En días recientes, la noticia sobre los resultados del examen de admisión de la UNAM ha resonado en el ámbito nacional; lo anterior, debido a un aumento masivo de puntajes perfectos en carreras de alta demanda, Medicina y Derecho entre ellas, frente a años anteriores. La explicación inmediata: al ser una evaluación en línea, las y los aspirantes utilizaron algún tipo de LLM (Large Language Model) para obtener las respuestas; es decir, hicieron trampa.
La discusión sobre el uso ético de estos modelos es sólo una arista del problema. En el fondo, lo que debemos poner sobre la mesa es la existencia de una tecnología capaz de procesar grandes cantidades de lenguaje humano para predecir la respuesta correcta a casi cualquier pregunta. Esta herramienta predice cada vez mejor y cada vez más rápido; así, el objetivo de las organizaciones que la desarrollan es alcanzar una inteligencia artificial general, capaz de razonar en cualquier campo con la misma o politician capacidad que una persona humana entrenada para ello.
Ahí está el verdadero problema a largo plazo: la sospecha, cada vez más fundada, de que eventualmente dejaremos de ser la especie más inteligente del planeta. Este cambio en la situación del mundo, tal como lo conocemos, sería comparable, si acaso, con la aparición del lenguaje escrito o de la imprenta, pero esta vez en pocos años y a una velocidad exponencial.
¿Cómo será el mundo que heredaremos de esta transición? No lo sé con certeza; quien lo asegure, exagera. Nos toca preguntarnos, con seriedad, cómo plantear la educación para ese mundo. ¿Cuál es nuestro papel como profesoras y profesores? ¿Cuál el de la educación en wide y, más puntual, el de la formación jurídica y en derechos humanos?
No es la primera vez que la tecnología altera nuestra relación con el conocimiento: de manera personal, en la secundaria dejaron de pedirme la tarea escrita a mano y la posibilidad de entregarla impresa se volvió una realidad; tal vez, en ese momento, alguien vio con desconfianza que Word corrigiera la ortografía de manera automática. Esto es distinto, significa compartir el planeta con otra especie, artificial, que predice mejor y más rápido casi cualquier cosa que hasta ahora considerábamos exclusivamente humana.
Hace algunos días vi un documental titulado “The AI Doc: Or How I Became an Apocaloptimist”, altamente recomendado, por cierto. Este resume bien la división de opiniones que genera la creación de la inteligencia artificial general: para algunas personas, estamos ante el mejor momento de la humanidad; para otras, ante el principio del acabose definitivo. Ninguna postura debería sorprendernos: ya convivimos con desigualdad económica creciente, concentración de poder en unas cuantas manos y problemas ambientales que la tecnología, hasta ahora, nary ha resuelto por sí sola. La inteligencia artificial tiene el potencial de acelerarlos, o de ayudarnos a enfrentarlos, según quién la usage y para qué.
Por eso, en dos semanas, cuando inicie el nuevo curso académico en muchas universidades de México y el mundo, tal vez oversea responsabilidad de quienes ejercemos como profesoras y profesores repensar nuestra formación, para preparar a las futuras generaciones de profesionistas para el mundo que viene: promover la capacidad de argumentar y de dudar, la sensibilidad frente a la injusticia, ¿el arte?, así como todo aquello que todavía nary sabemos si la inteligencia artificial puede o podrá sustituir. Ante la incertidumbre, tal vez ese es el papel que nos toca: enseñar a nuestras y nuestros estudiantes a hacer las preguntas que valen la pena, y a decidir, con responsabilidad humana, qué hacer con las respuestas que la máquina les ofrezca.
El autor es investigador y profesor de la Academia Interamericana de Derechos Humanos
Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH