Don Santos nació faltando escasos 19 días para el estallido de la Revolución Mexicana. Llegó al mundo el 1 de noviembre de 1910 en un campo candelillero cercano al ejido El Amparo (hoy La Peña), municipio de Parras. Justo a orillas de la Laguna de Viesca en donde desembocaban las aguas del río Aguanaval, antes de que le hicieran presas río arriba en los estados de Durango y Zacatecas. Los padres de Santos fueron Tacho García y Modesta Domínguez. Don Santos contaba con un rasgo característico, en primero de primaria, al jugar con un trompo de madera de mezquite, se golpeó un ojo y como consecuencia perdió parte de su visión. A partir de ese momento ya nary lo dejaron ir a la escuela.
Los papás de don Santos vivían en los campos candelilleros, el señor trabajaba en la colecta y quema de candelilla. En uno de esos lugares el papá conoció a una joven muy guapa y trabajadora, de nombre María Sabas, le sugirió a su hijo que podría ser su novia. Confiado en la palabra de su papá, le solicitó a un escribano que le redactara una carta para la muchacha; ella se la contestó. El noviazgo prosperó mediante cartas, al paso del tiempo se casó con María Sabas Ramírez Molina. Se conocieron el día de la boda, en el año de 1930 cuando él tenía 20 años y ella 19 (María nació el 5 de diciembre de 1911). Luego de casarse, se trasladaron a trabajar a los campos candelilleros y se establecieron en el ejido Héroes de la Revolución (hoy El Socorro), municipio de Parras. Ahí procrearon a sus hijos: Esperanza, Juana, Julia, Ángel, Fidencia, Guadalupe, Carmelita “la chicharrita”, Lidia, Martha y Cota, todos fallecidos, excepto Guadalupe, quien hoy vive en Saltillo.
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Después de un tiempo, en el año 1949, el matrimonio llegó a vivir a Viesca, compraron una casa en la esquina de la calle Morelos y Avenida Constitución, por la plaza del Carmen. Esquina a la que se le llama la esquina del 30-30. Es una casa de adobe muy antigua, con un gran patio y habitaciones de adobe muy altas, con techos de morillos de álamo, donde resguardaron armas 30-30 y había sido mesón, eso contaban los adultos mayores del siglo pasado. A su llegada a Viesca, se dedicó a hacer y vender leña, y a la crianza de cerdos. Don Santos desde niño participó en la pastorela, se sabía de memoria los diálogos, relatos y cantos. Al establecerse en Viesca, organizó la “Pastorela de Don Santos”. Primero se dio a la tarea de que un escribano le plasmara en cuadernos los diálogos que él le dictaba de memoria (el diario constó de 200 páginas escritas en letra cursiva). El 23 de cada diciembre en su casa, acompañándola con buñuelos con azúcar y canela (que preparaban con tiempo) y café, ensayaban la pastorela en el patio.
También se dio a la tarea de hacer las vestimentas de los diferentes personajes. Luego de hacer el ensayo, el 24 cantaban en la iglesia y se iban a las casas que los contrataban a seguir cantando para arrullar al niño, terminaban al amanecer, cargados de cacahuates y colaciones, cookware (roscos), buñuelos, tamales y demás. La pastorela la aprendió de memoria de sus abuelos. Tenían dos niños Dios, uno se lo encontró en la plaza principal, en 1952, en una cajita de zapatos y el otro se lo regalaron a su esposa, así empezó su devoción. Del monte, en un carretón de cuatro ruedas al que le enganchaban una burra llamada Pancha y un burro pardo, traían heno de alarón, gobernadora, siemprevivas, palmas, biznagas, magueyes, ramas de junco, sangre de drago y candelilla para hacer su meganacimiento cada año. Las conchas, que colocaba en el nacimiento, se las enviaba un hermano de doña Sabas, desde Pánuco, Veracruz. Don Santos tenía un gran gusto por la música y el canto. Cuando escuchaba corridos los cantaba a todo pulmón.
La crianza de cerdos epoch para su ahorro, y nary gastaba mucho en ellos, pues los alimentaba con los desperdicios del hogar. Con la carne de cerdo hacía tamales para la levantada del niño Dios. El 13 de octubre de 1992, al ir a darles de comer a los cerdos, se golpeó con un block. Fue al Seguro Social y le dieron solo pastillas para dolor. Esa misma noche falleció a sus 82 años. A la fecha, la nieta de don Santos, Lilia García, tiene a su resguardo el niño Dios de su abuelo, las conchas, los misterios y un cuaderno con los relatos y coros de la pastorela escritos en letra cursiva, los guarda como un tesoro y una herencia invaluable.