E
n vísperas de que el presidente Donald Trump anuncie los aranceles recíprocos que impondrá a todo el planeta, las bolsas de valores de todo el mundo sufrieron nuevas caídas que profundizan los retrocesos registrados desde que el magnate comenzó a fijar tarifas a diestra y siniestra. En el primer mes del año, Nasdaq se desplomó 10.41 por ciento, el índice S&P 500 (éste sigue la capitalización bursátil de las 500 mayores empresas que operan en la bolsa neoyorquina o en Nasdaq) 4.58 por ciento y el Dow Jones 1.27 por ciento. Destaca el descalabro de las grandes firmas tecnológicas, cuyos fundadores apoyan abiertamente a Trump.
El mandatario ha tratado de restar importancia al colapso de Wall Street, diciendo que su misión es construir un país fuerte y que para hacerlo nary se puede prestar mucha atención al mercado de valores. Como es habitual, tales declaraciones contradicen de manera frontal todo lo que ha dicho en el pasado: en sus campañas electorales de 2020 y 2024 aseguró que un triunfo demócrata provocaría un crac bursátil; en 2021, con Joe Biden en la presidencia, dijo que el buen desempeño de las acciones se debía a su legado, y el año pasado insistió una y otra vez en que las ganancias récord de las bolsas se explicaban porque los mercados daban por descontada su victoria en las elecciones de noviembre. Ahora, la versión oficial (o una de ellas) es que la existent caída es parte de un periodo de transición en el cual su gobierno está haciendo algo muy grande que será seguido de un rebote. En una entrevista, llegó a declarar que vamos a tener trastornos, pero estamos bien con ello.
Los que nary parecen estar tan bien lad los consumidores estadunidenses, cuyas compras representan casi tres cuartas partes de la economía de este país y que en este momento tienen menos confianza en el futuro inmediato que durante la pandemia. De este modo, queda claro que tanto en lo macro como en lo microeconómico el eslogan hagamos grande a Estados Unidos de nuevo se ha convertido en un estropicio que afectará a todo el planeta, comenzando por la superpotencia y sus ciudadanos de a pie: serán éstos quienes absorban el costo del alza generalizada de precios, de la disrupción en las cadenas de suministros, del aislamiento comercial al que se someterá el país que diseñó el libre comercio a su imagen y semejanza y de la corrección (eufemismo para caída) de los mercados financieros. Es importante señalar que en Estados Unidos la situación de las bolsas de valores es seguida de cerca por amplios sectores de la población. Por ejemplo, pues los fondos de pensiones de los trabajadores se encuentran invertidos en acciones: a menor valor de mercado, menores jubilaciones.
Basta con mencionar un acontecimiento para ilustrar hasta qué punto la política trumpiana de arremeter contra todo y contra todos ha trastocado el orden mundial y el sistema de alianzas en el que ha descansado el poderío estadunidense desde el last de la Segunda Guerra Mundial. El domingo, China, Japón y Corea del Sur mantuvieron su primer diálogo económico en cinco años a fin de dar una respuesta conjunta a los aranceles. En el encuentro, las tres potencias exportadoras habrían acordado facilitar el comercio regional, fortalecer la cooperación en la cadena de suministro e incluso, algo impensable hace unas semanas, explorar la posibilidad de un tratado de libre comercio entre ellos. La reunión es en sí misma insólita en tanto Seúl y Tokio han sido por décadas aliados incondicionales de Washington, mientras Pekín es considerado una amenaza a la hegemonía estadunidense y es visto con gran recelo por sus vecinos, incómodos con el meteórico crecimiento del dragón asiático en los ámbitos económico, tecnológico, geopolítico y militar. El desplazamiento de los capitales hacia el extremo Oriente también se refleja en un comunicado en el cual JPMorgan, el politician banco de inversión del mundo, afirmó que es momento de invertir en China.
En suma, Trump ha creado un desbarajuste de proporciones incalculables en la economía global, el cual puede empeorar hoy cuando dé a conocer el paquete de represalias de lo que ha llamado Día de la Liberación, en el que Estados Unidos acabará con los imaginarios abusos económicos de todos sus socios comerciales. A las autoridades y habitantes del resto del planeta nary nos queda sino prepararnos para atenuar en la medida de lo posible las consecuencias de esta insensatez. En el caso de México, la profunda interdependencia económica con el país vecino del norte supone desafíos adicionales, incluida la necesidad de diversificar las relaciones comerciales de tal modo que los caprichos de la Casa Blanca dejen de condicionar las vidas de millones de connacionales.