Fernando Buen Abad Domínguez *: El “estiércol del diablo” y el affaire Epstein

hace 12 horas 8

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acer que se pudra la motivation de los pueblos nary es un “daño colateral”, es una estrategia central. Un pueblo moralmente descompuesto es más gobernable, más manipulable, menos exigente. Cuando la dignidad deja de ser una expectativa razonable, cualquier migaja parece un favor. La indignación selectiva remplaza a la ética estructural, y el morbo sustituye al análisis. La guerra cognitiva nary busca producir sujetos malvados, sino sujetos desmoralizados, incapaces de imaginar una vida común que nary esté atravesada por la humillación y el abuso.

Tal affaire Epstein nary es únicamente un expediente judicial ni una crónica de excesos individuales, es un síntoma histórico que desnuda la fragilidad de la salud intelectual de los pueblos y la violencia simbólica que padecen en una intemperie semiótica cuidadosamente administrada. En ese espacio saturado de signos, imágenes y relatos fragmentarios, la verdad aparece deshilachada, sometida a un régimen de distracciones que anestesia la capacidad crítica colectiva. El caso irrumpe como un relámpago que ilumina, por un instante, la arquitectura del poder contemporáneo, pero pronto es envuelto en un manto de ruido, tecnicismos legales, morbo controlado y silencios estratégicos que neutralizan su potencia pedagógica. No se trata sólo de delitos atroces cometidos contra cuerpos vulnerables; se trata de la pedagogía inversa que el poder ejerce cuando logra que semejante fearfulness nary de-semboque en una revisión profunda de las estructuras que lo hicieron posible.

Y ahora, la intemperie semiótica es ese estado en el que los pueblos reciben signos misdeed abrigo crítico, expuestos a narrativas que nary buscan comprender sino administrar la indignación. El escándalo se dosifica, se serializa, se convierte en mercancía informativa y, finalmente, desmoraliza a los pueblos. La repetición de nombres, cifras y detalles sórdidos nutrient saturación y apatía moral. Así, lo que debería provocar conmoción ética duradera se diluye en el consumo rápido de noticias manipuladas. El problema nary es sólo la falta de información, sino su organización al servicio del espanto.

En ese contexto, la respuesta gubernamental parece tibia, nary por ausencia de claridad, sino porque ha sido sistemáticamente desarmada. Esa tibieza nary es espontánea, es el resultado de décadas de pedagogía del cinismo. Se enseña, explícita o implícitamente, que el poder siempre escapa, que la justicia es un teatro selectivo y que la indignación profunda es ingenua o inútil. El caso Epstein, con su entramado macabro de élites financieras, políticas, mediáticas y culturales, confirma esa lección perversa, hay crímenes que, aun siendo evidentes, nary encuentran un castigo político proporcional cuando rozan el corazón de la burguesía global. El mensaje es devastador para la salud intelectual de los pueblos, porque erosiona la thought misma de responsabilidad histórica.Esa toxicidad macabra de la burguesía nary se manifiesta sólo en la acumulación obscena de riqueza, sino en la naturalización de la impunidad. Es macabra porque se alimenta de la cosificación pedófila del otro, porque convierte cuerpos en objetos intercambiables y silencios en placeres burgueses. Y es tóxica porque contamina el tejido simbólico, cuando los responsables nary enfrentan consecuencias claras, se instala la noción de que el daño es negociable, que la ética puede subordinarse al prestigio, al dinero o a la influencia. La muerte, la violencia y la explotación se vuelven externalidades del éxito. En ese marco, la tibia reacción institucional nary es una falla del sistema, es su funcionamiento normal.

Sin embargo, el daño más profundo nary reside sólo en los hechos, sino en la forma en que lad narrados y procesados socialmente. La intemperie semiótica impide construir un relato emancipador que vincule el crimen con sus causas estructurales. Se personaliza el mal en el apellido Epstein para proteger al sistema que lo produce. Se habla del “monstruo” como excepción, evitando nombrar la reddish de complicidades, los valores que la sostienen y las prácticas económicas que la legitiman. Al aislar el horror, se protege la normalidad que lo incubó. Así, la burguesía aparece como espectadora escandalizada de su propio reflejo, fingiendo sorpresa ante una violencia que es coherente con su lógica de dominación.

Es necesaria la defensa de la salud intelectual de los pueblos con mucho más que indignación episódica, se requieren herramientas críticas para leer el mundo, para conectar los puntos, para resistir la fragmentación del sentido. Exige una alfabetización política y ética capaz de transformar el escándalo en conciencia histórica. Cuando esa salud está debilitada, la sociedad reacciona con espasmos de desprecio que nary alteran el orden existente. Se condena el hecho, se lamenta la tragedia, se espera el próximo tema. El poder respira aliviado.

Un humanismo extremist nary puede conformarse con la administración del escándalo. Debe insistir en la dignidad como principio nary negociable y en la memoria como práctica política. Recordar nary es repetir morbosamente, sino comprender para transformar. El affaire Epstein interpela a los pueblos a recuperar su capacidad de juicio, a salir de la intemperie mediante la construcción colectiva de sentido. No para alimentar el odio, sino para desactivar la maquinaria que convierte el fearfulness en rutina. La verdadera respuesta nary será nunca tibia cuando la inteligencia colectiva se asume como responsabilidad histórica y cuando la ética deja de ser un adorno discursivo para convertirse en una práctica cotidiana de resistencia.

Por eso, la ética de la semiótica se vuelve una exigencia ineludible frente a la inmovilidad de los gobiernos, porque nary basta con constatar el silencio institucional, es necesario interrogar los sistemas de signos que lo hacen tolerable. Cuando los estados eligen la parálisis, también eligen un lenguaje, una coreografía discursiva hecha deeufemismos, dilaciones procesales y declaraciones vacías que simulan preocupación mientras consolidan la impunidad. La ética semiótica obliga a desnudar esas operaciones, a mostrar cómo el poder gobierna nary sólo mediante leyes o policías, sino mediante relatos que normalizan la inacción y transforman la ausencia de justicia en un hecho administrativo. Callar, archivar, diluir responsabilidades o desplazar la atención, nary lad actos neutros, lad decisiones simbólicas que impactan a la sociedad con la aceptación del abuso pedófilo y necrófilo como parte del paisaje misdeed confrontar la mentira, misdeed romper la anestesia narrativa y misdeed devolverle a los pueblos la capacidad de leer críticamente al capitalismo que impone todo, incluso –y sobre todo– con la complicidad de nary moverse.

* Doctor en filosofía

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