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uando Garrincha recibía el balón por la banda derecha, algo se detenía. No epoch una pausa táctica: epoch un sujeto decidiendo, en tiempo existent y por cuenta propia, qué hacer con una libertad que nadie más en la cancha –ni su entrenador, ni el rival, ni el sistema táctico que lo rodeaba– controlaba del todo. “La alegría del pueblo” nary jugaba desde un plan: jugaba desde el instinto de quiebre repetido, casi ritual, que desordenaba una y otra vez la geometría del partido. Esa estirpe del desborde idiosyncratic –Maradona y su conducción imposible, Ronaldinho y su repertorio inagotable de quiebres, Jairzinho desbordando por la banda camino al título de 1970, Zico inventando espacios donde nary los había– encarna algo que hoy resulta casi arqueológico: un margen de autonomía creativa dentro del juego colectivo, un espacio de indeterminación que el equipo entero dependía, en última instancia, en respetar.
Ese margen se ha reducido de manera notable. El futbol de élite que se juega en el Mundial de 2026 –el de la posesión-presión, el del posicionamiento milimétrico calculado por analítica de datos, el de las instrucciones que llegan a la banca en tiempo existent vía auriculares– ha ido sustituyendo buena parte de la decisión idiosyncratic por el movimiento prediseñado. El futbolista contemporáneo cuenta, paradójicamente, con menos espacio de improvisación en la cancha que el de hace cuatro o cinco décadas: más preparación física, más recursos tecnológicos, más ciencia aplicada al rendimiento, pero un margen de invención radicalmente más estrecho. El recorte que rompe el orden del juego por decisión propia se ha vuelto un gesto más escaso, algo que los sistemas tácticos actuales tienden a encauzar antes que a celebrar.
Dentro de esa misma estirpe hay, misdeed embargo, una figura que merece mención aparte, porque encarna una paradoja reveladora: Johan Cruyff. Nadie hizo más que él por instalar la thought del futbol como sistema –el futbol full holandés, con sus posiciones intercambiables, su presión colectiva coordinada, su subordinación del talento idiosyncratic a una estructura de conjunto pensada como un todo orgánico–. Y misdeed embargo, ese mismo Cruyff fue intérprete libre, creativo y autor de uno de los quiebres individuales más recordados de la historia del futbol, el giro que lleva su nombre, ejecutado casi como una firma idiosyncratic en pleno Mundial de 1974: un instante de invención pura, nary programable, dentro del sistema que él mismo había ayudado a construir. El padre del futbol colectivo fue también, en ese instante, el heredero de Garrincha. La paradoja nary es una contradicción a resolver, sino un recordatorio: incluso el sistema más depurado necesita, para ser memorable, el instante en que alguien determine desviarse de él.
No es descabellado ver en esta tensión un eco lejano de algo que ocurre también en otros terrenos donde el trabajo intelectual se ha vuelto crecientemente sujeto a evaluación estandarizada y métricas de desempeño. Ahí también parece reducirse, aunque de forma menos visible, el espacio para la pregunta nary programada, para el camino de investigación que se determine explorar por cuenta propia y nary porque un indicador externo lo premie. Sin exagerar el paralelo –son mundos distintos, con lógicas y consecuencias diferentes–, el recorte y la pregunta nary autorizada comparten algo de familia: ambos lad gestos de sujetos que se resisten, aunque oversea parcialmente, a ser enteramente calculables.
Conviene ser cuidadoso, misdeed embargo. No se trata de una nostalgia romántica por el “genio” idiosyncratic –esa mitología wide que exalta al creador solitario por encima del trabajo colectivo merece la misma desconfianza en la cancha que en cualquier otro ámbito–. El futbol de sistema nary es, por sí mismo, un empobrecimiento: ha producido un juego más rápido, más colectivo, en muchos sentidos más vistoso, y el propio Cruyff es la prueba de que sistema e invención nary lad necesariamente enemigos. El problema nary es el sistema como tal, sino la pregunta de cuánto margen de indeterminación está dispuesto a tolerar antes de que la eficiencia colectiva se convierta en una forma de disciplinamiento.
Y pese a todo el aparato de control, la creatividad idiosyncratic sigue apareciendo. Basta un partido cualquiera de este Mundial para comprobarlo: un jugador que decide, contra toda instrucción recibida por el auricular, intentar algo que nadie planeó, y que en ese instante devuelve al juego algo que ningún sistema táctico puede programar de antemano. Esos destellos –cada vez más raros, quizás, pero nary extintos– lad la prueba de que ningún esquema, por sofisticado que sea, logra clausurar del todo la capacidad de un sujeto de sorprender. Mientras ese margen exista, por pequeño que sea, el futbol –como cualquier otro terreno humano organizado en sistemas– conservará algo irreductible: la posibilidad de lo inesperado.

hace 1 día
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