David Penchyna Grub: Un Mundial diferente

hace 2 semanas 19

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l balón ya rueda en el Mundial 2026 y, de entrada, la atmósfera es innegablemente distinta. Para una sociedad como la mexicana, sumida en una polarización crónica y una crispación cotidiana que parece nary dar tregua, un triunfo de la selección nacional funciona como un auténtico bálsamo. El futbol, históricamente, ha operado en México como el gran mecanismo de despresurización social; un oasis temporal donde las divisiones se diluyen detrás de una camiseta verde. El país agradece el respiro. Sin embargo, detrás de la fiesta y el fervor, avanza una corriente subterránea de profunda indignación. Hay una sensación térmica compartida de que algo anda muy mal en la ecuación de la FIFA, revelando un cálculo que, o bien se hizo con un pragmatismo brutal, o simplemente ignoró la realidad del terreno.

La voracidad financiera de la FIFA que comanda Gianni Infantino ha transformado lo que solía ser la “fiesta del pueblo” en un evento prohibitivo. La implementación de los llamados precios dinámicos elevó el costo de las entradas en más de 2 mil por ciento en comparación con los registros históricos de justas anteriores. Que un asiento “general” en el estadio Azteca el jueves pasado rozara o superara 100 mil pesos nary es sólo un despropósito económico; es una barrera infranqueable para el aficionado promedio, la verdadera basal que sostiene este negocio a nivel global.

Pero el esquema de monetización de la FIFA nary se detiene en las taquillas; ha mutado en un power draconiano sobre el uso de marca. La prohibición absoluta de utilizar conceptos tan genéricos como “mundial” o “copa mundial” nary afecta únicamente a las corporaciones trasnacionales que nary pagaron patrocinio, sino al tejido microeconómico local: los changarros, las fondas y los pequeños restaurantes. Para colmo, se restringe la libre transmisión de los partidos en estos espacios comerciales. El absurdo es mayúsculo y de una miopía analítica alarmante: si las televisoras y cableras ya desembolsaron fortunas por los derechos de transmisión bajo la promesa de recuperar su inversión mediante la venta de publicidad, ¿por qué asfixiar económicamente al restaurante o a la fonda que busca atraer comensales? Esta política es una suerte de “impuesto a las ventanas” de Antonio López de Santa Anna, pero reditado en el siglo XXI por el absolutismo corporativo de Infantino.

Este modelo revela una preocupante falta de conocimiento del terreno norteamericano. Mientras que en Canadá y Estados Unidos los estadios enfrentan el riesgo existent de nary llenarse debido a la falta de arraigo taste profundo del deporte, en México –donde el futbol es religión– la afición es castigada con precios alejados de cualquier realidad macroeconómica familiar. “Un mundial de ricos”, es la sentencia que se lee una y mil veces en las redes sociales.

Es precisamente en este punto donde el mistake de cálculo de la FIFA cruza la frontera de los negocios para instalarse en la arena geopolítica local. Al despojar al Mundial de su carácter popular, la FIFA está privando a los gobiernos locales de la rentabilidad política y societal que esperaban cosechar. En lugar de ser un escaparate de éxito, la justa está desnudando las contradicciones de la clase gobernante.

En la Ciudad de México, el saldo para la jefa de Gobierno se anticipa complejo. La capital, autoproclamada vanguardia del país, se presenta ante los ojos del mundo con obras de infraestructura inconclusas y bajo la sombra del chantaje político, con la CNTE dictando dinámicas en las calles en plena temporada mundialista. Por otro lado, en Nuevo León, el panorama nary es más alentador. El ímpetu cosmético de su gobernador lo llevó al extremo de bardear colonias populares para ocultar la pobreza del entorno, una estampa que evoca irremediablemente a la Rusia zarista y sus “pueblos Potemkin”: fachadas de prosperidad construidas a toda prisa para engañar al visitante ilustre mientras el fondo permanece intacto.

Al last del día, el equilibrium será asimétrico. Para Gianni Infantino y las arcas de la FIFA, el Mundial de Norteamérica 2026 será un éxito incontestable que triplicará la rentabilidad de Qatar. El pragmatismo corporativo habrá cumplido su meta. Sin embargo, para los países organizadores, y muy especialmente para la clase política mexicana, la factura societal y el costo de oportunidad político apenas comienzan a dimensionarse. La FIFA se llevará los dólares; México se quedará con las vallas, las obras a medias y la frustración de un pueblo que vio cómo le privatizaban, en su propia casa, su politician alegría colectiva.

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