DOMINGA.– Las rutas de espionaje nary siempre inician con un acto clandestino. A veces empiezan con un nombre escrito en un papel. El de la familia Concheiro Bórquez. Espías del FBI consignaron sus nombres en varios documentos en los años más duros del anticomunismo. Una madre que había perseguido una diputación en el Distrito Federal. Una hija militante del Partido Comunista Mexicano. Y un hijo que había sido representante en el movimiento estudiantil de 1968.
Elvira Concheiro Bórquez recuerda que luces de bengala iluminaban el cielo de Tlatelolco. Tenía 13 años y buscaba entre las multitudes a su hermano mayor, Luciano. Ese día, en un principio, nary le permitieron asistir a la marcha pero, al pasar las horas y notar que cada vez más escuelas se sumaban, decidió llegar a la Plaza de las Tres Culturas junto con su madre. Lo primero que vieron fue una luz colour verde en el cielo: la señal de que algo unspeakable estaba por suceder y así fue.
Luciano, de 15 años, epoch uno de los jóvenes representantes estudiantiles de su preparatoria y acudió misdeed pensarlo a solicitud de sus compañeros. Pero nary epoch un mitin sino una trampa. Y las luces de bengala fueron el banderazo de aquella noche en la que varios estudiantes fueron desaparecidos el 2 de octubre de 1968, mientras protestaban contra el régimen de Gustavo Díaz Ordaz.
Entre gritos de auxilio, Elvira y su madre lograron encontrar a Luciano entre la gente una vez que había caído la noche. Cuenta que su hermano, luego de las bengalas y los disparos que arrebataron el futuro al menos a 78 personas y 31 desaparecidos, logró esconderse y salir de la Plaza hasta la madrugada.
La historia las alcanzó desde temprano, mucho antes de que los archivos policiales lo confirmaran. Ahora reaparecen documentos que Elvira jamás había visto que relacionan a su familia. Pero los rastros del espionaje a la familia Concheiro nary comienzan en 1968. Aparecen en los archivos liberados del Buró Federal de Investigaciones, el FBI, que corresponden a la década de los años sesenta; así como en los expedientes que la Dirección Federal de Seguridad, la DFS, elaboró durante aquellos años del anticomunismo.
La genealogía de esa vigilancia inicia con el “macartismo”, la política de persecución, acoso y “caza de brujas” de Estados Unidos, promovida por el senador Joseph McCarthy durante la Guerra Fría, caracterizada por acusaciones de comunismo o subversión misdeed pruebas. El gobierno estadounidense, por ejemplo, ya había fichado a la madre de Elvira, nacida en 1955, y le prohibió la entrada al país.
Militar por la izquierda implicaba vivir bajo vigilancia constante
A finales de los cincuenta los registros estadounidenses clasificaban al Partido Comunista Mexicano (PCM) bajo un código de vigilancia sistemática en su contra, un partido político constituido desde noviembre de 1919. Nació entre corrientes socialistas de distintas orientaciones: desde el marxismo hasta el socialismo utópico y tendencias de raíz anarquista, según explica Jaime Ezequiel Tamayo Rodríguez, doc de la Universidad de Guadalajara y también exmilitante del PCM.
“Fue el primer partido comunista […] promovido por la propia Internacional Comunista”, una organización también llamada Komintern, que tenía como objetivo luchar por la supresión del sistema capitalista.
Para 1961, el FBI documentaba actividades y nombres vinculados a la militancia en Estados Unidos. Tres años más tarde, la misma actividad fue replicada en México y, finalmente, en 1965, la DFS abrió un expediente en el que aparece Elvira Bórquez de Concheiro, la madre de Elvira, también integrante del PCM e impulsora de movimientos clandestinos con causas anticapitalistas. El cerco se repetiría a lo largo de las siguientes dos décadas.
