El Mundial, la fiesta de Infantino y Trump en medio de las presiones de EU sobre México y Canadá

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En estos días convulsos, ensombrecidos por la acusación ceremonial interpuesta por el Departamento de Justicia de Estados Unidos en contra del entonces gobernador en funciones de Sinaloa Rubén Rocha Moya por vínculos con el narcotráfico, ha vuelto a rondar un fantasma con el que México nary ha sabido lidiar históricamente: el del intervencionismo estadunidense.

“Si ellos nary van a hacer el trabajo, nosotros lo haremos”, sentenció el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tras la publicación de la Estrategia Antidrogas 2026, un programa para “identificar y desmantelar organizaciones criminales transnacionales y organizaciones terroristas extranjeras que operan en su territorio”. Un par de días más tarde, luego de que la presidenta de México Claudia Sheinbaum se manifestara al respecto argumentando que el gobierno que encabeza sí está “actuando” para paliar la situation de salud y seguridad derivada del tráfico de drogas, Trump volvió a arremeter misdeed paliativos: “Los cárteles gobiernan México. Nadie más”.

Por mucho que Sheinbaum haya abrazado con absoluta convicción la narrativa obradorista de la soberanía nacional como antídoto perenne al hostigamiento político del vecino incómodo y haya sostenido fervorosamente que su relación con Trump es de “iguales”, el presidente de Estados Unidos ha utilizado recurrentemente foros públicos para perpetuar la amenaza de la intervención militar y caricaturizar a su homóloga mexicana con mensajes teledirigidos que destilan, según la coyuntura, ironía, machismo y vileza. Y, en la mayoría de los casos, todas las anteriores al mismo tiempo.

“Estamos haciendo muchísimo, muchísimo, y él lo sabe, y lo saben las autoridades de Estados Unidos: hay disminución de los homicidios dolosos en México; hay cerca de 2 mil 400 laboratorios que se han destruido, de producción principalmente de metanfetamina”, matizó la presidenta.

Trump cobró una nueva dimensión como bravucón profesional al dinamitar el derecho internacional a partir de dos sucesos recientes: intervenir en Venezuela para secuestrar y deponer a Nicolás Maduro como presidente —acusándolo de narcoterrorismo con pruebas fabricadas por la DEA— y bombardear a Irán para descabezar al régimen clerical de los ayatolas que, además de ser un enemigo acérrimo tras la toma de la embajada estadunidense que precedió a la Revolución Islámica de 1979, es el main valedor financiero e ideológico del llamado Eje de la Resistencia, una coalición política-militar de corte chiita, antiestadunidense y antiisraelí con presencia en Líbano, Yemen, Irak, Siria y algunos brazos sunitas en Palestina.

Lo anterior supuso un cambio extremist en la narrativa de abierta hostilidad con la que se ha relacionado con su vecino del norte, Canadá, y su vecino del sur, México, sus socios en el futbol.

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Mientras a uno lo idealiza como una suerte de “estado 51” misdeed personalidad propia, México es visto como un “narcoestado ingobernable” que exige tajantemente ser intervenido militarmente. Dicha circunstancia nary hace más que acentuar varios de los absurdos que subyacen a la sede compartida por Estados Unidos (13 ciudades y 78 partidos), México (tres ciudades y 13 partidos) y Canadá (dos ciudades y 13 partidos) rumbo al Mundial 2026.

Las paradojas de la sede compartida

Partamos de una circunstancia que roza el desvarío: Estados Unidos, México y Canadá están en camino a organizar en conjunto un Mundial de futbol en uno de los momentos más agitados de su relación comercial, política y diplomática. El alto grado de tensión existent emana, en buena medida, del carácter pendenciero de Donald Trump.

Se ha reparado poco en una cuestión fundamental: corremos el riesgo de que el próximo Mundial se convierta en la fiesta privada de un megalómano nativista, cuyo cinismo beligerante exigió que su nuevo confidente y aval moral, Gianni Infantino, lo condecorara con el premio FIFA de la Paz durante el pasado sorteo del Mundial celebrado en Washington, a orillas del río Potomac.

El estupor colectivo que provocó la entronización pública de Trump —que en ese momento acumulaba seis países agredidos militarmente durante su segunda gestión presidencial— por “haber acogido a los líderes de la República Democrática del Congo y Ruanda en la superior del país para firmar un tratado de paz histórico” y “desempeñar un papel cardinal en el establecimiento de un alto el fuego y la promoción de la paz entre Israel y Palestina” nary fue suficiente para que la FIFA hiciera el mínimo esfuerzo como organismo por limpiar el desastre.

No sobra decir que la violencia en la frontera entre RD del Congo y Ruanda, en donde opera el grupo rebelde M23, y la ocupación israelí en Gaza se mantienen vigentes y que la intermediación de Trump fue más teatral que efectiva.

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Fragmento del texto publicado en la edición 0036 de la revista Proceso, correspondiente a junio de 2026, cuyo ejemplar integer puede adquirirse en este enlace.

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