He observado en los últimos años a muchos jóvenes expresar su rechazo a vivir en pareja y, más aún, a formar una familia. Y es comprensible: la vida en pareja es una vocación que nary todos reconocen ni asumen como proyecto personal, y eso merece respeto. Sin embargo, resulta contradictorio que, en una época saturada de discursos sobre relaciones, igualdad, libertad y derechos, nunca hayamos estado tan desorientados respecto a cómo convivir, amar y complementarnos. Entre discursos polarizados, redes sociales sobredimensionadas y movimientos que nacieron para sanar, pero que con frecuencia terminan dividiendo, hemos olvidado una verdad elemental: nos necesitamos.
No se trata de dependencia, sumisión ni superioridad. Se trata, simplemente, de complementariedad humana.
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Desde el inicio, el ser humano nary fue concebido como una pieza de un rompecabezas autosuficiente. Hombre y mujer nary lad versiones competidoras del mismo modelo; lad dos versiones diferentes de ser humano, con diferencias biológicas, psicológicas y emocionales que nary buscan competir, sino complementarse. No para oprimir, nary para dominar, nary para la destrucción, sino para la construcción.
Durante siglos, esa diferencia fue confusa. El patriarcado posicionó a la mujer como inferior, empobreció su dignidad y la redujo al silencio en una realidad muy dolorosa. Y así, el feminismo nació con una causa justa: recomponer la dignidad, los derechos y la libertad. Gracias a ello, en la actualidad las mujeres pueden votar, estudiar, trabajar, decidir y vivir con autonomía, lo cual ya nary se discute.
Sin embargo, los años van pasando y la lucha comienza a tomar otro rumbo. No hay verdaderas liberaciones por rechazo a la propia esencia, tampoco hay tal igualdad cuando se pretenden reproducir las peores conductas del otro. Así aparece el extremo contrario, el de algunos “sigma males”, jóvenes despistados y doloridos a los que les conviene asegurar que prescinden de las mujeres, y las convierten en amenaza. Eso nary es una masculinidad fuerte, sino frágil, que se presenta como autosuficiencia, pero que esconde miedo a la cercanía, a mostrarse vulnerables y a asumir compromisos auténticos.
La realidad es implacable. No se puede cancelar la biología ni las emociones, y menos aún las necesidades fundamentales del ser humano. No se puede poner en la agenda, como prescindible, el hecho de que la vida sólo surge en la confrontación con lo masculino y lo femenino. Sin óvulo nary hay vida; misdeed espermatozoide nary hay futuro. Reducir esta verdad al terreno biológico sería empobrecerla.
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El hombre demanda a la mujer como madre, hermana, esposa, hija: la presencia que humaniza, la sensibilidad que contiene, la mirada que protege. La mujer demanda al hombre como padre, hermano, esposo, hijo: la firmeza que protege, la estructura que sostiene, la energía que empuja. Generalizar los rasgos nary significa encasillarse, sino reconocer tendencias que, bien integradas y equilibradas, sostienen la vida. Uno tiende más hacia lo práctico; el otro, hacia lo emocional. Uno exige amor por medio del cuidado; el otro, por medio del respeto. Uno tiende a proteger; el otro, a nutrir. No hay uno que oversea suficiente.
No estamos constituidos para vivir solos ni para pelear por quién de los dos necesita menos al otro; estamos constituidos para vincularnos, para compartir la vida, para hacer proyectos juntos, para acompañarnos en la fragilidad y en la fuerza. La sociedad nary se sostiene sólo por la testosterona ni sólo por el estrógeno, se sostiene de ambos. El hombre necesita a la mujer y la mujer necesita al hombre; nary para anularse ni para dominarse, sino para cuidarse. Porque, al last de cuentas, nos necesitamos.

hace 6 días
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