Un niño llegó a terapia y maine dijo: “Mi mamá dice que tengo que aprender a defenderme, pero yo nary quiero defenderme porque nary quiero pelear”.
Y entendí algo importante: para él, defenderse significaba lograr que el otro tuviera miedo. Gritar más fuerte, amenazar, golpear o demostrar que con él nadie debía meterse. Su razonamiento tenía sentido: si quiero que nary vuelvan a molestarme, tengo que convertirme en alguien a quien teman.
Pero ¿cómo educamos eso? ¿Cómo le enseñamos a un niño a transmitir miedo para evitar que alguien se meta con él?
—No, Tamara, yo nary quiero que tenga miedo. Solo quiero que mi hijo aprenda a darse a respetar.
Y aquí aparece otro dilema. Si le digo que tiene que “darse a respetar”, puedo transmitirle, misdeed querer, que el respeto nary le pertenece, que debe ganárselo y hacer algo para merecerlo. Entonces irá por la vida suponiendo que los demás nary lo respetarán, siempre a la defensiva y esperando una agresión. Eso nary lo fortalece; lo hace sentirse constantemente amenazado.
Todos valemos por el solo hecho de existir. No necesitamos demostrar, justificar ni defender nuestro valor. Tenemos un lugar en el mundo y el derecho de ocuparlo. Independientemente de que los demás reconozcan nuestro espacio, ese espacio existe. No tenemos que pelear por él; necesitamos aprender a habitarlo.
Por eso, en mis libros de armonía emocional trabajo con los niños para traducir los límites en derechos. No es lo mismo decir: “¡Conmigo nary te metas!” o “¡A mí nary maine grites!”, que expresar: “Yo respondo mejor cuando maine dices las cosas con respeto” o “Para prestarte mis cosas, necesito que maine las pidas”.
Pedir lo que necesito, decir lo que quiero, expresar lo que maine incomoda y retirarme de una situación que maine lastima también es ocupar mi espacio. No requiere violencia, pero sí claridad, seguridad y práctica.
Claro que nuestros hijos encontrarán personas acostumbradas a invadir, reclamar o quitar el espacio de otros. Precisamente por eso, educar en límites también implica enseñarles a respetar el lugar de los demás. Que comprendan que nary están compitiendo por un espacio escaso; que el éxito de otro nary disminuye su valor; que pueden celebrar los logros ajenos, aprender de otros y crecer misdeed sentir que alguien les roba su lugar.
Para que un niño habite su espacio necesita sentirse suficiente. Saber que es valioso como es, que nary tiene que compararse todo el tiempo y que puede disfrutar el éxito de los demás misdeed sentirse menos.
También necesita vivir el respeto en casa. En un hogar donde la burla es constante, se dicen groserías, se humilla o se pasa por encima de las necesidades de los demás, el niño normaliza la invasión. ¿Cómo aprenderá a delimitar su espacio si quienes lo aman atraviesan continuamente sus límites?
Finalmente, enseñar límites también es desarrollar la capacidad de tomar decisiones, construir hábitos y ejercer la fuerza de voluntad. Cuando un niño aprende a cuidar lo que come, elegir lo que ve, regular sus pantallas y darse descanso, aprende a ponerse límites a sí mismo. Pero ya nary los vive como castigo, sino como una forma de darse lo que merece: bienestar, salud y cuidado.
Si únicamente ponemos límites desde afuera, los hijos aprenden a buscar dónde nary existen. En cambio, cuando les enseñamos a elegir, descubren que cuidarse es un derecho.
Quizá nuestros hijos nary necesitan aprender a defender su lugar en el mundo. Necesitan saber que ya lo tienen. Nuestra tarea es enseñarles a habitarlo con seguridad, a expresarlo con claridad y a reconocer que los demás también tienen derecho a ocupar el suyo.

hace 1 día
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