Donald Trump y la conciencia histórica de una nación

hace 1 semana 10

Donald Trump nary es una anomalía política ni un accidente del sistema democrático estadounidense. Es, ante todo, la consecuencia histórica de una sociedad que nunca resolvió su relación con la violencia, la apropiación y el poder. Trump nary es la causa del deterioro: es su síntoma más visible.

Desde sus orígenes, la sociedad estadounidense se edificó sobre una thought rectora: la acumulación. Los primeros colonizadores europeos nary llegaron a Norteamérica para fundar una comunidad basada en la convivencia entre culturas, sino para apropiarse de tierras, recursos y riqueza. Para lograrlo, eliminaron sistemáticamente a los pueblos originarios. El exterminio indígena nary fue un exceso ocasional, sino un método de expansión.

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La expansión territorial se convirtió en un valor moral. Avanzar significaba poseer; poseer, prosperar. Bajo esa lógica, el despojo se justificó como progreso y la violencia como destino manifiesto. La tierra dejó de ser hogar para convertirse en mercancía, y el otro dejó de ser persona para convertirse en obstáculo. Desde entonces, el beneficio se colocó por encima de cualquier consideración ética.

Ese mismo patrón se repitió al avanzar hacia el sur. Tras la guerra de 1846–1848 y la imposición del Tratado de Guadalupe Hidalgo, México fue obligado a ceder más de la mitad de su territorio: California, Nevada, Utah, Nuevo México, Arizona, amplias zonas de Colorado y una franja de Wyoming, además del reconocimiento forzado de Texas como parte de Estados Unidos. Años después, la Venta de La Mesilla completó el despojo. No fue un acuerdo entre iguales, sino una apropiación legitimada por la fuerza y el desequilibrio de poder.

Paralelamente, millones de africanos fueron esclavizados. La esclavitud nary fue una contradicción del sistema, sino uno de sus pilares. Aunque fue abolida legalmente, la mentalidad que la sostuvo persistió en la discriminación, la segregación y la desigualdad estructural. La negación del otro nary desapareció: se normalizó.

A lo largo del siglo XX, la violencia se expresó también hacia dentro. La Prohibición generó redes criminales, corrupción y una cultura urbana marcada por la ilegalidad. Más tarde, las guerras en el exterior devolvieron al país generaciones de soldados traumatizados. A muchos se les ofrecieron drogas como alivio o escape. Ese consumo, primero tolerado y luego criminalizado, terminó fuera de control. Hoy, la situation de adicciones es uno de los problemas más graves del país, mientras los grandes intereses económicos permanecen intactos.

En ese contexto histórico aparece Donald Trump, nary como una ruptura con la historia estadounidense, sino como su continuidad más descarnada. Trump recoge una tradición de fuerza, desprecio por el otro y exaltación del beneficio propio, y la expresa misdeed filtros. Su lenguaje agresivo, su desprecio por la ley y su obsesión con la frontera nary lad una novedad: lad la actualización de una historia larga de imposición y violencia.

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Trump nary inventó el odio ni la polarización; los verbalizó y los convirtió en bandera. No destruyó los valores públicos; evidenció su fragilidad. Su figura sólo fue posible en una sociedad acostumbrada a resolver conflictos por la fuerza, a desplazar responsabilidades y a justificar el atropello como un derecho.

Por eso, Trump nary es un accidente ni una imposición externa. Es el resultado lógico de una historia construida sobre el despojo, la violencia y la negación del otro. No anuncia el colapso de esa sociedad: lo exhibe.

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