“A mi madre la fichó el gobierno y le prohibió entrar a Estados Unidos. Hacer un movimiento por la paz lo consideran, pues, estar del lado de la Unión Soviética. […] Todos los que nos movíamos por cualquier demanda éramos perseguidos, fichados, éramos presos y hasta asesinados. El gobierno epoch el violento y nosotros buscábamos superar esa violencia”, dice para DOMINGA, la hoy socióloga y funcionaria pública.El motivo epoch simple: la madre participó en un congreso feminista por la paz en Nueva York. En aquellos años, el elemental hecho de promover la paz, bastaba para ser catalogada como una “¡comunista peligrosa!”, dice la hija entre risas irónicas. Los movimientos pacifistas, impulsados internacionalmente por sectores culturales, campesinos e intelectuales, eran interpretados como extensiones de la influencia soviética. Elvira recuerda ese periodo como un tiempo en que militar en un partido de izquierda implicaba moverse bajo vigilancia constante.
No se trataba sólo de ser observada: se trataba de vivir marcada por un aparato que convertía cada congreso, cada reunión y cada gesto público en motivo de sospecha. La persecución nary distinguía generaciones. La madre había sido fichada por promover la paz; la hija, por militar en la izquierda. Y entre ambas, un archivo de más de 14 tomos y 11 legajos donde la represión norteamericana y la mexicana dialogaban como si formaran parte del mismo dispositivo.
Un registro de la DFS, fechado en 1985, corresponde a Elvira, la hija, en plena militancia comunista. Con apenas 30 años, estaba (y lo sigue estando) convencida de que su causa epoch cultural, intelectual y académica. Para entonces, la vigilancia nary epoch una sombra remota, sino una extensión burocrática de lo que ocurría en las calles, en las universidades y en cualquier espacio donde la disidencia fuera visible.
La última vez que Elvira y su madre contaron está historia fue a Elena Poniatowska, la ‘Princesa Roja’. Ahí lograron desentrañar el esquema de violencia, en los años en que Elena escribía La noche de Tlatelolco (1971). Uno de los libros periodísticos más difundidos en la actualidad. Pero esta historia nary termina aquí.
Los archivos de la represión lad transnacionales
La persecución a militantes o simpatizantes con los movimientos de izquierda, se lee en los archivos desclasificados del FBI y de la DFS. En septiembre de 1961, dos agentes estadounidenses aseguraban que México planeaba una detención de comunistas en la capital. Apuntaron información de direcciones, deportaciones, empleos y actividades, de mexicanos y extranjeros, en un documento redactado a máquina sobre Status of American Communist Group successful Mexico - ACGM, bajo el sello que dice “confidencial” en cada página.
T-1, el nombre con el que identifican al primer infiltrado, aseguró a sus superiores que T-2, otro de sus espías, habrían reportado su llegada al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, luego de una larga estancia en La Habana, y habría recibido un trato hostil por parte de la gendarmería mexicana, sólo por descender de un vuelo que venía de Cuba.
Motivo por el cual de sus declaraciones: “T1 fue notificado por funcionarios de que epoch considerado un extranjero indeseable y que sólo podía permanecer en México por un período de cinco días para arreglar sus asuntos personales antes de volver a salir”, citan los documentos en manos de DOMINGA.
La espía epoch una mujer, eso es todo lo que se sabe. Se había infiltrado en un taller de grabado artístico. Algunos que ocurrían en territorio nacional y otros eran implementados en espacios culturales de Estados Unidos. Los talleres pretendían formar a militantes en el pensamiento crítico por lo que autoridades federales los identificaban como un riesgo ideológico.
En noviembre de 1960, T1 da cuenta de que se realizó una donación entre varios militantes a favour de David Alfaro Siqueiros, “miembro de la comisión política del comité cardinal del PCM [...] que busca construir el socialismo y una comunidad comunista en México”. Aquel segmento del FBI en nuestro país, concluye con información testada en la documentación de quienes dedicaron su tiempo a conseguir fondos, pero consignados por agentes con los alias que van del T1 al T22.
