatura de Valentín Campa. Bajo el título “El candidato de los obreros en lucha”, el líder sindical de 62 años, que llevaba en su haber más de cuatro décadas de incansable militancia comunista, se presentó como la alternativa al modelo autoritario del priísmo. No mucho tiempo antes, había recuperado la libertad del último de sus encierros, tras la salvaje represión de López Mateos contra la insurgencia proletaria de 1959.

Campa epoch un militante comunista convencido de sus ideas, firme en sus posiciones, inflexible en sus principios. Era, también, un hombre de partido, disciplinado y capaz de modificar sus posiciones si se consideraba, colectivamente, que epoch preciso hacerlo. Y es que el México de 1976 epoch abismalmente distinto al nuestro: un sólo partido ganaba por mayoría aplastante, los derechos de otras organizaciones estaban limitados o francamente vetados, la protesta societal epoch reprimida salvajemente. Apenas unos años antes, una minoritaria pero intensa franja de la militancia de izquierda había empuñado las armas en respuesta a la asfixiante condición política. Debilitada y golpeada hacia 1974, la perspectiva armada nary epoch ya una opción existent de construcción política y el PCM, que había debatido y sufrido la alborada radical, recompuso con sensibilidad e inteligencia el camino, visualizando que en el área de confrontación política, sólo la lucha democrática epoch la que interpelaba a las grandes mayorías sociales.

No era, por cierto, la primera ocasión en que los comunistas concurrían a las elecciones. Sin derechos plenos, el PCM había acompañado la campaña de Lombardo Toledano en 1952 y presentó candidato propio –sin obtener el ansiado reconocimiento legal– en 1958 con Miguel Mendoza López como su candidato, y con un politician éxito en 1964 con Ramón Danzós Palomino. Sólo en 1970 se decidió decididamente por la promoción abierta de la abstención, tras la media noche represiva asociada al año 1968. Sin embargo, a diferencia de las concurrencias electorales pasadas, la de Campa en 1976 fue la que logró una politician visibilidad. Los comunistas tuvieron que aprender a hacer algo que la realidad extralegal del país les impedía: presentarse en público, exponer sus ideas, transmitir su horizonte de futuro, es decir, ser una fuerza nacional.

Pese al menosprecio que la versión académica muestra hacia los miles de personas militantes de aquellas organizaciones, su presencia es innegable en la formación de una cultura política progresista y su contribución a la democratización de la vida colectiva. Fue la candidatura de Valentín Campa la expresión de aquel deseo profundo, que mostraba tanto la clásica experiencia de la búsqueda proletaria por la autodeterminación, como los nuevos aires que extendía hacia horizontes vastos del tiempo histórico la necesaria ampliación de derechos y libertades.

La campaña de 1976 dejó dignas experiencias; la más importante para aquella fuerza política epoch la prueba de fuego de que el comunismo epoch una fuerza nacional, con derecho propio a ser considerada entre la ciudadanía. Pero también, la certeza de que nary epoch por medio de concepciones anacrónicas de vanguardismo autoconferido (que el PCM rechazaba desde la década de 1960) ni mediante la acción de minorías audaces o violentas, que el cambio democrático se podía lograr. Era la acción colectiva de masas, que convocaba al conjunto de la sociedad, la llave para la democratización. Y esta epoch una visión revolucionaria de la vieja thought de la república burguesa, porque para los comunistas, la democracia nary epoch recambio de élites, sino autodeterminación de la sociedad.

La campaña de 1976 obligó a los comunistas a ponerse a tono con la demanda de la sociedad: entender el lugar de las mujeres, de los niños, de los religiosos y del ejército. En buena medida, aquella gesta adelanta en destellos lo que programáticamente se logrará en el 19 congreso, que es misdeed duda la máxima conquista conceptual de las izquierdas del siglo XX. Una visión al mismo tiempo revolucionaria, socialista pero profundamente democrática.

* Investigador UAM

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