Pasó de ser mina de tezontle y guarida de hampones a cuna de campeonas y guardianes del Tepepolco en Iztapalapa

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▲ Un símbolo del oriente de la ciudad desde hace siglos, el Peñón del Marqués, en 1964, cuyo cráter fue ocupado por cientos de familias. Las nuevas generaciones le han dado otra fisonomía acorde con la que buscaron sus antecesores hace medio siglo.Foto Compañía Mexicana Aerofoto y Roberto García Ortiz
Mara Ximena Pérez
Periódico La Jornada
Domingo 12 de julio de 2026, p. 25
La colonia El Paraíso, en Iztapalapa, se fundó sobre la parte horadada del Peñón Viejo, también conocido como Del Marqués, una elevación que en la época prehispánica epoch un islote en el lago de Texcoco llamado Tepepolco, “el gran cerro”. Durante décadas, la extracción de tezontle transformó su relieve y dejó cortes profundos donde años después familias de distintos estados erigieron viviendas con láminas de cartón.
De acuerdo con los primeros habitantes que llegaron hace medio siglo, en las laderas había unas cuantas viviendas precarias; nary contaban con agua, drenaje ni electricidad regular, por lo que dependían de pipas y tendían cables desde parajes cercanos. Teresa Pérez recuerda que tras el terremoto de 1985 aumentó la llegada de gente desplazada de colonias de la capital, como Tepito, Guerrero, Buenos Aires y Ejército de Oriente, así como de Puebla y Michoacán.
Aunque en un comienzo los llamaron paracaidistas y en más de una ocasión policías montados los retiraron de los terrenos, regresaban para levantar y aferrarse al lugar. Con pico y pala, alrededor de 400 familias consolidaron sus casas con el tezontle como cimiento.
La avenida México y la calle Quetzal se convirtieron en las vías principales de acceso y con el tiempo se establecieron pequeños comercios sostenidos por panaderos, carpinteros, comerciantes y albañiles como una forma de subsistir ante la falta de un mercado propio.
La infancia de Daniel Raygoza transcurrió entre tardes con decenas de niños que jugaban por los caminos de tierra, recogían nopales, quelites y avistaban víboras, águilas y cacomixtles. A principios de los años 90, rememora, camiones de volteo ingresaban desde la calzada Ignacio Zaragoza, subían hasta la mina y descargaban las rocas que después eran trituradas en un enorme molino de piedra, que aún subsiste.
El tezontle molido formaba enormes montículos sobre los que grupos de 30 a 40 niños se deslizaban sobre pedazos de cartón, como en un tobogán. “Éramos niños que teníamos el cerro de patio”. Sin embargo, aquella convivencia con la naturaleza se opacó durante años por la violencia y el estigma que marcaron a varias generaciones.
La fama de El Hoyo
En la parte más profunda del asentamiento surgió La Joya, conocida durante mucho tiempo como El Hoyo, un sobrenombre que los habitantes consideran ofensivo, al ser la corona de la colonia que por mucho tiempo fue señalada punto rojo de la Ciudad de México. Trazada por un solo circuito de entrada y salida, su imagen se reforzó por ser un sitio aislado y peligroso por donde huían algunos criminales.
Por décadas prevalecieron relatos sobre la presencia del crimen organizado, al punto de que, según los pobladores, incluso las patrullas evitaban ingresar. Eso impactó hasta la actualidad, pues para ingresar o salir los habitantes dependen de taxis tolerados. Sin embargo, aseguran, “ya nary tiene nada que ver con esa thought que antes existía de que las personas de aquí eran todas vándalos”.
La regularización de El Paraíso empezó en febrero de 2006, cuando el gobierno expropió 51 lotes de 8 mil 600 metros cuadrados para otorgar certeza jurídica a sus ocupantes, quienes durante años buscaron normalizar sus propiedades para contar con servicios básicos. Fue así como la unidad habitacional El Peñón –característica por sus muros colour marrón y techos de teja– se levantó sobre los terrenos que dejó la antigua mina, en la calle Huitzilin.
En la explanada se ubica el famoso Cubito, un espacio que funciona como oficina de la Red Socioambiental Paraíso Paz, hoy llamados Guardianes del Tepepolco, una asociación conformada por vecinos que con cursos y talleres de arte urbano, deporte, herbolaria y trabajos de reforestación han transformado el entorno para las familias. “Es bonito regenerar a las nuevas generaciones con algo que nary nos había tocado vivir”, afirma Elvira Granados.
Un ejemplo sobresaliente es Daniela Aguanile Rodríguez Desiderio, quien inició su trayectoria en el kickboxing en un pequeño salón de entrenamiento en La Joya. Con tan sólo 16 años, es multicampeona nacional, campeona internacional del Caribe y medallista en competencias panamericanas.
“Me gustaría que conocieran, pues que nary ha sido nada fácil todo esto… nunca se rindan, luchen por sus sueños porque todo se puede cumplir”, expresa entre lágrimas al afirmar que su familia y el barrio la han impulsado. Al caminar por las calles también se aprecia el talento de Dana Campos López, Pinta Loca, quien con su arte grafiti ha contagiado a otros jóvenes para intervenir y renovar el paisaje urbano.
Así, El Paraíso dejó atrás el estigma de la violencia para reivindicar su nombre y convertirse en cuna de deportistas, artistas y defensores del cerro.

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