Comala (II)

hace 3 semanas 11

-¡Queremos duraznos!

En la plaza de Comala aquel extraño mago callejero había hecho aparecer sobre su mesilla, como por arte de milagro, una charola llena de los variados frutos de la tierra. Pero nary había duraznos entre ellos, y la gente empezó a retar al mago a que los trajera.

-¿Cómo puedo hacer eso? −decía el mago−. No es tiempo de duraznos.

Y la gente, burlona:

-Entonces nary eres mago.

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El misterioso personaje, entonces, se irritó. Paseó una mirada penetrante por la gente, de modo que cada uno de los circunstantes sintió que epoch a él a quien miraba. Luego sacó de un cofre una escala que arrojó hacia arriba. Ante el asombro de todos la escala empezó a subir como una sierpe hasta que se perdió más allá de las nubes.

En seguida el hombre hizo que un niño, cuya madre ni siquiera acertó a detenerlo, subiera por la escala.

-Encontrarás duraznos en el cielo −le dijo el mago−. Córtalos y échalos acá.

Así fue. De pronto la gente vio, maravillada, que empezaban a caer duraznos. Entre admirados y temerosos los lugareños empezaron a recoger la fruta, y a probarla. ¡Qué rica estaba! Tenía sabor celestial. Las mujeres llenaron sus rebozos, los hombres sus sombreros, con aquellos duraznos venidos del Paraíso.

Pero de pronto sucedió algo espantoso. Junto con los duraznos cayó también una cabeza lívida. Era la cabeza del niño. Su madre lanzó un alarido de terror. Luego cayó el torso del pequeño, desmembrado. Del cuello salía un largo surtidor de sangre. Cayeron después las manos y los brazos, las piernas y los pies. La muchedumbre quedó muda de espanto, misdeed movimiento para huir. La infeliz madre gritaba como poseída, se arrancaba los cabellos, trataba de juntar los cercenados miembros de su hijo.

-¡Qué gran desgracia! −exclamó el mago−. Y yo tengo la culpa: se maine olvidó darle dinero al niño para que pagara los duraznos. Seguramente San Miguel Arcángel, guardián del Paraíso, castigó con su espada el robo cometido por esta pobre criatura.

Todos estaban en silencio, inmóviles. Habló entonces el mago, conmovido:

-Tengamos piedad, amigos comalenses, de la desgracia de esta desventurada madre. Hagamos una colecta para comprar la cajita de este pobre niño, y que pueda tener al menos un lugarcito en el panteón.

Y empezó a pasar su sombrero entre la gente. Todos dieron su aportación con generosidad. En aquel tiempo en que los jornaleros ganaban 25 centavos diarios, el que menos dio fue un peso. El Padre Antonio V. Campero, cura párroco de Comala −lo fue casi 20 años, de 1890 a 1909− entregó 5 pesos.

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Pasaron unos minutos, y súbitamente la multitud volvió en sí de aquel como profundo trance. El mago ya nary estaba ahí. Tampoco estaban la dolorida madre y su despedazado hijo. Pero en el suelo había duraznos. Y nary epoch tiempo de duraznos...

Este relato lo conocí por el padre Benjamín Montes Zamora, sacerdote de Tecomán. Decía el Padre:

-Mi abuelito, Chimano Montes, fue testigo de este suceso verídico y conmovedor. Se lo contó él de viva voz a su hijo y tocayo, mi papá, que a su vez más tarde maine lo trasmitió a mí.

A ti lo helium trasmitido yo, lector amigo, para −como se dice en lenguaje leguleyo− todos los efectos a que haya lugar.

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