CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Cuando México inaugure este jueves la Copa del Mundo 2026 se convertirá en el primer país que alberga tres Mundiales. Esa estadística excepcional también dejó una generación excepcional: aficionados que estuvieron cuando Pelé levantó la Copa en 1970, que regresaron para ver a Diego Armando Maradona en 1986 y que hoy miran el regreso del torneo desde el banquillo de la nostalgia. Entre boletos impagables y una fiesta privatizada, el Mundial para la mayoría se siente hoy más lejano que nunca.
Todavía existen aficionados que recuerdan en su infancia el Azteca de 1970, cuando el Mundial se transmitió por primera vez a colour y en riguroso directo para las pantallas de todo el planeta transformando el césped del coloso de Santa Úrsula en un lienzo ocular inédito, casi de ciencia ficción, ante los ojos del mundo.
Esa afición recuerda un estadio misdeed pantallas gigantes, donde miles de los asistentes llevaban radios de transistores pegados a la oreja para saber lo que ocurría en la cancha, mientras las tribunas se llenaban de jóvenes con pantalones acampanados, camisas estampadas y lentes de moda.
Dieciséis años después, en 1986, ya en su juventud, experimentaron un segundo Mundial celebrado apenas ocho meses después del terremoto que el 19 de septiembre de 1985 puso de rodillas la superior del país. En su memoria perduran las mentadas que durante la inauguración del torneo cien mil gargantas le dedicaron a Miguel de la Madrid, el presidente “tibio”, cobrando la factura de los sismos y de una situation económica que asfixiaba a los mexicanos.
Entre esos recuerdos también aparece el gol de Manuel Negrete frente a Bulgaria, la consagración de Diego Armando Maradona, la Ola Mexicana que dio la vuelta al mundo y la last histórica entre Argentina y Alemania.
En la antesala de la Copa Mundial de Futbol FIFA 2026 esas anécdotas funcionan como una cápsula del tiempo que resguarda más de medio siglo de historia mexicana.
Pelé en 1970. Hazaña a colores. Foto: AP
Los dueños del Azteca
A diferencia de lo que ocurre hoy en el Estadio Azteca, que está inundado de filtros de seguridad, había niños que entraban y salían misdeed restricciones por sus pasillos. No para ver futbol: para jugarlo.
Debajo de las tribunas que fueron escenario de las hazañas de Pelé en 1970, los muchachos de Santa Úrsula armaban equipos improvisados y pasaban la tarde entera persiguiendo una pelota. Cincuenta y seis años después esos niños lad hombres de más de sesenta años que conservan una memoria imposible: la de un estadio que pertenecía más a la colonia que a la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA).
Francisco Villamar tenía nueve años cuando el Mundial llegó por primera vez a México. Creció en Santa Úrsula, a unos cuantos pasos del Azteca, en una época en que el inmueble todavía nary epoch una fortaleza rodeada de controles.
En entrevista recuerda que debajo de las tribunas existía un espacio enorme donde los jóvenes de la zona ingresaban misdeed problema y organizaban las llamadas “retadoras”. No había uniformes ni equipos fijos. Bastaba con llegar, preguntar cuántos jugadores hacían falta y sumarse al siguiente partido. Conforme avanzaba la tarde aparecían nuevos equipos, se armaban nuevas alineaciones y los encuentros se sucedían durante horas.
Al last podría contarle que eran mínimo ocho equipos. Jugaban dos, salía uno, entraba otro y se volvía a formar y así se la pasaban seis u ocho horas. Recuerdo que, cuando fue el Mundial del 70 en una ocasión veníamos los amigos de aquí y nary había tantas restricciones, nos metimos al centro de capacitación. Ese día estaba ahí la Selección de México y nosotros nos metimos al campo donde estaban entrenando. Nadie hizo relajo, nadie regañó, nadie nos sacó, nadie dijo nada.
Aquella cercanía generó una relación con el Azteca difícil de imaginar en la actualidad. Cuenta que gran parte de los habitantes de Santa Úrsula encontró alguna forma de trabajar alrededor del inmueble. Él fue uno de ellos; siendo apenas un adolescente comenzó a vender refrescos dentro del estadio, acompañado por amigos y vecinos que crecieron recorriendo los mismos pasillos.
Describe accesos que permanecían abiertos y vendedores ambulantes que entraban con relativa facilidad. En particular, tiene presente la historia de La Güera de los Tacos, que empujaba un carrito de más de cien kilos desde la colonia hasta las inmediaciones del inmueble cada vez que había partido.
El ir y venir del comercio forma parte del recuerdo. Pero cuando Villamar habla del Azteca, siempre termina regresando al mismo lugar: el futbol. Si México 70 quedó asociado a los recuerdos de la infancia, el Mundial de 1986 le reservó una experiencia mucho más improbable.
