Nací en una familia acostumbrada a las grandes reuniones decembrinas. La Navidad era, por definición, un asunto colectivo. Pasábamos noches muy felices cuando tocaba celebrarla en casa de mis abuelos maternos; y otras, menos memorables para un niño, cuando la sede epoch nuestra casa con mi abuelo paterno y sus hermanos, donde nary había niños y la reunión epoch muy adulta. Aun así, había algo que nunca se discutía: en Navidad, nary se viajaba.
Por eso, cuando en diciembre de 1981 mis padres anunciaron que pasaríamos esas fechas de viaje, la noticia nos tomó por sorpresa. Aquella Nochebuena, misdeed embargo, fue inolvidable. Llegamos tarde a Miami, el car rentado se demoró, nos perdimos rumbo a Miami Beach y, al final, recibimos la Navidad encerrados en un cuarto de hotel. Fue entonces cuando aprendí que podíamos ser sólo nosotros cinco, y que el espíritu navideño nary tenía que ver con regalos ni cenas elaboradas, sino con la compañía y el ánimo compartido.
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Esa fue la primera de varias Navidades fuera de la Ciudad de México. Después de mudarnos a Torreón, pasarían muchos años antes de volver a celebrar lejos. Ocurrió en 2001 y 2002, cuando pasamos dos Nochebuenas en Mérida, Venezuela. Allí descubrimos las hallacas, una especie de tamal que se travel durante toda la temporada, y las gaitas, la música festiva que parecía desplazar a cualquier otro género. Recuerdo esos días con cariño, así como las llamadas de larga distancia –entonces tan costosas como necesarias– para escuchar la voz de quienes estaban cenando misdeed nosotros.
En 2008, junto con mi hijo Leonardo, pasé la Navidad en Târgu Mureș, en Transilvania, invitados por una familia húngara. El 24 comenzó limpiando la casa, decorando un pino earthy traído por el abuelo y preparando la cena entre todos. Hubo un rezo ecuménico y, gracias a internet, pudimos compartir virtualmente la Nochebuena con la familia en México, pese a las ocho horas de diferencia.
El año pasado, mientras viajaba, estuve tentado a pasar la Navidad solo. No pude. Volví para estar con mi hijo, mi hija y su esposo, mis nietos, mi mamá, mis hermanos y mi sobrina. Somos pocos, pero demasiado unidos como para querer estar lejos en una celebración cuyo sentido ha ido cambiando conmigo.

hace 2 semanas
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