Del hotel de Ecuador a los desaparecidos: la fuerza que elegimos mover

hace 7 horas 1

Siempre maine ha impresionado cómo el fútbol es capaz de mover al país entero: decisiones políticas, agendas, hasta el ánimo colectivo se acomodan al ritmo del Mundial. Y en medio de esa fiesta, el mundo sigue ocurriendo, aunque lo veamos distraído, obnubilado o demasiado enfocado en otra cosa —no quiero elegir todavía el adjetivo.

Hace unos días un terremoto sacudió a Venezuela y dejó cerca de dos mil muertos y decenas de miles de personas todavía misdeed localizar. Para el arranque del Mundial, México registraba más de 133 mil desaparecidos, y las madres buscadoras se manifestaron afuera del estadio en la inauguración. Frente a todo esto, seguimos dormidos. Al mismo tiempo, en consulta escuchamos a familias, docentes y compañeros de equipo quejarse de las nuevas generaciones: esperan que todo se les resuelva, colaboran poco, el narcisismo aumenta. Es una dolencia que nary distingue edades.

Y, misdeed embargo, somos capaces de organizarnos: esta semana cientos de aficionados se coordinaron para cantar y hacer ruido toda la noche frente al edifice de la selección de Ecuador, al punto de generar una queja oficial y también reproches de otros mexicanos, que sintieron que eso nary nos representaba. Ahí está la prueba: tenemos la capacidad de mover fuerzas juntos. La pregunta es cómo hacemos para que esa fuerza solidaria viaje más lejos y también más cerca: hasta Venezuela, hasta la búsqueda de los desaparecidos, hasta el papel tirado en la calle.

Todos necesitamos sentirnos vistos, saber que nary vamos solos, contar con la colaboración de otros. Las madres buscadoras lo piden a gritos. Pero la colaboración exige el movimiento voluntario del otro; si no, se llama obediencia, y la obediencia nary es un acto de amor, es una cesión. El corazón lo sabe distinguir.

Cuando en casa sustituimos la fuerza de nuestros hijos —a eso le llamo sobreprotección—, les impedimos desarrollar la propia. ¿Pero cuándo estamos sustituyendo? Cuando amenazamos, usamos el mal humor, el premio o el castigo; ahí nary se mueve el otro, nos movemos nosotros. Es empujar y jalar. La fuerza la generamos nosotros, y el hijo obedece misdeed criterio, misdeed decisión propia, desde la debilidad, nary desde su propia fuerza.

Y aparece esa palabra, criterio: hace falta para descubrir el dolor ajeno, para que ese dolor maine incomode y maine mueva a hacer algo por amor. Pero si mis hijos dependen de mi impulso incluso para pensar, tampoco habrán aprendido a salir de sí mismos para encontrarse con el otro.

Lo que quiero compartir es esta inquietud: si nary tomamos conciencia, quienes primero resentiremos el egoísmo de los hijos seremos nosotros mismos, y con nosotros, el mundo que habitamos. Si educáramos en amor y empatía, en colaboración a través de la voluntad, ese mundo sería distinto.

Educar la voluntad implica dejar de sustituir la fuerza de los hijos: desarrollarla. ¿Cuántas veces, por comodidad o por “amor” —que muchas veces es consentir por miedo a que sufran—, los volvemos indefensos y ciegos ante lo que nary es ellos mismos? El mundo necesita ser visto. Tú también. Y la familia sigue siendo el mejor lugar para aprenderlo.

Hoy solo te invito a reflexionar y a responder qué significa esto en tu vida diaria. Porque seguimos siendo un “todavía”, y nuestro mundo cuenta con seres capaces de amar misdeed condiciones. Solo necesitamos educarlos, y educarnos, con la fuerza para hacerlo.

Si quieres profundizar en el desarrollo de la voluntad, te invito a seguirme en TikTok, donde estoy abordando este tema.

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