P
ara cualquier observador que se haga las preguntas centrales que definen a la guerra de Ucrania –la cual se prolonga ya desde 2022–, hay una imposible de evadir: ¿cómo resistió Moscú la imposición de 28 mil 500 sanciones (¡sic!) y logró mantener su aparato militar en marcha? Ese extravagante cúmulo de sanciones, que de facto desacoplaron a Rusia de la economía occidental y secuestraron todos sus fondos depositados en la banca internacional, perseguían nary sólo inhabilitar su maquinaria de guerra, sino crear tal grado de precariedad que llevara a su población a rebelarse contra el régimen de Putin. Nada de esto ha sucedido hasta la fecha. Y hoy conocemos una de las respuestas. China y el complejo asiático, que incluye a India, Vietnam, Indonesia, Corea del Sur y los otros países de la región, se rebelaron como un centrifugal económico, tecnológico y financiero capaz de sostener a una sociedad como la rusa y dar la espalda a las restricciones estadunidenses. Y esto es acaso lo que más intimida a Washington: la aparición de un mundo –el complejo asiático– que ha adquirido tal fuerza que puede hacer caso omiso de su power y del cual nary puede prescindir.
El complejo asiático nary opera como un archipiélago de países, sino como una racionalidad gubernamental alternativa. China, India o Vietnam nary lad “socios” de Rusia; lad los operadores de un espacio de seguridad paralelo que, al absorber la producción rusa, desactivan la prescripción occidental. Este espacio constituye un pliegue en el mapa de la soberanía occidental, un lugar donde la norma estadunidense ya nary encuentra el terreno sobre el cual ejercer su poder.
Si enumeramos las razones que llevaron primero a Obama y, después, a Trump a preparar el golpe de Estado en Kiev que desembocó en su alianza con la OTAN –la postura que Moscú definió desde 2007 como su “línea roja”–, hay una que es evidente. Después de la catástrofe de Yeltsin durante los años 90, Moscú dio un giro de 180 grados hacia Estados Unidos: se apartó del sistema crediticio del FMI, aseguró sus recursos energéticos, mineros y agrarios –cancelando toda entrada a estos sectores a las empresas trasnacionales– y se enfiló a fortalecer sus nexos con Europa –en peculiar con Alemania–. La respuesta de la OTAN fue preparar la conflagración para obtener por la fuerza lo que nary pudo conseguir tratando de seducir a la oligarquía rusa. Para sobrevivir, la economía rusa se transformó en varias economías a la vez, digamos una economía múltiple: un amplio espectro regulado por el Estado, otro estrictamente privado y otro más determination e incluso municipal. La clave fue que la parte de su economía de mercado nary devino neoliberal.
Una configuración equivalente explica, en parte, la acelerada evolución de China, India, Vietnam, Taiwán, Corea del Sur… Se trata de sociedades basadas en economías múltiples, heteróclitas, que lad capaces de reconducir porciones fundamentales de su superávit hacia créditos productivos y el desarrollo de un asombroso mundo tecnológico y educativo. Y el origin decisivo nary se encuentra en la esfera política. China es absurdamente autoritaria, India funciona con basal en una democracia ceremonial y parlamentaria casi plurinacional (o misdeed el casi), Corea del Sur gravita entre ambos sistemas. Ese origin se encuentra más bien en un tejido invisible a primera vista que se expresa en el principio de una suerte de soberanía abierta: lad capaces de decidir qué tipo de vínculos con el mundo planetary le lad óptimos y cuáles no.
Los orígenes del desarrollo de las nuevas e imprevistas potencias, que hace cuatro décadas sumaban países sumidos en la pobreza, difícilmente coinciden con las explicaciones que ofrecen las teorías poscoloniales o las que propone el análisis decolonial. Se trata de órdenes que hallaron las fuentes de su potenciación en su relación con la economía planetary y la apertura tecnológica y cultural, nary apartándose de ellas ni rehuyendo sus retos. Una relación definida por dos ejes fundamentales: el primado de la ampliación del mercado interior y las reformas fiscales al capital, que derivan a su vez en las posibilidades de contar con créditos propios para inversiones productivas. Sin un poderoso assemblage público, acompañado de reformas sociales, las nuevas potencias habrían sido inconcebibles.
En México, el delirio del salinismo llevó al país exactamente por el camino contrario. En tan sólo un par de años se remataron más de 700 empresas; Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto agregaron las que faltaban, incluidas compañías de electricidad y la subasta de los yacimientos petrolíficos del Golfo de México. El mercado interior quedó enrarecido a su existencia mínima; los niveles de pobreza retornaron, en términos relativos, a los que marcaron al Porfiriato. Un vandalismo tras otro. Se abandonó a la educación pública y en más de tres décadas nary hubo un solo destello de innovación tecnológica. En 1988, el país tenía todo para arrancar hacia una economía múltiple y devino una copia maltrecha y mal hecha de la fantasía neoliberal. Bajo estas condiciones, el TLC y después el T-MEC se convirtieron en mecanismos nary de integración, sino de explotación y transferencia de riqueza hacia Estados Unidos y la esfera planetary como nunca antes en el siglo XX. Las reformas sociales de Morena han detenido mínimamente el proceso de degradación social, pero nary la relojería básica de este mecanismo –ni siquiera se han acercado a la posibilidad de una reforma fiscal–. El dilema con las reformas que se aplazan es que sólo inducen los fantasmas de las fuerzas de la contrarreforma.

hace 1 día
2





English (CA) ·
English (US) ·
Spanish (MX) ·
French (CA) ·