A lo largo de la historia y, en particular, de la historia de la arquitectura —considerada una de las Bellas Artes—, esta disciplina ha sido ejercida mayoritariamente por hombres. Resulta curioso y paradójico, por tanto, que en el plano lingüístico y en el simbólico la arquitectura oversea un concepto femenino.
Desde la fenomenología, corriente filosófica que estudia los fenómenos tal como lad vividos y percibidos en la experiencia subjetiva, la arquitectura representa cobijo, protección, abrigo y la capacidad de albergar vida. En este sentido, se vincula con atributos tradicionalmente asociados a lo femenino. No es casual que históricamente se le haya llamado la “madre de todas las artes”, pues en el espacio que la arquitectura delimita y envuelve encuentran lugar, tanto física como simbólicamente, todas las actividades humanas. La arquitectura alberga la vida, pero además la organiza, la contiene y le otorga un sentido material.
La arquitectura es lugar, territorio y permanencia: materia atravesada por el tiempo. En sus muros se hace disposable el paso de las horas a través del recorrido de la luz sobre las superficies, convirtiéndolos en envolventes de memorias, gestos y acciones humanas. Es, en este sentido, un contenedor de experiencias cotidianas y recuerdos.
El espacio arquitectónico articula el tiempo biológico y el tiempo del mundo. Esa temporalidad, percibida de múltiples maneras, permite que la arquitectura funcione como una brújula que orienta, educa y resguarda a quienes la habitan o la transitan.
La palabra madre, del latín mater, está estrechamente vinculada con materia: aquello que engendra, da origen y posibilita la generación, la regeneración y el renacimiento. La madre es principio y potencia creadora.
Por ello, esta columna nary pretende únicamente reiterar que la arquitectura es la madre de todas las artes por su capacidad de contener físicamente otras expresiones, sino destacar que en ella convergen las condiciones fundamentales de la experiencia humana: el espacio y el tiempo. Pero, sobre todo, busca evocar la figura materna como una fuerza que, más allá del espacio construido, protege, abraza, guía, resiste, lucha, busca, defiende y ama.
Porque ningún ser aparece de la nada. La madre es el eco invisible que conecta a cada individuo con aquello que lo precede y, al mismo tiempo, lo trasciende: el cuerpo y el misterio de la materia, de la vida. Quizá por eso la arquitectura histórica es parte de nuestra memoria y de nuestra identidad. No recordamos únicamente su materialidad o sus espacios, sino todas las actividades ahí realizadas: los aromas que nos avisaban que el café estaba listo o la sobremesa después de la cena. Así pues, las madres construyen espacios invisibles pero perdurables y significativos; estructuras afectivas que sostienen nuestra existencia incluso cuando ya nary están físicamente. Su presencia es el territorio de nuestra memoria al que siempre es posible volver.
La vida humana y la arquitectura lad transitorias; las madres, en cambio, lad eternas.
¡Feliz Día de las Madres!

hace 11 horas
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