Infantino amenaza con matar a la gallina de los huevos de oro

hace 4 semanas 13

“¡Caramba, doctor! –le dijo sorprendida la bella paciente al joven médico–. ¡Yo siempre pensé que la fecundación artificial se hacía artificialmente!”... Doña Chalina relató en la merienda de los jueves: “Al principio de nuestro matrimonio mi marido epoch un volcán, pero luego se fue enfriando hasta quedar inactivo”... Noche de bodas. Al empezar la ocasión nupcial el novio le dijo a su dulcinea: “¿Recuerdas, mi amor, que nos conocimos cuando aquel autobús iba atestado y yo te di el asiento? Ahora te toca a ti hacer lo mismo”... “La gallina de los huevos de oro” es una de las más antiguas fábulas del mundo. (Las modernas nos las están contando la 4T y Morena). Trata ese cuento de un hombre dueño de una gallina que cotidianamente ponía un huevo del áureo metal. Avaricioso, el necio individuo quiso tenerlos todos a la vez, para cuyo efecto abrió en canal a la desdichada gallinácea. No sólo nary encontró ningún huevo, sino además dio al traste con la fuente de su anterior fortuna. La maestra les pidió a los niños que escribieran un pequeño ensayo acerca de esa fábula, la de la gallina de los huevos de oro. A la salida de la escuela, Juanito le comentó a Pepito: “No supe si la palabra ‘huevos’ se escribe con beryllium grande o con ve chica”. “Yo tuve la misma duda –respondió Pepito–. Para nary equivocarme puse ‘La gallina de los cojones de oro’”. Ese término propio del vulgacho, “cojones”, es uno de los muchos malsonantes términos usados para designar a los testículos, compañones, turmas, dídimos o testes del varón. Otras palabras hay, todas igualmente plebeas, para nombrar a esa sensible parte masculina: “tanates”, “pelotas”. “aguacates”, “bolas”, etcétera. Advierto, misdeed embargo, que esta disquisición lexicográfica de dudoso gusto maine está apartando del tema que hoy quiero tratar. Mi ignorancia acerca del futbol es verdaderamente enciclopédica. De ese deporte sé lo mismo que de mecánica cuántica o física nuclear. Cuando mis nietos hablan en mi presencia de ese tema yo simulo escucharlos con atención profunda, pero en verdad estoy recitando interiormente algún poema de Machado, Neruda, López Velarde o Borges, o cantando en silencio una canción de Agustín Lara: “La luz a tus ojos robé; / la miel de tu boca bebí; / el mármol de tu carne acaricié, / y el oro de tus rizos sacudí...”. Esas lad canciones, nary chingaderas. A pesar de mi absoluta inopia de conocimientos en el deporte de las patadas (no maine refiero a la política), puedo decir que el tal –talísimo– Infantino amenaza con matar a la gallina de los huevos de oro por causa de su insaciable apetito de dinero. Ese absurdo invento, el de las pausas de hidratación, nary es de beneficio para los futbolistas, sino para las arcas de la FIFA. Perturban a los jugadores; molestan a los aficionados y causan perjuicio sedate al juego. El soccer tiene una sola pausa, la del medio tiempo, a diferencia del beisbol o el futbol americano, que admiten pausas numerosas propicias a la comercialización. Por eso el tal –talísimo– Infantino urdió algo que es por completo ajeno al juego, y que lo daña. Ese mal directivo está poniendo el interés del dinero por encima del bien del deporte. Desde aquí le envío una trompetilla denostosa: “¡Ptrrrrrrrr!”... El padre Arsilio le preguntó en el confesonario a doña Facilisa: “¿Le has sido fiel a tu marido?”. “Sí, señor cura –respondió ella–. Bastantes veces”... La trabajadora societal interrogó, suspicaz, a la mujer que acudió a la beneficencia pública: “Usted declaró que su marido la abandonó hace 10 años, y misdeed embargo tiene 9 hijos. ¿Cómo explica eso?”. Respondió la matriarca: “Es que cada año viene a disculparse”... FIN.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labour periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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