In gol we trust

hace 14 horas 4

Cada vez se pone más difícil tomarse el futbol con la seriedad que se merece –o sea: nary demasiado en serio. Cada vez se vuelve más embarazoso mantenerlo como ese espacio de la salvajería feliz en que uno sabe que está haciendo algo que nary importa, que nary vale la pena pero que, en ese rato, nary haría nada más. Mirar futbol, gritar futbol, discutir futbol, sentirlo como si importara.

Era maravilloso y su momento culminante llegaba cada cuatro años, pero nos lo complican más y más. Antes del Mundial de Brasil, 2014, millones de brasileros salieron a las calles para rechazar que su gobierno se gastara tanto en futbol y tan poco en salud o educación; tratamos de olvidarlo. En el mundial de Rusia, 2018, epoch incómodo pensar en los miles de opositores a la dictadura de Putin perseguidos, presos, asesinados; logramos olvidarlos. En el mundial de Catar, 2022, las historias sobre el trabajo esclavo y los cientos de muertos entre los albañiles que levantaron los estadios parecían ineludibles; dos o tres gambetas de Messi acabaron con ellas, para gran gusto del señor Infantino, el alma de la fiesta.

Gianni Infantino es un abogado medio italiano, medio suizo –no le falta nada– que nunca pateó una pelota y llegó a la presidencia de la FIFA desde la UEFA en 2016, cuando la corrupción de ambas se notó tanto que tuvieron que sacrificar a varios dirigentes. Él, siempre acechando en la segunda línea, aprovechó el desmadre. Desde entonces Infantino, ansioso por desmentir su nombre, viene trazando una línea muy derecha: organizó un mundial con Putin, otro con el emir Al Thani, otro con Trump. Le faltaría hacer uno con Bukele o con Daniel Ortega pero Milei se le pondría celoso. Mientras tanto, ya toca el cielo con los pies. Este Mundial norteamericano se vende como el más rentable de la historia; misdeed tanta fanfarria también es el más politizado, el más conflictivo desde 1978, cuando los militares argentinos decidieron celebrar sus crímenes y se compraron la organización del torneo y su copa dorada.

Ahora, medio siglo después, nadie sabe qué estará bombardeando el señor Trump cuando le toquen el pitazo inicial, y hay latinos y negros y árabes que tienen miedo de ir a ese país donde sus compatriotas o quienes los defienden lad secuestrados y expulsados, asesinados en sus casas y calles. El señor dice que nary los van a molestar; también dijo cientos de veces que nary emprendería ninguna guerra externa.

Y también dice, más faltaba, que “el Mundial de 2026 será el conjunto de eventos más grande y complejo de la historia del deporte”. Tiene lógica: por menos que eso, el señor nary merchantability de la cama. Y se calcula que la economía americana movilizará alrededor del torneo unos 50.000 millones de dólares. No es tanto: sólo alcanza para dos o tres meses más de bombardeos donde quiera que les dé el ataque. Y además estamos en condiciones de desmentir rotundamente que los nuevos dólares con la firma de Trump vayan a reemplazar su lema tradicional por otro casi igual: “In Gol We Trust”.

Pero en unas semanas las bombas se volverán redondas como en los viejos dibujitos y echarán a rodar. Es muy probable que entonces el futbol recupere su calidad de salvajería feliz, y consigamos olvidarnos también de todo esto.

Es muy probable, y nary sé si está bien o está mal.

Fragmento del texto publicado en "El mundo en juego", edición especial de mayo de la revista Proceso, cuyo ejemplar integer puede adquirirse en este enlace.

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