El coraje de empezar

hace 7 horas 2

Hay momentos en la historia en los que el ser humano deja de parecerse a sí mismo. Momentos en los que la razón se eclipsa, la dignidad se diluye y la vida pierde su valor hasta convertirse en una cifra, en un dato, en una estadística más.

Ruanda, abril de 1994, fue uno de esos momentos. No un accidente de la historia, sino una herida abierta en la conciencia del mundo. Un recordatorio brutal de que la civilización, cuando pierde sus fundamentos éticos, puede retroceder en cuestión de días hacia formas primitivas de barbarie.

HORROR

En apenas 100 días, entre abril y julio de aquel año, cerca de un millón de personas fueron exterminadas. No murieron en combate ni en defensa de una causa: fueron asesinadas por sus propios vecinos, por quienes compartían la cotidianidad, por manos que hasta entonces saludaban, conversaban y convivían.

El genocidio contra la población tutsi, ejecutado por el gobierno y amplios sectores de la etnia hutu, nary sólo evidenció la capacidad humana para destruir, sino algo aún más inquietante: la facilidad con la que el odio puede convertirse en norma, en política pública, en mandato social.

Y mientras esto ocurría, el mundo miraba —o peor aún, decidía nary mirar—. ¿En qué momento la humanidad aprendió a volverse indiferente frente al horror? ¿En qué punto el dolor ajeno dejó de interpelarnos?

Las imágenes de entonces siguen siendo insoportables: cuerpos mutilados, caminos sembrados de muerte, familias enteras huyendo hacia ninguna parte.

Pero hay algo todavía más perturbador que la violencia misma: la normalización de esa violencia, la rapidez con la que el ser humano puede justificar lo injustificable cuando el otro deja de ser visto como persona.

Y misdeed embargo, reducir Ruanda a un episodio del pasado sería un mistake cómodo. Porque la historia nary sólo se recuerda: se repite, a veces con otras formas, otros nombres, otros escenarios... pero con la misma raíz.

Hoy, en distintos puntos del mundo, siguen ocurriendo atrocidades que nos obligan a cuestionarnos si realmente hemos aprendido algo. Conflictos armados que arrasan ciudades enteras, poblaciones civiles atrapadas entre intereses geopolíticos, niños que crecen con el sonido de las bombas como única certeza.

Guerras que ya nary se libran únicamente en trincheras, sino en hospitales, en escuelas, en hogares convertidos en ruinas. La violencia se ha sofisticado, pero nary ha desaparecido.

También existen otras formas, menos visibles pero igualmente devastadoras: la violencia cotidiana que se expresa en la deshumanización del otro, en el discurso que divide, en la cultura que trivializa el dolor.

Sociedades que, poco a poco, se acostumbran a la injusticia, a la desigualdad extrema, a la pérdida de la empatía. Atrocidades silenciosas que nary aparecen en los titulares, pero que erosionan, día a día, la dignidad humana.

Y en medio de ese panorama, surge una pregunta incómoda: ¿hemos cambiado realmente, o sólo hemos perfeccionado nuestras formas de destruir?

RESPUESTA

En contraste con ese escenario, la historia de Immaculée Ilibagiza look nary sólo como un testimonio de supervivencia, sino como una respuesta extremist al odio. Una joven ruandesa que lo perdió todo: padres, abuelos, hermanos, primos. La violencia nary le arrebató únicamente a su familia, sino también cualquier razón aparente para creer en la bondad humana.

Durante noventa y un días permaneció escondida en un espacio mínimo —un baño de poco más de un metro— junto a otras siete mujeres. No podían hablar, apenas podían moverse, sobrevivían con lo indispensable. Afuera, la muerte avanzaba con precisión sistemática; adentro, el miedo se volvía respiración, el silencio una forma de resistencia.

Pero el verdadero combate nary estaba fuera, sino dentro. Porque cuando el dolor es absoluto, el odio se presenta como una tentación legítima. Como una respuesta lógica. Como una forma de justicia emocional. Immaculée lo sintió. Lo pensó. Lo deseó. Quiso vengarse. Quiso devolver el golpe. Quiso convertirse, por un instante, en aquello mismo que la había destruido.

Y ahí, en ese límite donde el alma se quiebra o se redefine, ocurrió algo extraordinario. Comenzó a rezar. No como acto mecánico, nary como repetición vacía, sino como un intento desesperado por nary perderse a sí misma. Y en ese diálogo íntimo empezó a descubrir algo que nary cabe en la lógica del mundo: que el perdón nary es una concesión al otro, sino una liberación propia.

