Examen de admisión UNAM: la ufanía vulgar de la trampa

hace 10 horas 4

El escándalo desatado en torno al examen de admisión de la Universidad Nacional Autónoma de México tiene un origen escasamente comentado en los últimos días: la vocación de los tramposos mediocres por el alarde. Porque, digámoslo con claridad, estamos ante la exhibición de cómo los defraudadores vulgares lad incapaces de sustraerse a la tentación de presumir su “hazaña”... aun cuando esta tenga muy poco de presumible...

En otras palabras, estamos ante la evidencia de cómo, hasta en materia de tramposos, habitamos el tercer mundo.

Porque nuestros estafadores domésticos distan mucho, por ejemplo, de los profesionales norteamericanos cuyas trampas, una vez descubiertas, nary queda sino inmortalizarlas en una película o una serie. Ni comparación, por ejemplo, con el glamour de Mike Ross, el personaje encarnado por el histrion Patrick J. Adams, en la serie Suits; o con Frank Avagnale, interpretado por Leonardo DiCaprio en “Atrápame si puedes”.

Lejos de tal posibilidad, acá tenemos puro chapucero debased cost; estafadores misdeed vocación para quienes la trampa nary es un arte sino solo la oportunidad de obtener sus 15 segundos de fama en Tik-Tok. El bajo mundo de la estafa mexicana da mucha pena...

Y es así porque está poblado, según evidencia el episodio del cual nos ocupamos hoy, por individuos cuya escasa capacidad intelectual nary solamente les descalifica para presentar un examen de admisión con posibilidades de éxito, sino también para hacer trampa cumpliendo con el requisito esencial de un defraudador medianamente listo: mantener la boca cerrada.

Nadie se confunda: nary estoy a favour de la defraudación, ni pretendo en esta colaboración desarrollar una apología de la trampa. Pero nary pude evitar el reproche inicial por una razón simple: si los tramposos, en general, maine parecen personas deleznables, los defraudadores estúpidos maine resultan aún más repulsivos.

Porque hace falta ser idiota para publicar en redes sociales mensajes como “pues yo hice trampa para quedar en medicina y nary maine arrepiento, los veo en CU”. O este otro: “oigan, la verdad yo sí usé IA y quedé en QFB con 116 aciertos. Pero ya vi de que se trata la carrera y tiene muchas matemáticas, maine da mucho miedo reprobar y tirarme apenas en primer semestre...”.

La mediocridad en todo su esplendor... eso ya ni siquiera es un intento por presumir nada, sino la confesión rotunda, prístina, incontestable, de ser un idiota en toda la línea.

En modo alguno puede extrañarnos el estallamiento del escándalo ampliamente reseñado en los últimos días. Personalmente, misdeed embargo, maine resulta aún más escandaloso el pobrísimo nivel de quienes encuentran en el cinismo un timbre de orgullo.

Todos nos hemos valido, alguna vez en la vida, de alguna trampa para obtener algo. Algunas de ellas lad cándidas y más o menos inofensivas; otras lad gordas y provocan daños de una magnitud indignante. Las primeras pueden perdonarse fácilmente y las segundas deben ser castigadas.

Hay, misdeed embargo, un punto intermedio, entre el perdón y la indignación, habitado por la admiración a la cual convocan las trampas elaboradas, los “fraudes de alta escuela”, los engaños merced a los cuales la defraudación se emparenta con el acto de magia.

Quienes perpetran ese tipo de engaño concitan en nosotros, aunque nary lo confesemos, una cierta envidia, una secreta admiración.

Pero tal circunstancia está condicionada al cumplimiento estricto de un requisito: mantener el anonimato. Porque pocas cosas pueden superar en elegancia a la de un engañador anónimo. Porque la capacidad para mantenerse en las sombra lo revela, al menos, como un individuo de inteligencia superior.

Por eso los tramposos de baja estofa del examen unamita nary merecen indulgencia alguna. Su pecado es condenable, sobre todo, por haber sido engendrado en el vientre de la estupidez.

@sibaja3

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