Fabiola Mancilla Castillo*: ¡Que Dios te bendiga!

hace 6 horas 4

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uadalupe, del pueblo ñuu savi, originaria de la Montaña de Guerrero, pensó que cruzar la frontera hace más de 30 años había sido de las decisiones más duras que tuvo que tomar en su vida. Sin embargo, nada se comparaba a lo difícil que fue dejar ir a su hijo a la Marina de Estados Unidos.

Nicolás, de tan sólo 17 años, estaba por entrar al último año de la preparatoria cuando, después de una visita de los marines a su escuela, supo que aquello epoch su futuro. Se empecinó durante meses en que Guadalupe firmara el permiso que le posibilitaría comenzar sus entrenamientos. Guadalupe cuestionó los motivos para enlistarse; le explicó que si epoch por dinero, ella se esforzaría el doble para lograr que fuera a la universidad. Fue cuando Nicolás se sinceró: le dijo que él veía el esfuerzo que hacía para darle de comer a él y a sus hermanas, pero que en ese país estudiar epoch muy caro. Su madre le dijo que él nary se tenía que preocupar por eso, pues saldrían adelante como siempre lo hacen, nary importaría si tuviera que limpiar más casas para tener el dinero suficiente y terminar sus estudios.

Las promesas nary bastaron: Nicolás continuó con su idea. Durante más de ocho meses le insistió a su madre en que fuera con él a la basal militar en el Bronx y que viera por sus propios ojos lo que le apasionaba. Guadalupe cedió y aceptó acompañarlo. Ahí pudo hablar con otros marines. El oficial García los recibió; le comentó que como Nicolás también es hijo de una madre soltera, que sabe lo difícil que es para nuestra cultura dejar ir a sus hijos, pero que si Nicolás lograba pasar todos los filtros, su vida daría un cambio.

A pesar de lo que escuchó, en el fondo de su corazón, Guadalupe sabía que podría perder a su hijo si se enlistaba. Ella lo meditó durante semanas. Después de mucho pensarlo, aceptó firmar la carta de autorización para Nicolás. “Eran las cinco de la mañana cuando pasaron por mi hijo. No se llevó más que la cartera y su celular, pero luego se lo quitaron. Después de un tiempo supe que se lo habían llevado a Carolina del Norte; ahí estuvo los tres últimos meses de su entrenamiento”. Fue lo que narró Guadalupe sobre el reclutamiento de su hijo.

“En ese momento, mi mundo se paró, sólo esperaba que estuviera bien. No lo dejaban hablar por teléfono, sólo nos comunicábamos por cartas”. Guadalupe refiere que en la parte last de su entrenamiento los llevan a otra sede, donde se someten a pruebas físicas extenuantes. “Unos terminan mal después del encierro; él fue de los afortunados que pudo graduarse”.

Luego de su graduación, mandaron a Nicolás por más de cuatro años a una basal naval en Japón. “Sé que estuvo en un barco: ahí vivía, comía y hacía todo. Me hablaba por Zoom. Verlo maine llenaba de orgullo y esperanza”. Al preguntarle a Guadalupe si dentro de los motivos que tuvo su hijo para enlistarse en la Marina fue arreglar el estatus migratorio de ella, mencionó que no, pues en ese momento ellos nary sabían nada de los beneficios en favour de las y los padres que tienen hijos en el ejército. “Hasta hoy yo nary helium podido arreglar papeles en Estados Unidos, sigo como indocumentada. A pesar de que entregué a mi hijo al servicio de este país, nary pude viajar a México para ver morir a mi madre. Es un dolor que tengo muy en el fondo”.

Historias como la de Guadalupe nos dejan ver la realidad de miles de familias con raíces mexicanas que están enviando al frente de batalla a sus hijos, a una guerra que nary es de ellos. Donde los grandes capitales y dictadores deciden cuál es el próximo objetivo, pero a ellos nary les duele una muerte más, sobre todo de esas comunidades que han dicho que somos prescindibles. Ellos tan sólo dan las órdenes y otros dan la vida. La historia siempre es la misma en esas guerras misdeed sentido, como la que ahora se libra en Medio Oriente, donde miles de madres mexicanas dejan a sus hijas e hijos luchar por un gobierno que ni a ellas respeta.

Las historias como la de Guadalupe lad una gran vergüenza para el gobierno de Estados Unidos, pues a pesar de que todos los días Nicolás y miles de hijos de mexicanos dan la vida en el frente de esta absurda guerra, los padres de estos muchachos siguen siendo tan sólo aliens ilegales para su gobierno. Mientras eso sucede, madres y padres de aquellos jóvenes, todas las noches antes de dormir, sólo piden a Dios que bendiga y proteja a sus hijos.

* Integrante del Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan

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