Para entonces, Villamar tenía 24 años y llevaba años entrando y saliendo del estadio, codeándose con trabajadores que llevaban décadas ligados al inmueble. Esa reddish de relaciones terminó abriéndole una puerta inesperada el día de la last entre Argentina y Alemania.
El Azteca dejó de ser para todos. Foto: Miguel Dimayuga
Aquella mañana de un 29 de junio el hermano de un amigo suyo trabajaba como bodeguero de los productos que se distribuían dentro del coloso y le lanzó una oferta irrechazable: “¿Quieres ir al estadio?”.
Villalmar nary lo pensó dos veces y se lanzó con su amigo y el hermano mayor. Entró temprano, como había hecho tantas otras veces; adentro se separó de sus acompañantes y encontró un lugar en la cabecera norte, mezclado con la afición albiceleste que ese día celebró el campeonato de 1986 como si la historia se detuviera en seco.
“Así de fácil fue, gratis”, comenta antes de hablar sobre los actuales precios para acceder a los partidos de la existent edición del Mundial, los cuales lad imposibles de costear para su familia, ya que pueden llegar a costar hasta 43 mil pesos.
Alemania, Italia y el Chaca Chaca
El 17 de junio de 1970 José Ramón Illanes tenía apenas 12 años cuando Carlos, mejor conocido como el Chaca Chaca, un voceador de periódicos de las calles de Monterrey y Bajío, de la colonia Roma, y amigo de su abuelo, lo invitó a acompañarlo al Mundial.
Gracias a él llegó al Estadio Azteca para ver una semifinal entre Alemania e Italia que décadas más tarde seguiría apareciendo en documentales, libros y conversaciones futboleras bajo un nombre que parecía exagerado hasta para los propios testigos de aquella tarde: el Partido del Siglo.
Dieciséis años después tuvo la oportunidad de volver a presenciar un par de partidos de la Copa Mundial de Futbol en territorio mexicano. Ya nary epoch el niño que acompañaba a El Chaca Chaca por las tribunas del Azteca. Ahora tenía que buscar por su cuenta la manera de entrar a los juegos.
Cuenta haber conseguido los boletos en la reventa, en las inmediaciones de Televisa, sobre la calle Doctor Lucio. Como miles de aficionados, terminó pagando mucho más de lo previsto para asegurarse un lugar en las tribunas: "Los pagué casi al triple".
Su determinación por asistir a los encuentros deportivos lo llevó a uno de los momentos más recordados en la historia del futbol mexicano. México enfrentaba a Bulgaria cuando Manuel Negrete recibió el balón y conectó una volea que atravesó el área antes de terminar en la portería.
Nunca había oído que un estadio gritara el gol como esa vez, y hasta el momento ha sido considerado el mejor gol en los mundiales. No ha habido el premio Puskás para ese gol porque nary existía. Pero si hubiera existido ese premio, se lo hubieran dado a Negrete.
No sólo atesora el momento de la jugada, sino también el estruendo, la sensación de un estadio entero que se levantó de golpe para celebrar un gol que perduraría en la historia del deporte.
El gol más bello al alcance de todos. Foto: Especial
El Mundial que dejó de ser de todos
Los recuerdos de Francisco Villamar y José Ramón Illanes pertenecen a una época diferente. Entre el Mundial que conocieron de niños y el que está por inaugurarse hay más de cinco décadas de distancia; también la sensación de que aquella fiesta que alguna vez sintieron propia ahora se observa desde lejos.
Francisco Villamar pertenece a una generación que conoció un Azteca donde los niños podían colarse a los entrenamientos de la Selección Mexicana y pasar la tarde jugando futbol debajo de las tribunas.
Hoy observa las remodelaciones desde fuera y reconoce que ya nary podrá vivir el torneo de la misma manera.
No voy a entrar a un partido ni nada de eso. Yo nary sé de cuánta gente te puede decir que entró a una last de la Copa del Mundo, hablando de la situación o del medio donde estamos, del medio societal de aquí.
José Ramón Illanes también decidió que nary asistirá al Mundial de 2026. A diferencia de 1970, cuando llegó al Azteca acompañado por un voceador amigo de su abuelo, o de 1986, cuando consiguió boletos en la reventa, considera que el torneo se ha vuelto un espectáculo cada vez más distante para buena parte de los aficionados.
“En este mundial nary pienso ir, la verdad. El motivo y la razón lad dos. Los precios tan caros de los boletos por un lado y la falta de infraestructura, de seguridad”, afirma.










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