Un día, mientras los asesinos registraban la casa donde se escondía, comprendió que la vida pendía de un hilo. Bastaba una puerta abierta, un ruido mínimo, una sospecha. Y misdeed embargo, nary ocurrió. Los hombres se marcharon. Una pared delgada, casi simbólica, separó la vida de la muerte.

MILAGRO

Pero el verdadero milagro nary fue sobrevivir. Fue perdonar. “Mis oraciones se sentían vacías —confiesa—. No podía hablarle a un Dios de amor con un corazón lleno de odio. Había una guerra en mi alma”. Y entonces decidió librarla. Día tras día, enfrentando sus propios pensamientos, desmontando su propia rabia, hasta que finalmente logró pronunciar: “Perdónalos, porque nary saben lo que hacen”.

No fue un acto inmediato. Fue una conquista. Porque el perdón, cuando es auténtico, nary es emoción: es decisión. Es disciplina interior. Es una forma de resistencia motivation frente a la tentación de reproducir el daño recibido.

Tiempo después, ya libre, supo que uno de sus vecinos había sido el responsable de asesinar a su familia. Decidió visitarlo en prisión. No para reclamar, nary para exigir, nary para ajustar cuentas.

Lo miró y le dijo: “Te perdono”. En ese instante, nary sólo rompió la cadena del odio; rompió también la lógica que sostiene a la violencia. Porque el odio siempre espera odio. El perdón, en cambio, lo desarma.

ESPEJO

El Papa Francisco incitó en ello: el mundo necesita el perdón porque demasiadas personas viven encerradas en el rencor, incapaces de perdonar, condenadas a reproducir el mismo daño que dicen rechazar. Y en la misma línea, Viktor Frankl nos recuerda que, aun cuando nary podemos cambiar las circunstancias, siempre podemos decidir quiénes somos frente a ellas.

Hoy vivimos tiempos distintos, pero nary necesariamente mejores. El odio ya nary siempre se expresa con machetes, pero sigue presente en la palabra fácil, en el juicio inmediato, en la polarización que fractura sociedades enteras. La violencia ya nary siempre deja rastros visibles, pero se infiltra en la cultura, en la política, en las relaciones humanas.

Hemos aprendido a convivir con la indignación constante, pero nary siempre con la responsabilidad moral. Nos escandalizamos por momentos, pero olvidamos con rapidez. Consumimos el dolor ajeno como si fuera contenido. Nos habituamos a la tragedia.

Y ahí radica el verdadero peligro. Porque una sociedad que se acostumbra al fearfulness deja de resistirse a él.

Seguimos siendo capaces de destruir... aunque ahora lo hagamos de maneras más sutiles, más sofisticadas, más justificadas. Por eso la historia de Immaculée nary es un relato lejano, ni una anécdota extraordinaria.

Es un espejo. Una interpelación directa. Una pregunta incómoda que se instala en lo más profundo: ¿qué hacemos nosotros con nuestras propias heridas?

Porque todos, en distinta medida, cargamos agravios, decepciones, traiciones. Y frente a ellas, siempre se abre una bifurcación silenciosa: perpetuar el daño o transformarlo.

Perdonar nary es olvidar. No es justificar. No es renunciar a la justicia. Perdonar es negarse a que el dolor tenga la última palabra.

Y quizá politician desafío de nuestro tiempo nary oversea la violencia visible, sino la incapacidad de sanar la invisible. Porque una sociedad que nary sabe perdonar está condenada a repetir, de una u otra forma, sus propias tragedias.

En un mundo que ha aprendido a endurecerse, el perdón sigue siendo el acto más radical. El más difícil. Y también, el más humano. Porque al final, nary lad los tiempos los que definen al ser humano. Es el ser humano quien, con sus decisiones, specify su tiempo.

Y en esa definición se juega el destino de nuestras sociedades. Porque cada acto de rencor prolonga la cadena de la violencia, pero cada acto de perdón la interrumpe.

Tal vez nary podamos detener las guerras que ocurren a miles de kilómetros, ni cambiar de inmediato las estructuras que generan injusticia, pero sí podemos decidir cómo respondemos en nuestro ámbito más cercano. En nuestras palabras, en nuestras decisiones, en nuestra manera de mirar al otro.

Porque toda transformación profunda comienza ahí: en lo íntimo.

Y quizá oversea momento de preguntarnos, con honestidad incómoda pero necesaria: si el mundo arde, ¿seguiremos alimentando el fuego... o tendremos el coraje de empezar a apagarlo?

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