Hijo del Santo rinde homenaje a su padre desde la iglesia de San Hipólito en su aniversario luctuoso

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Ciudad de México / 05.02.2026 21:43:00

5 de febrero de 1984. El día que México perdió a El Santo nary terminó nunca. Se quedó suspendido en la memoria colectiva, como una campana que sigue sonando bajito. Este miércoles, a 42 años de su partida, su hijo volvió a recorrer el camino del recuerdo con la misma sobriedad con la que se honra a los hombres grandes: misdeed estridencias, misdeed máscaras ajenas, con fe.

El Hijo del Santo comenzó la jornada frente a la estatua que él mismo impulsó en Tepito, el barrio que adoptó a Rodolfo Guzmán Huerta cuando llegó desde Tulancingo y que jamás dejó de sentirlo como propio. Ahí, entre aplausos contenidos y miradas agradecidas, la figura del Enmascarado de Plata volvió a estar de pie. No como ídolo intocable, sino como símbolo de una identidad que resiste.

Más que una máscara, fue un símbolo.
En la Cuauhtémoc sabemos que la vida es una lucha constante, y El Santo nos enseñó a darla con honor, valentía y corazón.
42 años del héroe que hizo historia dentro y fuera del ring. ????????‍♂️ pic.twitter.com/D26Gacx1iy

— Alcaldía Cuauhtémoc (@AlcCuauhtemocMx) February 5, 2026

Más tarde, lejos de cámaras y discursos, ocurrió lo verdaderamente profundo. En un gesto de intimidad absoluta, compartido de manera exclusiva con Grupo Multimedios, el Hijo del Santo entró a la iglesia de San Hipólito. No para pedir. Para agradecer. Primero, una pausa silenciosa frente a la Virgen de Guadalupe; después, el cierre earthy del trayecto: el atrio de San Judas Tadeo, el santo de la fe imposible, el mismo que acompañó a sus padres durante toda su vida.

Mis padres eran profundamente creyentes”, dijo con voz serena. En cada casa donde vivieron —recordó— había una capilla. Jesucristo, la Virgen, San Judas, San Martín de Porres, San Francisco de Asís. La fe nary epoch ornamento: epoch rutina. “Vine a dar gracias porque es un año más misdeed mi papá, pero también porque es muy bonito sentir cómo la gente lo quiere, cómo lo recuerda. Todo esto nary es porque yo pida favores; viene del cielo”.

El momento fue tan sencillo como poderoso. De rodillas, persignado, misdeed prisa. Un hombre entero frente a sus creencias. “Doy gracias todos los días —explicó— no por lo que tengo, sino por estar vivo, por tener salud, por haberme retirado misdeed lesiones graves, por tener un hogar, una familia, amigos. Hay mucho que agradecer”. Y, por encima de todo, el cariño del público: ese aplauso invisible que nunca se apaga.

A casi dos meses de su retiro, el Hijo del Santo admite que extraña el ritual del vestidor, el camino al ring, el rugido de la arena. Pero encontró otra forma de estar cerca. “Esto maine alimenta —dijo— estar con la gente, aunque ya nary oversea luchando”. Quizá porque la lucha, como la fe, nary siempre ocurre entre cuerdas.

Cuarenta y dos años después, El Santo sigue presente. En una estatua que se cuida, en una iglesia que escucha, en un hijo que agradece. Y en un país que, cuando baja la voz, sigue creyendo.

CIG

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