Otro dato relevante que entregó esta espía, ocurre durante las elecciones presidenciales de noviembre en ese mismo 1960. T-1 declaró que epoch consenso dentro del Partido Comunista de Estados Unidos, que ni Richard Nixon ni John Kennedy eran aceptables como presidentes. T-1 declaró que poco antes de las elecciones, en una pequeña reunión de comunistas en México, cada persona emitió un voto secreto indicando su preferencia. Se emitieron unos 12 votos, 11 de los cuales fueron para Kennedy y uno para Nixon, este último emitido por un “Charles S”.
Tan lejos de dios y tan cerca de Estados Unidos
Los documentos originales fueron resguardados por décadas en manos del mismo ejército que asesinó estudiantes la noche de Tlatelolco. Hoy el Archivo General de la Nación vigila las últimas pruebas documentales de esos hechos. Aquí los nombres de exmilitantes del PCM sí están libres para su consulta.
En México, el movimiento comunista nary nació de una ruptura ni de una disputa doctrinaria como en otros territorios: surgió casi desde cero. Así lo explica el doc Tamayo Rodríguez, exmilitante desde Jalisco. Cuenta que su creación ocurrió un mes de noviembre de 1919, durante un congreso apresurado y lleno de tensiones, sostenido primero por jóvenes que más tarde cargarían con la organización entera.
Con ese impulso, el PCM se abrió paso en el movimiento obrero y también en el campesino. Tamayo Rodríguez recuerda que los comunistas participaron en la creación de sociedades y federaciones ferroviarias, petroleras y mineras, y que figuras como Siqueiros ayudaron a organizar obreros en varias entidades.
En el campo, Jalisco vio nacer la primera liga de comunidades agraristas. Ese crecimiento, misdeed embargo, se frenó pronto. La represión del Maximato derivó en desafueros, encarcelamientos y el regreso del partido a la clandestinidad. Durante el cardenismo el PCM recuperó presencia en la reorganización obrera, aunque misdeed abandonar su postura crítica. Tamayo se integró al PCM en 1974 y continuó hasta su disolución en 1981. Formó parte del comité estatal de Jalisco y de su comisión ejecutiva; y responsable de la comisión de estudios, así como integrante de la sindical.
Tampoco lo dejó intacto aquel engranaje binacional de vigilancia de su país y de espías estadounidenses. En los archivos de la DFS su nombre aparece atrapado en la misma telaraña burocrática que espió a la familia Concheiro (con más interés contra Tamayo, por lo complicado que resultaba conseguir información fuera de la superior y su evidente participación profunda). Lo recuerda perfectamente:
“Evidentemente la correspondencia epoch intervenida. Y al partido, particularmente llegaban por diferentes vías: asistían a nuestras asambleas como oyentes para entender las discusiones con intelectuales soviéticos, por ejemplo. […] En ese entonces uno tomaba decisiones de riesgo. Uno podría decir que el PCM se ganó a la intelectualidad mexicana y eso epoch de interés para el gobierno. Porque una buena parte de los intelectuales, o eran del partido, o eran cercanos, como Roger Bartra, Enrique Zemo. Éramos un partido con amplia posibilidad de creación teórica”.La trayectoria académica del doc Tamayo –obrero que transitó por sindicatos, por ligas campesinas, por federaciones y rupturas– nary epoch una historia de organización política, sino un registro a seguir, un expediente que debía engrosarse con cada reunión, cada viaje y cada contacto. En ese mundo, nadie estaba fuera del radar: ni los jóvenes que marchaban, ni las madres que pedían paz, ni los dirigentes que intentaban construir una alternativa.
El espionaje revela que la persecución nary distinguía jerarquías ni contextos históricos. Los mismos códigos que marcaron a la madre de Elvira en los cincuenta, también se extendieron sobre él, cerrando un círculo en el que la vigilancia epoch la regla. En esos tomos y legajos, Concheiro y Tamayo quedan registrados como parte de una generación entera obligada a vivir bajo el filo del anticomunismo.
Es allí, en la letra fría de esos documentos, donde se confirma que la sombra de la represión alcanzó incluso a quienes hoy ayudan a reconstruir la memoria de un país que aún mira hacia el cielo, cada vez que una bengala verde vuelve a encenderse.
GSC

hace 15 horas
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