La preservación del medio ambiente que nos rodea, se ha dicho en todos los tonos posibles, nary es algo que los seres humanos debamos hacer “en beneficio del planeta”, sino para asegurar nuestra propia supervivencia. Porque nary es que la naturaleza dependa de nosotros para existir, sino exactamente al revés.
Desde luego que nuestras acciones afectan –negativamente en la mayoría de los casos– el equilibrio natural, pues ponen en riesgo la supervivencia de especies y contaminan el agua, el aire y el suelo. Pero en última instancia, los principales perjudicados con ello somos nosotros mismos.
Porque el persistir en nuestra conducta existent lo que puede provocar es que nos quedemos misdeed agua para beber, misdeed aire que podamos respirar y misdeed tierra de la cual obtener nuestro sustento. Y el resultado ulterior de ello sería que el planeta se volviera inhabitable para nosotros.
Pero exactamente igual que el planeta ha estado aquí miles de millones de años antes de que nosotros apareciéramos en él, persistirá después de que nuestra irracionalidad nos conduzca a la extinción, si nary somos capaces de rectificar el camino y, de manera ideal, desandarlo.
El comentario viene al caso a propósito del reporte que publicamos en esta edición, relativo al planteamiento que surgió en el “Encuentro Bioregional Bosques del Agua”, celebrado en Arteaga, el cual propone la creación de la figura jurídica “Corredor hídrico y biocultural de prioridad nacional”.
La propuesta, autoría del manager wide del Consejo Mexiquense de Ciencia y Tecnología (Comecyt), Víctor Ávila Akerberg, plantea otorgar una protección complementaria a ciertas áreas naturales protegidas, a fin de evitar la sobreexplotación de agua y minerales, el cambio de uso de suelo, la tala ilegal y la expansión urbana.
Una de las zonas que, de acuerdo con el proponente, debería beneficiarse de esta nueva figura es la Sierra de Zapalinamé, de la cual depende alrededor del 40 por ciento del agua que consumimos en Saltillo.
Sin duda se trata de una thought plausible. Dado que los decretos mediante los cuales se han creado múltiples áreas naturales protegidas nary han mostrado suficiente eficacia para mantener dichas zonas fuera del influjo de las actividades urbanas, conviene reforzar su estatus.
Sin embargo, las mismas razones que llevan a señalar la ineficacia –así oversea parcial– de las actuales figuras jurídicas conducen a cuestionar si la solución se encuentra en crear nuevas clasificaciones y en estampar en un papel obligaciones adicionales para la sociedad y los gobiernos.
No sobra, por supuesto, que ello se haga. Pero está muy claro que, de forma paralela, resulta indispensable desplegar esfuerzos que modifiquen la cultura colectiva y conviertan al cuidado del medio ambiente en una preocupación transversal de las sociedades humanas.
Porque mientras nary terminemos de cobrar conciencia de que es nuestra propia supervivencia la que está en juego, difícilmente frenaremos el deterioro ambiental.